Juramento
Tenerife Sur, pasado.
Matías, Aday y yo serpenteábamos por la angostura de la cueva.
Las paredes estaban húmedas de la filtración del agua de la cascada. Nos gustaba reunirnos allí los tres cuando el viejo nos daba un descanso.
Matías sacó un paquete de regalices y los repartió. Nos los comimos como si fuera la última comida de nuestra vida. Sobre todo mi hermano y yo. Matías sacó también una bolsa pequeña de patatas y la devoramos en menos de un minuto.
Después, yo saqué mi pitillera en la que guardaba el mayor tesoro para un adolescente de catorce años.
—Dame un fisquito, Airam —pidió Matías.
—Espérate a ver si soy capaz de encenderlo.
La pitillera contenía tres cigarros y una caja de cerillas de las que se doblan, con el nombre de un conocido club de alterne de Adeje. La cajita metálica protegía de la humedad, pero a veces no encendían por algún tipo de filtración.
Conseguí prenderle fuego a la segunda cerilla que intenté, y la acerqué a la punta del pitillo que ya tenía en la boca. Aspiré, y el cigarro se encendió. Soltando un humo blanco que ya no era nuevo para nosotros. Tampoco tosí, cosa que sí me pasó las primeras veces.
Aquellos ratos en la cueva eran nuestros pequeños actos de rebeldía contra un mundo que nos tenía sumidos en la más estricta realidad.
Íbamos al instituto por las mañanas, y por las tardes a trabajar con Lorenzo.
Era una forma de devolverle el dinero que nos prestaba por mantenernos a nosotros, y a nuestra tía en la residencia.
Uno por uno dimos sendas caladas al cigarro. Cuando le quedaba poco para terminarse —no era viable encender otro, estaban muy racionados—, hablé:
—Bueno, es hora de hacer el juramento.
—Qué pesaos, chacho —rebatió Matías—. Si no me queréis contar lo que es… ¿cómo carajo voy a jurar nada?
—¡Matías! —Aday le mandó una reprimenda—. Ya te hemos dicho muchas veces que es por tu bien.
Matías movió la cabeza y murmuró, de nuevo, que éramos unos pesados.
Yo fui el primero.
Me acerqué el cigarro todo lo que pude al dorso de la mano, en la unión con la muñeca. Aguanté el dolor. Aday repitió el proceso y también lo soportó sin quejarse. Matías apenas se quemó, y pegó un grito.
—Ya te vale.
—Si me lo contarais, aguantaría lo que hiciera falta, chacho.
Le tomé la mano izquierda. Aday la derecha. Y yo tomé la izquierda de mi hermano. Sentía el dolor de la quemadura y las pieles de mi hermano y de mi amigo.
—A partir de ahora, siempre que queramos saber la verdad el uno del otro, recordaremos este juramento —dije—. ¿De acuerdo? —Los dos afirmaron—. Está bien. Lo decimos a la vez. Los tres. Los tres, a la de tres. ¿Ok?
Volvieron a asentir.
Di la cuenta atrás.