Temblores
Tenerife Sur, presente
Me refugio debajo del mostrador, y grito a Mara y Matías que hagan lo mismo. Tardan un poco en hacerlo, lo suficiente para que mi compañero se golpee en la cabeza con la pantalla del ordenador cuando estaba a punto de cobijarse.
No es el primer terremoto que vivo: hace unos años tuve la suerte o la desgracia de estar en El Hierro cuando se produjeron los temblores submarinos. Además, ya hemos tenido otros pequeños seísmos a lo largo del día de hoy.
Sin embargo, esto no es un temblor. Esto es la madre de todos los terremotos.
En la oficina todo se zarandea como si estuviéramos dentro de una vieja atracción de feria.
La lámpara del techo se descuelga, el cristal de la puerta se rompe, las sillas se mueven de un lado a otro.
No quiero imaginar lo que está ocurriendo en el almacén, con la cantidad de utensilios que tenemos colgados de la pared.
Tampoco quiero imaginar dónde estará Rayco. Si estará a salvo, si tendrá miedo. Me muerdo el puño de pura rabia y en ese momento noto la mano de Mara sobre mi antebrazo. Cruzamos miradas. Estoy aquí, parece decir. Entonces yo la tomo de su mano libre y aprieto. Yo también.
No sé cuánto dura el temblor, quizá algo más de un minuto, menos de tres, seguro. El tiempo pasa como si de un fragmento de película a cámara lenta se tratase.
Cuando termina de crujir la tierra, ninguno de los tres nos movemos de debajo del mostrador.
Pasamos más tiempo cobijados que lo que ha durado el terremoto.
Soy el primero en deslizarme como una salamandra para salir del pequeño refugio.
Mara me quiere retener, pero no lo consigue y suelto sus manos.
Cuando asomo la cabeza, el panorama que observo podría calificarse como apocalíptico.
Ya es casi de noche, enciendo la linterna del móvil e ilumino porque de electricidad no parece haber ni rastro. Avanzo hacia la calle. El primer obstáculo que me encuentro es la puerta de entrada. Se ha salido del marco. El cristal está roto.
—¡Airam! —grita Matías.
—¿Qué pasa?
—¿Dónde vas?
—Pues a ver cómo están las cosas. El coche, por ejemplo.
—¿Qué dices? Anda, quédate aquí por si hay otro temblor.
Le ignoro, hasta que me doy cuenta de que no puedo mover yo solo la puerta. Es metálica y pesa lo suyo.
—Sal de ahí y ayúdame a colocar esto, anda.
—Airam —Mara es ahora la que toma la palabra—, Matías tiene razón. Espérate un poco.
Resoplo. Miro la pantalla del móvil. No hay nada que desee más ahora que recibir una llamada de un indeseable. Es curioso cómo funciona el mundo para que tu mayor anhelo sea escuchar la voz del tipo que amenaza la vida de tu hijo.
No hay cobertura. El simbolito que parece una escalera, o un gráfico de ventas de una empresa en crecimiento, está seco. Ni una gota. Vuelvo a pulsar el botón de llamada sobre el número de Aday.
¡Solo llamadas de emergencia!
Si lo de mi hijo no es una emergencia…
—Matías, Mara, salid. Ayudadme con la puerta, por favor. Hay que encontrar un teléfono fijo.
—¿Para qué?
—Tengo que volver a llamar a Aday.
Los dos, por fin, se deciden a salir de debajo del mostrador.
Alumbro la oficina con la linterna del móvil y les invito a que ellos hagan lo mismo, ya que la luz es escasa.
Cuando lo hacen, me dan ganas de llorar, otra vez.
La oficina está destrozada: lámpara caída, desconchones en la pared, ni un cuadro sano, y la puerta del almacén algo descolgada.
El almacén.
Matías me mira en cuanto lo ilumino con la linterna. Él también apunta.
Los dos nos dirigimos hacia el acceso al almacén. Le pedimos a Mara que nos alumbre con los móviles. Entre los dos sacamos la puerta de los goznes y la dejamos apoyada sobre una pared. Le pido de nuevo el teléfono a Mara y apunto hacia el interior.
El desastre no es tan grande como podría esperarse. Hay algunas cosas caídas, pero las de más valor: focos, cuerdas más gruesas, cascos… casi todo sigue en su lugar. Los anclajes han resistido bien.
—El viejo sabía cómo clavar las cosas —comenta él.
Tengo la tentación de sonreír. Nadie clavaba tornillos y clavijas como Lorenzo.
—Vamos a colocar esta puerta —pido a Matías.
Es metálica y pesará más de cincuenta kilos; nos cuesta más trabajo del deseado volverla a colocar. Cuando lo hacemos, la cierro y echo la llave. Hay cosas de valor y en momentos como este el pillaje es en lo primero que un comerciante piensa. Piensa y teme.
Vuelvo hacia la entrada del local y miro a Matías, pidiéndole que me ayude con un gesto de la cabeza.
Cuando él llega a mi altura, una vibración en el móvil me asusta.
En la parte superior de la pantalla hay un simbolito que recuerda a un sobre de los que albergaban cartas en el pasado.
Cuando todo era más lento y esperábamos las cartas de las godas que habían venido de vacaciones a Canarias.
Abro el SMS con el corazón encogido. No hay nada que más desee que sea un mensaje de un indeseable.