Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El cajero
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El cajero

Tenerife Sur, presente.

Salimos de la casa de Matías con dos porciones de pizza envueltas en papel de aluminio.

—Ni se te ocurra tirarlas, que no sabemos cómo va a estar la cosa de aquí a unas horas cuando el Teide despierte —dice Matías—. Lo mismo no hay ni comida en los supermercados, como en las películas esas.

Es lo poco razonable que dice mi compañero en la última media hora. La cena no ha sido tan tensa como cabría esperar. Luisa se ha encargado de amenizarla. Con sus historias sobre los guanches y el Teide. También ayuda a mi calma que me haya llegado un mensaje de Héctor.

«El niño está bien. La hora de entrega sigue siendo la misma. Mañana a las 23h».

Cuando se lo he enseñado a Mara me ha dado un abrazo.

Después de que Luisa se lleve a los niños a la cama, le cuento mi plan a Matías. Como casi siempre, no está conforme. Pero no protesta más que una vez. La única condición que ha impuesto es acompañarnos. Mara ha intercedido en que será mejor contar con más ayuda.

—La primera parada en el cajero, Matías —repito.

—Lo sé —dice con el retintín del que sabe la respuesta y no quiere que se la soplen.

Son más de la una de la madrugada y, para mi mal, el cajero está atestado de gente. Hay una fila de, a ojo, más de veinte personas.

—Puto apocalipsis —digo—. Si el dinero se va a quemar igual.

Mara me aprieta la mano. Matías se detiene y me bajo con ella del coche. Le pido a mi compañero que nos espere más adelante.

En la fila se escuchan comentarios de todo tipo:

«El cajero se va a quedar sin dinero»

«El volcán va a explotar».

«Mi primo tiene un barquito y nos está esperando para largarnos de la isla».

Ninguno de ellos es optimista.

Le pido a Mara que aguante el turno y me salgo un poco de la fila, con impaciencia, para ver cómo de rápido avanza la cola.

Una mujer de unos sesenta años no atina a meter el código pin de su tarjeta.

Otra, más joven, le apremia para que termine.

A la mujer mayor se le saltan las lágrimas y dice que ella siempre lo ha hecho todo por ventanilla.

Lo intenta una vez más y claudica. Se marcha llorando.

La joven tarda menos en sacar sus ahorros. Se larga mirando en todas direcciones, ella sola. Entiendo su miedo. En estas situaciones sale lo peor del ser humano y cualquiera podría asaltarla para quitarle lo mucho o poco que lleve encima.

La cola avanza, despacio, y de momento el cajero parece tener dinero de sobra para todos. Por lo que deduzco que la capacidad de ahorro de mis vecinos no es muy grande. Vuelvo con Mara y le cojo la mano. Ella hace un tímido intento de sonrisa.

Cuando nos quedan dos personas para que nos toque, se produce la hecatombe.

—¡El cajero no funciona! —grita un muchacho de poco más de veinte años.

El rumor se convierte en una algarabía de protestas. Detrás de nosotros han ido llegando más personas y muchos de ellos agitan los brazos. La situación me preocupa.

Un tipo grande, más de metro noventa, con una barriga que no se acaba y una camiseta de tirantes sucia, se acerca al cajero saltándose la fila. Los demás le increpan, yo me mantengo tranquilo. De momento.

—¡Tranquilos, hombre! —Se excusa el tipo—. Trabajé reparando estos cacharros hace años. Solo voy a mirar un momento, no me estoy colando…

El tipo tiene peores pintas que intenciones, porque le pide por favor al muchacho que le deje pasar.

Teclea un par de cosas en la pantalla que muestra un mensaje de fuera de servicio.

Cuando lo que uno se espera es que empiece a aporrearlo, lo único que hace es teclear en la pantalla.

Todo el mundo está expectante. Lo siguiente que ocurre es digno de una película de Berlanga:

—No funciona, no —dice.

Y se queda tan ancho.

Abucheos. Tonto, tonto. Incluso alguien le manda a tomar por culo.

La cola parece dispersarse. Menos los que estamos en las primeras posiciones.

—¿Qué hacemos, Airam? —Pregunta Mara —. ¿Vamos al otro cajero?

—Es de otro banco. No sé si nos dará más de quinientos euros. Y seguro que está igual que este. Vamos a esperar un poco. A veces se les va el sistema y luego vuelve. ¿No? —Pregunto con una vaga esperanza de que ella afirme. Tan solo se encoge de hombros

— Podemos ir a San Juan a ver qué tal.

—Esperamos un rato, y si sigue así vamos para allá.

Matías se acerca a preguntar qué ocurre. Se lo explicamos, y le pido que nos espere en el coche. Insiste en quedarse.

—Matías, haz el favor. Y ten la llave de contacto a mano.

—¿Por qué?

—Por favor.

No le quiero decir ni a él ni a Mara que es muy posible que se produzcan altercados si el cajero sigue sin funcionar, o si funciona y no tiene dinero. Mis súplicas surgen efecto y él se marcha. Refunfuñando, pero se larga.

Nos sentamos en el suelo. Pasan los minutos.

Pasa una hora. La gente se marcha, excepto tres o cuatro que nos quedamos esperando.

Me tumbaría en el suelo y dormiría cinco minutos, pero no puedo permitirme que me quiten el turno.

Doy una cabezada de unos segundos y cuando abro de nuevo los ojos una persona se está colando.

—¡Ey! —digo levantándome.

—¿Qué pasa? Solo iba a mirar si funcionaba.

Me doy cuenta de que no hay nadie delante. Me acerco al cajero y cuando pulso una tecla sonrío.

El cajero funciona. Mara que estaba recostada, se acerca, somnolienta.

Meto la tarjeta.

Espero que quede dinero.