Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Guía de Isora
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Guía de Isora

Tenerife Sur, presente.

Guía de Isora, por regla general, suele tener peor cobertura telefónica que Adeje. Está en una zona menos poblada, más cerca de la montaña, menos turística.

No sé si el terremoto ha hecho que las tornas se inviertan.

Una rayita aparece en el display de mi teléfono móvil. Mara sigue sin cobertura y Matías tampoco.

—Llama a mi mujer, por favor —pide él.

Marco el número de Luisa. No da tono y al hacérselo saber golpea con fuerza el volante.

—Tranquilo, Mat —intento calmarlo—. Nos queda poco.

—¿No tienes internet tú tampoco, Mara?

Mara niega con la cabeza.

Estamos a cinco kilómetros de Guía, y su casa está dos kilómetros pasado el pueblo.

Por el camino hemos visto más devastación, pero a medida que subimos la montaña, la cosa parece estar más tranquila.

Nos cruzamos con algún que otro coche. Ninguna ambulancia, aunque cuando salíamos de Adeje escuchamos varias.

A lo lejos. Pasamos con miedo con los terraplenes que rodean la carretera, aunque el tráfico es fluido y lo hacemos rápido.

En Guía sí hay electricidad. Cuando entramos por el pueblo está tan desierto como cualquier noche laborable de principios de primavera.

Eso sí: todas las casas tienen las luces encendidas.

Las familias estarán viendo la televisión, o consultando las noticias en internet.

Porque, aunque aquí no haya afectado tanto el temblor, lo han tenido que notar sí o sí.

Como se notó el de horas antes, cuando estábamos en el colegio de mi hijo.

De hecho, nos cruzamos con una farola caída en mitad de la Avenida de Isora. Por fortuna es la única. No registramos ningún incidente más mientras cruzamos el pueblo.

Llegamos a casa de Matías, una pequeña casa de campo a las afueras; él «tira» el coche en el acceso y sale corriendo en dirección al portón principal. Está cerrado y golpea con fuerza llamando a su mujer.

Luisa abre la puerta y se abrazan. Sus hijos salen al poco tiempo. Verlos así de felices, así de sanos, así de a salvo me provoca un sentimiento divergente. Por una parte, me alegro de que mi amigo y su familia estén bien. Por otro lado, me da envidia de su situación.

Mara se da cuenta y, por primera vez, viene en mi ayuda. Ha estado muy distante desde que su ex decidió jodernos la vida. Me abraza y me da un beso muy cerca de los labios. No habla. Me pone la mano en el pecho, como si las yemas de sus dedos fueran capaces de decirme que todo va a salir bien.

Todo va a salir bien.

Una frase más propia de una película. Una frase vacía de contenido, que no transmite nada más que todo lo contrario: angustia.

Angustia porque no sabemos qué va a pasar. Y porque sigo sin recibir la llamada o el SMS que espero.

A través del parabrisas, Matías nos hace señas. Que vayamos, dice. No es buena idea. Por lo que saco la mano por la ventanilla y le pido a él que se aproxime.

—¿Te funciona el teléfono fijo?

—No tenemos, hermano, solo internet.

Reprimo mis ganas de mandar la era digital a tomar por culo.

—¿Y os funciona internet?

—Claro, ya te conté hace tiempo, y muchas veces, que tengo internet por satélite. Es lo mejor aquí. Y un bonito grupo electrógeno por si acaso.

Suspiro.

Por fin, una buena noticia.