Devastación
Tenerife Sur, presente.
«Lo estoy viendo en las noticias. ¿Estáis bien? Te he estado llamando, pero no da tono. Lo he intentado por WhatsApp, y tampoco parece que lo recibas. Si lees este mensaje, escríbeme, hermano».
Le escribo todo lo rápido que mis dedos pueden.
Le suplico que necesito cuanto dinero pueda mandarme.
Insisto en que es importante, que es por Rayco.
Y que confíe en mí. Le doy a enviar con mucho miedo.
Miedo de que no se envíe. Miedo de que siga preguntando qué ocurre.
Miedo de que no llegue el otro mensaje que más necesito.
El SMS parece que se ha enviado bien. Aunque sigamos sin rayas de cobertura. En algún lugar del ciberespacio se ha podido colar ese mensaje de SOS. Espero.
—Vamos a salir —digo.
—¿Dónde quieres ir? —pregunta Mara.
—A buscar un lugar con cobertura. Hay que comunicarse con Aday, y por si Héctor también quiere llamar.
Los dos asienten ante la evidencia.
La calle, como la canción, está casi desierta.
Excepto un transeúnte a lo lejos que esquiva los restos de la catástrofe.
Hay varias farolas caídas. Varias palmeras arrancadas de sus raíces.
Y algún que otro balcón también se ha descolgado y ha destrozado aceras y coches que había debajo.
Otro par de coches están estampados en medio de la calzada contra los que están aparcados en fila.
Sus ocupantes luchan por salir de sus vehículos.
La oscuridad es casi completa: no hay ni una sola farola que funcione y la luna, aunque le falta poco para estar llena, no ilumina lo necesario.
Tampoco hay luz de los escaparates de las tiendas.
Es extraño que casi nadie haya salido a la calle, entiendo que es por miedo. Yo tampoco saldría hasta que alguien me asegurara que no hay peligro. ¿Quién promete seguridad en una isla con un volcán que parece a punto de despertar?
Matías abre la puerta del coche, pone el contacto y conecta la radio. Gira la rueda del dial hasta que encuentra lo que busca:
«…son numerosas las viviendas afectadas en el este de la isla. La localidad de Güímar es, hasta donde sabemos, una de las más afectadas. Aunque aún es pronto para valorarlo porque a los números de emergencia están llegando llamadas de todo Tenerife. Ahora mismo la situación es de desconcierto,
de caos podría, incluso decirse. Aquí en el norte, en Santa Cruz se ha notado con fuerza, cuando se ha calmado nos hemos asomado a las ventanas del estudio y más allá de algunos cristales rotos, no parece que haya muchos más daños. Estamos pendientes de conectar con diferentes puntos de la isla,
y estamos muy atentos a las redes sociales, ya que en estos momentos son clave para que los propios ciudadanos se conviertan en proveedores de noticias. Bien es cierto que nos consta que en algunas localidades ahora mismo no hay electricidad,
sabemos que los operarios de las diferentes compañías están trabajando en el restablecimiento del servicio. Así como en los servicios de telefonía. Solo han pasado diez minutos desde el terremoto y todo sigue siendo confuso…»
—Vamos, arranca y tira para Guía.
Matías no protesta. En Guía también están su mujer y sus hijos. Y parece que hasta ahora la difusa sombra del Teide no ha caído sobre ellos. Coge su móvil y trata de marcar el número de su mujer.
—No hay una mierda de cobertura.
—Tranquilo, Matías, han dicho que la zona más afectada ha sido el este —dice Mara con la intención de tranquilizarlo.
Yo la miro y me extraña que no me haya dicho nada sobre Rayco.
Ella me da la mano y me la aprieta. Yo me limito a abrirle la puerta del coche para que suba.
Se sitúa en medio y yo junto a la ventana.
El viejo Suzuki tiene tres plazas delante y tres plazas detrás.
Aunque a veces, con Lorenzo, yo me acoplaba en un pequeño banco en el maletero y así podían ir hasta cinco clientes más nosotros dos. Otros tiempos.
Avanzamos entre la devastación del terremoto.
Si la zona más afectada ha sido el este, no me quiero imaginar cómo habrá quedado.
A medida que avanzamos por la calle de La Cruz nos encontramos con más seres humanos.
La mayoría de ellos con las manos en la cabeza, o con lágrimas en los ojos, o llorando, sin más.
Una mujer mayor está tendida en la acera, con una herida en la pierna.
Dos jóvenes y otra mujer, que parece su hija, tratan de ayudarla.
Me bajaría a colaborar, pero es que a poco más de veinte metros hay otra persona tendida en el suelo con la cabeza ensangrentada.
Y a su lado hay un coche destrozado del que un hombre de mediana edad trata de salir.
Las luces del Suzuki iluminan de forma parcial todo el desastre, y confieren a la escena una suerte de película de terror apocalíptico.
—¿Qué hacemos? —pregunta Matías. Su tono de voz denota inseguridad. Y Matías es la persona más segura de sí misma que conozco.
—Sigue —digo. Noto la mirada de Mara en mi sien—. No podemos ayudarles a todos y tenemos que encontrar un teléfono o cobertura.
Matías sortea, como puede, los coches y las personas. Hasta que en un paso de cebra un tipo se abalanza sobre nosotros.
—¡Por favor, para, para!
No circulamos a más de diez kilómetros por hora, por lo que el tipo está seguro de que nos detendremos.
—Ni se te ocurra parar, Matías —exijo.
El hombre, asustado y desesperado, está delante del coche con las manos en alto. El parachoques, al filo de sus tibias. Miro a mi compañero que tiene el pie derecho sobre el freno. Clavo mis ojos en él y coloco la mano en el volante.
Antes de que yo pueda dar el volantazo necesario, él gira hacia la derecha y esquivamos al tipo que nos pide ayuda con desesperación.
—No podemos ayudar a todo el mundo —dice Matías.
Una lágrima sale del ojo derecho de Mara.