Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Pelea
28%

Pelea

Tenerife Sur, presente.

Matías y Mara no están en el salón. La televisión sigue encendida y, en bucle, imágenes del terremoto intercaladas con otra de un plató de televisión en el que presentador y presentadora hacen gala de sus gestos de contrariedad ante la información que les llega de las distintas conexiones por la

isla.

Una imagen acapara toda la atención: la humareda que sale del cráter principal del Teide se ha intensificado.

Como diría Luisa: lava va a haber.

Busco a Mara y a Matías por la casa. No los encuentro y salgo al jardín. Escucho un rumor procedente de la parte trasera de la vivienda. Me acerco sin hacer ruido y lo que oigo me enerva.

—Sí, voy a ir. No podemos poner en riesgo la vida de Rayco

—Airam es su padre, él no lo tiene claro. No quiere meter a la policía, ya lo sabes.

—Pero tú misma dices que Héctor es un tipo del que no se puede uno fiar.

—Matías, tengo mucho miedo.

—Tranquila, tranquila.

En ese momento la conversación se corta y me aproximo más. Los veo abrazados. Ella hunde la cabeza en su pecho, él la abraza por la espalda, deslizando sus manazas hasta la zona lumbar.

Salgo de mi escondite; sin decir nada le agarro a él por los hombros de la camisa, le pongo la zancadilla y lo tiro al suelo. Le pego un puñetazo en la mandíbula que lo deja medio atontado.

—¡Para! ¡Qué haces! —grita Mara.

Le doy otro golpe en las costillas y Matías emite un gruñido. Noto unas manos en mis brazos que tiran de mí y evitan que siga golpeando a mi compañero.

—Para, por favor, Airam —suplica Mara.

—Como se te ocurra avisar a la Guardia Civil o a la Policía te juro que te mato, ¿me oyes? Te mato y te entierro en tu propio jardín.

Desvío la atención de mi ira hacia el hecho de que Matías quiera avisar a las autoridades acerca del secuestro de mi hijo. Y, aunque parte de mi enfado es por ello, la mayor parte es porque no para de tocar a mi pareja. A la mujer que amo.

La miro. Ella me pone las manos en la cara. Me pide calma. Me abraza. Me dice que necesitaba salir a tomar el aire, que las imágenes de la televisión le han hundido. Y que Matías es nuestro amigo. De los dos.

Poco a poco mis pulsaciones se van ralentizando.

Me fijo en el cielo. No hay estrellas, y hoy ha sido un día soleado sin previsión de nubes.

Me doy cuenta de que el humo del Teide está llegando.

Entonces me percato del olor. Una mezcla de azufre y leña quemada, un olor característico que descubrí en El Hierro.

A mi espalda escucho movimientos sobre la tierra. Me giro y Matías tiene puesta una rodilla en el suelo. Me separo de Mara. Él levanta las manos pidiendo calma.

—Tienes que calmarte, Airam. Deja ya esa puta paranoia de Mara y yo.

¿De acuerdo? Ella necesita apoyo y tú no estás para dárselo.

No hay nada más. —pide. Yo resoplo y tenso los puños—.

No iré a la Guardia Civil, pero ahora mismo me vas a contar qué carajo tienes pensado para que no nos mate ese tal Héctor y, sobre todo, para que Rayco salga vivo.

Mis ojos se clavan en Mara, que rehúye mi mirada.

Un SMS acude a mí en forma de rescate. Nunca mejor dicho.