Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Guardia Civil
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Guardia Civil

Tenerife Sur, presente.

Cuando me despierto han pasado casi cuatro horas. Son las seis y media.

Mara no está.

Me levanto y me golpeo la cabeza contra el somier. Suelto varias palabrotas, y me deslizo fuera de la cama hasta poder levantarme.

Bajo las escaleras. Mara está en la cocina. Y a su lado: Matías.

—Buenos días, Airam —dice él.

Contesto de forma seca y me aproximo para darle un beso a Mara. Ella me pone la mejilla.

—He hecho café, y hay unos dulces. No hay pan.

Le digo que no se preocupe, que eso servirá.

Ellos dos también toman el café y los dulces.

—¿Qué le has dicho a Luisa?

—Que tenemos que ordenar el local, y reparar los desperfectos.

Muevo la cabeza hacia abajo dando por buena la excusa.

Cuando estoy pegándole un bocado a una magdalena pasada de fecha, suena el timbre. Casi me atraganto.

Todos nos miramos. Nadie se atreve a decir nada.

El timbre vuelve a sonar.

Soy el único que reacciona. Les pido silencio y, sin saber por qué, cojo un cuchillo de la cocina. Como si fuera un pandillero que supiera manejarlo, o como en las malas películas de terror.

Cuando llego a la puerta, escucho el tercer timbrazo que me hace dejar caer el cuchillo al suelo.

—¿Quién es? —que alguien toque tu puerta a las seis y media de la mañana, en medio de una crisis volcánica, no puede ser un buen augurio.

—Airam García —dice una grave voz femenina.

—¿Quién es?

—Guardia Civil, abra la puerta, por favor.

La Guardia Civil en mi casa. Miro hacia la cocina. Mara está en la puerta. Matías no.

—¡Airam García!

Por desgracia, no tengo una cadenita de esas de seguridad. Así que lo que hago, es poner el pie, con firmeza, a unos centímetros de la puerta. Abro, y saco la cabeza.

—Sí, ¿qué ocurre?

—Buenos días, soy la brigada Silvia Donaire, y este es mi compañero el guardia Adrián Trovado. Somos de Policía Judicial. Hemos recibido una denuncia de desaparición de un menor. Rayco. ¿Es su hijo?

Mi pie sobre la puerta se afloja. Mi rodilla flaquea. Mi pecho se encoge.

—Sí, claro.

—¿Está desaparecido y no lo ha denunciado?

Titubeo. Y eso es algo que no debo hacer.

—No.

—¿No lo ha denunciado?

—No está desaparecido. Está arriba, durmiendo. Bueno, a lo mejor ya lo han despertado.

Los guardias intercambian miradas.

—¿Podría decirle que baje?

Dudo. No sé qué hacer, así que debo seguir con la mentira.

—Claro que no, ¿han visto la hora que es?

—Por supuesto que la hemos visto, señor García. ¿Puede bajar su hijo?

—¿Quién les ha dicho que mi hijo está desaparecido?

—Eso no procede. Se lo repito por tercera vez: ¿puede llamar al niño?

—Y yo le repito que no. Que no es hora de que saquen a un niño de su cama. ¿Ustedes no saben el miedo que ha pasado con lo de los terremotos o qué? ¿No tienen algo mejor que hacer que venir a molestar? ¿No han visto cómo está la isla?

La mujer suspira.

—Señor García, no voy a darle explicaciones de las diferentes divisiones del cuerpo, y de las labores de cada departamento.

Esto no es la película de Vulcano. Así que mientras la isla no explote, nosotros seguiremos haciendo nuestro trabajo que es investigar homicidios y desapariciones. ¿Me entiende?

Muevo la cabeza de arriba a abajo.

—Entonces váyanse a investigar a otro lado que aquí no han matado a nadie ni ha desaparecido ningún niño. Si me permite voy a cerrar la puerta.

Antes de hacerlo, el pie del guardia, que hasta el momento había permanecido callado, se interpone entre la puerta y el vano.

—Señor García —dice, al mismo tiempo que me entrega una cartulina pequeña—. Le dejo la tarjeta de mi brigada. Llámenos cuando se despierte el niño.

—O también se pueden pasar por comandancia —apunta ella.

Cojo la tarjeta y respondo.

—¿Con la que está cayendo me va a hacer llevar al niño por esas carreteras?

El guardia tose.

—Llámenos, haga el favor.

El tal Adrián Trovado retira el pie del quicio de la puerta, y se marchan dando los buenos días.

¡Si todavía no ha salido el sol!

Cierro, despacio, aunque ganas no me faltan de reventar los goznes de la puerta.

Me doy la vuelta y me doy cuenta de que el cuchillo sigue ahí, en el suelo. Por fortuna no estaba a la vista de los guardias. Me agacho, lo cojo y me voy directo a la cocina.

Matías y Mara están tan cerca que parece que se estuvieran abrazando.

Me dirijo hacia ellos con el cuchillo en la mano.