Línea de vida II
Y ya van veinte anillas.
Mosquetones extra de seguridad cada cinco de ellas. Son treinta metros de caída. Toda medida es poca.
La noche está a punto de caer y el viento sopla con ganas. Arrastra su conocido aroma a salitre y alga. Es más de montaña que de mar, pero cuando se conjugan los dos en lugares como un acantilado, las sensaciones que le provocan están muy cercanas al éxtasis.
Mira hacia arriba. El púrpura domina el cielo; el negro y el rojo van ganando terreno. La luna pugna por arrojar su blanco, pero lo tiene complicado.
Toma aire.
Mira al horizonte dominado por una espesa masa acuosa que parece que nunca acaba. El sol ya se ha ocultado, en este caso sin la promesa de regresar al día siguiente.
¿Quién sabe dónde estará al día siguiente?
¿Sobrevivirá a la noche?
¿Al rugido del volcán?
El maligno acecha. Tiene una fuerza inhóspita. No tiene familia. Solo engulle y crece.
Un cable de acero de más de ocho milímetros es lo único que le sujeta sobre la tierra.