Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Ayuda
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Tenerife Sur-Madrid, presente.

—¿Qué quieres, Airam?

—Hola, hermano.

Se produce un silencio, no lo llamaría tenso, porque eso sería quedarse corto. La relación con mi hermano no es mala: es inexistente.

—¿Vas a decir algo o qué? —pregunta.

—¿Has visto las noticias?

—¿A qué te refieres?

Mara me mira, impaciente, expectante.

—Ha habido un terremoto este mediodía.

—¿En serio? ¿Ha sido fuerte?

—Flojo no ha sido, la verdad.

—¿Y estáis bien?

—Sí.

Vuelve a producirse otro silencio.

—¿Me llamas por eso?

—Hay humo en el cráter del Teide.

—¡Joder! La semana pasada leí que había algo de actividad sísmica, pero la verdad es que no he vuelto a ver nada. No sigo mucho las noticias.

—Ya.

El tercer silencio es interrumpido por Matías, que se acerca a mi teléfono y da una voz.

—¡Ay, tú, papafrita!

—¿Matías?

—El mismo. ¿Cómo estás?

—Tirando, como siempre. ¿Y usted?

—Pues igual, hermano. ¿Cuándo vuelves para la isla?

—Mira, ahora que me entero de que el Teide está encabronado, pues no me llama la atención volver.

—¡Bah! Eso no es nada. Mira en La Palma. Un poco de lava, la isla se hace más grande, y en unas semanas todo seguirá igual. El diablo está viejo.

—Pues ya sabes lo que dicen de la sabiduría del diablo.

Matías sonríe y se despide de mi hermano. Ellos mantienen un ligero contacto. Por lo que me cuenta mi compañero hablan sobre los hijos y poco más.

Inspiro profundo.

Ha llegado el momento.

—Aday, necesito tu ayuda.

—¡Vaya por Dios!

—¿Qué pasa?

—Estabas tardando.

—¿Cuándo te he pedido yo algo, Aday?

—No es eso.

—¿Entonces?

—Que ya me extrañaba a mí que me llamaras para preguntarme qué tal me va o cómo están mis hijos.

—Tú tampoco es que me llames mucho.

—Te recuerdo que yo sí conozco a tu hijo.

Tocado y hundido.

Es lamentable, pero no conozco a mis dos sobrinos. No recuerdo ni sus nombres, tendría que pensarlo mucho. Espero que no me haga la pregunta. Él sí que vino a conocer a Rayco cuando nació. Aunque yo apenas coincidí con él más de un par de minutos.

—Aday, es importante.

—Ya.

Miro a Mara que asiente. Matías la imita, a su lado. Vuelvo a tomar aire.

—Es sobre Rayco.

—¿Qué le pasa al niño?

—Necesito dinero. Necesitamos dinero.

Él calla al otro lado.

—¿Cómo?

—Necesito dinero. Es importante, Aday.

—¿Para qué? ¿Está enfermo? Lucía me cuenta lo de sus terapias…

—Es importante, Aday —interrumpo y repito, no me sale otra palabra. El labio me tiembla, me sudan tanto las manos que el móvil casi se me resbala. No paro de mover las piernas.

—Dime qué ocurre, Airam.

—No te lo puedo contar, simplemente necesito dinero.

—Pero… ¿Cuánto? ¿Por qué? ¡Cuéntame algo!

—Mira, he tenido que vender el coche nuevo de la empresa. Voy a coger todos los ahorros, los pocos que tengo. No sé cómo saldré adelante. Pero necesito más dinero. Te lo suplico. Lucía me ha dicho que os iba bien, que habías pedido otro crédito para ampliar el negocio…

—¡Qué!

—Ella me manda fotos de los niños, y yo se las mando de Rayco, y me cuenta cosas…

—¡No me jodas, Airam! No es eso, coño.

—¿Entonces?

—Mira, ¿sabes para qué es el crédito?

—Para ampliar la gestoría…

—¡Que no, coño! —grita—. Es para refinanciar la deuda que tenemos.

—¡Qué dices, Aday?

—Que he tenido que pedir otro puto crédito. Porque no: no nos va bien. No sé qué coño te dijo Lucía, pero no nos va bien. Nos va de puta pena.

Mis labios balbucean algo. Quiero hablar. Vuelvo a mirar a Mara que se lleva las manos a la cabeza. Tengo el móvil con el altavoz puesto y nos están escuchando.

—¿Entonces?

—Entonces, no sé. A Lucía siempre le gusta decir que todo es maravilloso, aunque nos estemos tirando los trastos a la cabeza —tengo la sensación de que mi hermano está gritando para que su mujer le escuche—, pero se acabó.

Ahora mismo voy a coger su teléfono y voy a bloquear tu número.

Si quieres conocer a mis hijos, te vienes un día a la península y te los presento encantado.

Y que Rayco conozca a sus primos. Que ellos no tienen culpa de nada…

—Claro que no tienen culpa, ¡joder! Y como no me ayudes, Rayco no va a poder visitar a sus primos. Ni a la península ni a ningún lado —ahora soy yo el que grita.

—¿De qué estás hablando, Airam? Déjate de jugar al ratón y al gato. Si tan importante es te presto la pasta, aunque me arruine. Pero dime de una maldita vez qué ocurre.

—Aday… —Mis ojos han empezado a brillar, el paso previo a la lágrima.

Miro hacia la ventana del local, donde hemos regresado después de vender el nuevo cuatro por cuatro.

¿Cuánto hemos sacado por la venta del bólido?

Treinta y tres mil euros que tengo guardados en el bolsillo interior de la cazadora que llevo justo al lado del corazón.

Matías conocía al tipo del compra venta y le ha presionado para sacar un buen precio, pero ha tenido que rebajarlo por darnos el dinero rápido y en mano.

Me toco el bolsillo por si todavía siguen allí.

Y además del pequeño fajo de billetes de doscientos y quinientos euros me noto el latido de mi corazón.

Que se acelera. Sobre todo cuando una farola cae a plomo sobre un coche al otro lado de la acera y destroza la parte superior del chasis.

Por fortuna si hubiera caído en nuestro coche, no hubiera sido en el flamante todoterreno nuevo, sino el viejo Suzuki de Lorenzo.

Espero un ruido de cristales cuando la lámpara de la farola golpea sobre el suelo, pero lo único que escucho es el crujir de la tierra bajo mis pies.

No es la única farola que cae, ni el único coche que se destroza.