A dormir
Tenerife Sur, presente.
—¿Solo cinco mil euros? —pregunta Matías— Hemos esperado casi dos horas por solo cinco mil euros.
Me dan ganas de decirle que si quiere que estampemos el Suzuki contra el cajero, o si me presta él su tarjeta para sacar más dinero. Esa segunda opción era más viable, pero Matías vive, no al día, sino al minuto. Es decir, su cuenta está en negativo.
Añadir los cinco mil euros al sobre de los más de treinta y tres mil que nos dieron por el coche hace que me queme, todavía más, el bolsillo interior izquierdo de mi chaqueta.
Nos acerca a casa, en la parte este de Guía de Isora.
Una casa de dos plantas, estrecha y alta, con una fachada blanca.
Una casa que perteneció a mis padres. Una casa en la que no hay ruido.
Una casa desierta en la que no me apetece entrar, y a la que vamos porque estamos destrozados.
Mara insiste en que debemos dormir al menos un par de horas para reponer fuerzas.
No podemos hacer nada más por el momento.
Acepto.
Llegamos, y le pido a Matías que se vaya y nos recoja por la mañana. Él se niega. Yo insisto.
—Déjale que se quede, si quiere —intercede Mara.
—Prefiero que nos deje solos, Mara.
Ella levanta las manos, y se marcha a la habitación de arriba.
—¿Qué ocurre, hermano?
—Vete con tu familia. No hay necesidad de que los preocupes más. No entiendo por qué te quieres quedar.
—Ya lo sabes.
—No, no lo sé. ¿Me vas a arropar con las sábanas?
—No, te voy a arropar con un abrazo, joder —Dicho esto, me abraza—. Pero si quieres, me voy, hombre. No vamos a discutir por gilipolleces.
—Te lo agradezco.
—Voy a despedirme de Mara.
Le paro con mi mano sobre su pecho.
—Ya le digo yo adiós de tu parte.
Él mira mi mano. Recorre con su mirada la distancia que hay desde mis falanges hasta mi hombro. Después sigue por la clavícula y me mira a los ojos.
—Tienes mucha tontería, Airam. Te vuelvo a repetir que yo solo pretendo ayudar. Ya que se te ha metido en la cabeza esta locura en lugar de avisar a la Guardia Civil, solo quiero ayudar.
—Y yo te lo agradezco. Ahora haz el favor de ir a casa con tu mujer. Y con tus hijos. Tú que puedes.
Hace una mueca arrugando sus labios hacia un lado. Se separa de mí.
—¡Buenas noches, Mara! —grita—. Adiós, Airam. Descansa, lo necesitas mucho.
—Lo sé, por desgracia no es tan fácil. Deberías darte cuenta.
Antes de marcharse volvemos a cruzar miradas.
No sé si de verdad quiere ayudarme o quiere supervisar que no cometa locuras.
Quizá las dos cosas sean formas de ayudarme.
Aunque los dos ya me lo han repetido varias veces, me es imposible evitar ese poso de celos que tengo cuando veo a Mara con él.
No quiero que duerman bajo el mismo techo.
Los necesito a ambos, lo sé. Sin embargo, una puta oruga me taladra los intestinos cuando están cerca. Y debo matar esa oruga por Rayco.
Cuando Matías se marcha, voy a la cocina y bebo un litro de agua casi del tirón. No me había dado cuenta de lo deshidratado que estaba hasta ahora.
Miro el móvil que sigue sin cobertura. La mala suerte se ha juntado: hace una semana que di de baja el teléfono fijo y la línea de internet. La intención era cambiar de compañía, pero todavía no lo he hecho. Maldigo mi suerte.
Voy a la cama, donde Mara yace tumbada. Y vestida.
Le invito a quitarse la ropa, ella tan solo hace un gesto con el dedo índice a modo de negativa.
Dejo la mía sobre una silla de la habitación.
Me doy una ducha rápida. Espero que quizá ella se anime y se duche conmigo.
No lo hace y añoro mucho su piel. Las pocas veces que la he podido disfrutar.
También me fijo en el champú infantil de Rayco.
Y en lo que me gusta hacerle espuma sobre sus rizos.
Lloro. Aunque con la ducha no se note, lloro.
Cuando me estoy secando se produce un pequeño temblor. Escucho el grito de Mara.
Corro hasta la cama y le digo que se meta debajo.
Por fortuna, el temblor ha sido breve y de baja intensidad.
—Tranquila, vamos a hacer una cosa.
Voy a la habitación de Rayco. Saco su colchón.
Y saco otro que tiene en el canapé inferior.
Llevo primero uno a mi habitación y le digo a Mara que lo meta debajo de la cama.
Llevo el otro. Nos tumbamos debajo del somier y, aunque hay muy poco espacio, hay suficiente para poder dormir de lado, con esa falsa sensación de seguridad que nos da el colchón de la cama de matrimonio.
—Solo serán dos horas —digo.
Son las dos y media de la madrugada. Quizá podrían ser hasta tres horas.
Me abrazo a Mara por detrás. Le beso el hombro. Me quedo dormido antes de lo que espero.