Wi-Fi
Tenerife Sur, presente.
Gracias al Wi-Fi por satélite de Matías estoy haciendo una videollamada a mi hermano Aday.
Él ha conseguido que sus hijos salgan de la habitación para dejarme un momento de tranquilidad.
A su mujer le cuenta una milonga acerca de un asunto familiar importante.
Lo que no sé es que le estará contando porque me ha parecido escuchar que los niños preguntan por Rayco.
Pensar en ello me descentra, y ni presto atención a la cara de mi hermano en la pantalla. Me grita para volver en sí.
—¡Airam!
—¡Coño!, perdona, Aday.
—Tranquilo. ¿Estáis bien? En la tele siguen saliendo más imágenes, y en las redes sociales ya ni te cuento…
No tengo tiempo ni ganas de saber de más desgracias.
Me fijo en un póster de La patrulla canina que hay en la habitación.
Marco, el niño más pequeño de Matías tiene pasión por esos dibujos animados.
A Rayco no le gustan, él es más de Bob Esponja —para mi pesar—.
El cuarto está bastante desordenado, con lo que me siento como en casa.
—Aday, yo…
—Solo dime si estáis bien, sobre todo el niño.
Inspiro al mismo tiempo que me fijo en un calcetín blanco con dos rayas, una roja y una negra en la parte superior. El calcetín tiene un tomate, un agujero en el dedo gordo.
—Alguien se ha llevado a Rayco y nos está pidiendo dinero —Una verdad a medias, dicen, es peor que una mentira. No veo otra opción porque sino empezará a decirme que acuda a la policía o, incluso, que entregue a Mara a ciegas.
Él no la conoce.
—No puede ser verdad…
La cara de mi hermano ha cambiado como la de un paciente de cáncer al que le dan el temido diagnóstico de que el tumor no ha remitido.
—No quería decírtelo porque sé lo que me vas a decir. No me lo digas, hermano, te lo suplico. No me lo digas porque estoy al límite de mis fuerzas. No tengo energía para más disputas, solo necesito el moni. Todo lo que no sea entregárselo, no será bueno para Rayco.
—Pero… ¿Por qué han raptado a Rayco? No lo entiendo, no sois una familia importante o rica. ¿Es alguien a quien le debes algo y te está extorsionando?
—No lo sé, Aday, no lo sé…
Me llevo la mano derecha a la sien mientras con la izquierda sigo sujetando el móvil. Noto una presencia a mi espalda. Me giro, y me asusto al ver a Mireia, la niña mayor de Matías. Tiene seis años, edad suficiente para enterarse de lo que ocurre.
—¡Hola! ¿Qué le pasa a Rayco?
—Mireia, corazón —Le pongo una mano en el hombro—. Ahora bajo, Rayco está con un amigo. Tengo que hablar por teléfono…
No me da tiempo a terminar la frase cuando Luisa entra a toda velocidad en la habitación, pide disculpas, y se lleva a la niña en volandas mientras la explica tres o cuatro cosas sobre la privacidad.
—Escucha, Airam. Te voy a mandar todo lo que tengo. Ahora mismo te hago una transferencia urgente. No voy a darte la brasa con lo que debes hacer. Pero tú sabes que esto no es lo correcto.
A la espalda de Aday escucho la voz de una mujer.
—¿¡Cómo que todo lo que tienes!?
Él se gira y se lleva el dedo índice a la boca.
Lucía protesta de nuevo, y mi hermano le pide que salga de la habitación, que luego hablan.
Ella, con los brazos en jarra, dice que no se mueve de allí ni de coña.
Aday se lo cuenta, porque la conoce y porque sabe que tiene confianza conmigo.
Lucía se tapa la cara con las manos y rompe a llorar.
Aday me cuenta otra vez lo del crédito, y lo que ha tenido que rogar al banco para que le concedan el dinero.
Me uno al llanto de Lucía. A más de dos mil kilómetros y una pantalla de móvil.
Pero me uno a sus lágrimas. Les digo que lo siento muchísimo, que haré todo lo necesario para devolvérselo, que pediré yo un préstamo, que el seguro deberá pagarnos los daños del destrozo en el local.
Durante más de dos minutos nos tranquilizamos los unos a los otros.
Cuando nos hemos calmado, escucho un grito al otro lado de la puerta. Aday me pregunta qué ocurre.
—No lo sé, voy a ver. Escúchame. ¿Puedes hacer una transferencia de esas rápidas que llega el dinero en el acto?
—Sí, lo que no sé es el límite. Voy a hacerlo y te voy contando. ¿Tendrás cobertura?
—Voy a estar un rato aquí en casa de Matías. En cuanto lo hayas hecho, iré al cajero.
—Vale, te escribo.
—Gracias, Aday.
—Airam —dice, con tono solemne—. Cuídate mucho. No te digo que cuides a Rayco porque sé de sobra que lo harás. Sobre todo, cuídate tú. ¿Me oyes? —Afirmo con la cabeza—. ¿Me oyes?
Él sabe que siempre he sido el cabraloca de los dos. El que más apuraba las curvas con las vespino, el que antes saltaba de los acantilados sin saber a ciencia cierta si el mar de abajo estaba lo suficiente profundo para no rompernos la cabeza, el que pegaba primero cuando teníamos una disputa.
—Me cuidaré, hermano. Gracias.
No le digo que le quiero. No sé si de verdad le quiero como debe quererse a un hermano. Al igual que el roce hace el cariño, la distancia crea la falta de.
Y la distancia entre mi hermano y yo no es solo física. Es algo más.
Lucía me manda un abrazo a través de la pantalla.
Cuelgo.
Necesito saber qué ha sido ese grito.