Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Más temblores
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Más temblores

Tenerife Sur, presente.

En la televisión se ve cómo un edificio de al menos diez plantas se desploma. El siguiente plano es un incendio en un hotel. Las personas saltan al vacío como los turistas británicos o alemanes saltan de los hoteles de Mallorca. Y al igual que ellos, muchos no conseguirán llegar a la piscina.

—No paran de repetir esa imagen de la gente saltando al vacío —protesta Mara, que tiene los ojos bañados en lágrimas.

—Luisa se ha llevado los niños a la cocina —dice Matías. Los dos están sentados en el sofá. Uno al lado del otro. Rodilla con rodilla—. Es en Güímar y Candelaria, hermano. Está todo destrozado.

En la televisión narran la tragedia.

«…insistimos en que la zona de Güímar está asentada sobre una antigua fajana del Teide y que los temblores se han cebado con la zona, según los expertos, era algo que podría ocurrir pero no se esperaban esta virulencia…»

Mara se ha abrazado a Matías y llora desconsolada.

Me acerco a ella, la aparto de él y la abrazo yo. Me corresponde, de forma tibia, y sigue llorando.

—¿Cómo puede estar pasando esto? —grita.

Matías tiene la mirada perdida en la televisión.

—¿Qué les has dicho a Luisa y los niños?

—¿Pues qué les voy a decir? ¿Que vivimos en un volcán? Ellos ya lo saben.

—No, joder, lo de Rayco —calla unos segundos—. ¡Matías!

—No les he dicho nada. Otra cosa no, pero Luisa de tonta no tiene un pelo. Así que ya estás yendo a contarles lo que coño sea que te se ocurra, porque yo no quiero meter la pata ni que me lo estés echando en cara.

Me sorprendo con la reacción de mi compañero. Aprieto los labios, me separo de Mara y me pongo en pie.

—Tranquilo que hoy seré yo el que se invente algo con Luisa.

Él se me queda mirando con la cara desencajada. Tiene ganas de levantarse y darme un puñetazo. Puedo notarlo en su gesto, en su lenguaje corporal.

No lo va a hacer. No se puede permitir una pelea en su propia casa.

Por eso le doy la espalda con seguridad.

Entro en la cocina y me encuentro con una escena sacada de una película familiar. Luisa le pone queso a unas pizzas, mientras Julián le pone trocitos de una carne indeterminada, y Mireia machaca algo en un mortero.

—¿Mojo rojo o verde?

—No sé, no tengo mucha hambre.

—Rojo entonces, así comes menos —sentencia Luisa.

—A mí me gusta más el verde —dice Julián, con una sonrisa en la cara.

Es tan comestible, con esos mofletes de casi bebé, y esos rizos castaños heredados de la madre.

—No te molestes, mujer, nos vamos a ir ya.

—Y ¿dónde vas a ir?

—Tengo que recoger a Rayco, con la que está cayendo estoy intranquilo.

Está con el terapeuta —tenía la excusa medio preparada, pero caigo en la cuenta de que no le hemos avisado de la ausencia del niño a terapia—.

Antes de que se cayera la red le hemos avisado para que se quedara con él todo el tiempo posible.

Pero de eso ya han pasado más de dos horas.

—¿Está en Adeje?

—Sí.

—¿Y por qué no habéis pasado a por él antes de venir?

—Porque no había forma de comunicarme con él —vacilo—, y estaba todo cortado y lleno de coches y ambulancias. Matías quería venir aquí primero.

—¿Qué está pasando, Airam? —Luisa se detiene en su tarea de espolvorear mozzarella sobre las masas de pizza.

—¿Que se nos está cayendo el diablo encima, Luisa? —Ella se queda callada, sorprendida de mi respuesta. Que también la tenía preparada, no es que yo sea un as de la improvisación—. Nos comemos un trozo de pizza y nos vamos. Nos llevamos uno para Rayco que le encantan tus pizzas.

Ella sonríe, forzada, sin ganas.

Antes de que salga por la puerta, me pide que baje el volumen de la televisión.

No quiere seguir escuchando desgracias, que allí no va a llegar la lava, al menos pronto, porque lava, seguro que va a haber.

Ella es casi guanche, al menos eso dice.

Siempre se enorgullece de tener ascendencia nativa de la isla, y presume de saber mucho acerca del Teide.

Sabe más del Teide que de su propio marido, porque cuando salgo de la cocina me dan ganas de reventarle yo la boca, por muy en su casa que esté.