Mi hermano
Tenerife Sur, pasado.
Mi abuela murió en el parto de Diana.
Quizá por ello Diana, mi madre, siempre tenía los hombros agachados, caminaba con la cabeza baja y sonreía muy poquito.
Como si llevara un colgante de veinte kilos en el que la palabra «culpa» estuviera tallada a mano.
A pesar de ello, Ramón siempre se mostraba afable con ella, la besaba mucho, y la colmaba de elogios y de ánimos. Ramón era mi padre.
Tampoco conocí a mis otros tres abuelos. Recuerdo que cuando vivíamos en Londres, Ramón viajó a Tenerife para el entierro de su padre. Aunque yo tendría unos cinco años y el recuerdo era vago.
Por eso aquella tarde luminosa de finales de invierno, Aday y yo asistimos a nuestro primer entierro. Y para un muchacho de doce años, y otro de trece, que el primer funeral que viven sea el de sus propios padres es algo que pesa. Casi tanto como el colgante de culpa de mi madre.
Diana y Ramón se estamparon contra un muro de carga de un puente a las afueras de Eastbourne cuando venían de dejarnos a Aday y a mí en un campamento de verano en la costa sur de Inglaterra.
Los monitores del campamento no nos contaron la noticia hasta el momento de volver a casa.
Nos reunieron en una de las cabañas, y, junto a un policía, nos explicaron lo sucedido.
Habíamos pasado una de las mejores semanas de nuestras vidas (besé a una chica incluso).
Y la semana terminó con la peor noticia posible. Por eso siempre odié ese campamento.
Llevaron los cuerpos de mis padres en un avión diferente al nuestro.
Mi hermano y yo viajamos solos. Cuando llegamos al aeropuerto nos estaba esperando Lorenzo, que después de darnos un abrazo con muchísima fuerza y un beso en las mejillas, nos llevó a casa de la tía Juanita. La hermana mayor de mi madre.
Deambulamos de la casa de la tía Juanita a la casa del primo Rafael durante unos dos años. Hasta que el primo se fue de la isla, y a la tía se le fue la cabeza.
Entonces volvió a aparecer Lorenzo, que se convirtió en algo parecido a un tutor legal. Quizá un mentor, porque nos enseñó un oficio.
Yo contaba con catorce años y mi hermano con quince. Mis padres, por alguna causa que nunca supe, eran previsores. Querían que fuésemos de una edad parecida para que jugáramos juntos y nos hiciésemos compañía. Hasta los quince años fue así: una relación de hermanos, amigos y confidentes.
Después la relación se torció.
A él le gustaba estar todo el día estudiando, a mí me gustaba más pasar las tardes con Lorenzo en el barranco.
Fue la primera vez que nos distanciamos.
La segunda vino cuando Aday se puso a trabajar con Lorenzo para sacarse unos dineros (le daba envidia que yo pudiera comprarme ropa chula y salir todos los fines de semana).
Siempre llegaba a casa de malhumor, a pesar de que también le gustaba la montaña.
Más de una vez nos llevamos una reprimenda del viejo por poner en peligro nuestra propia seguridad.
Discutíamos mucho. Incluso cuando estábamos colgando de las paredes de la montaña.
Hasta que un día nos cogió a los dos de las nucas —de las orejas no porque no éramos ya unos críos—, y nos llevó al almacén. Nos encerró y nos dijo que no saldríamos de allí hasta que no resolviéramos nuestros problemas. Al día siguiente volvió a por nosotros.
Fingimos que lo habíamos arreglado.
Lo fingimos bien durante un tiempo, hasta que el viejo se llevó a Aday a extorsionar al responsable del parque nacional del Barranco del Infierno para que nos concediera la licencia de explotación turística.
Al poco Aday se marchó a Madrid con una mochila gigante y el dinero de la herencia que nos habían dejado los padres.
Él acababa de cumplir los dieciocho y pudo retirar su parte.
No fue el dinero lo que nos separó. A mí nunca me ha preocupado mucho el moni. Con tener tres platos al día, siete días a la semana, un techo y unos billetes para gasolina, me sobra y me basta.
Claro, que si un montón de dinero pudiera cambiar el destino de la vida de mi hijo, la cosa cambia.
Y mucho.