Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Aday
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Aday

Madrid, pasado-presente.

Aday caminaba, recto, como un poste de la luz, en dirección al banco.

Era su cuarta visita en un mes. Los negocios es lo que tienen. Como diría un conocido personaje de una conocida comedia de televisión: «al principio hay que echarle billetes».

—Buenos días, señor García —El director del banco se levantó y le estrechó la mano, fuerte, con energía, como le enseñó su mentor en la escuela de negocios.

Aday pidió que le tutease y le correspondió al saludo con el vigor proporcional que requería la situación.

Él era un cliente, no un pedigüeño. Y Aday, otra cosa no, pero siempre supo tratar con las personas. Con todas menos con las cercanas.

No era un pedigüeño, pero pedía. Y mucho. Para ser exactos había pedido un crédito personal, un crédito ICO y una hipoteca. Y necesitaba otro crédito para reflotar su maltrecha gestoría.

¿Cómo lo sé?

Por boca de su mujer, ya que con él no me hablo.

Apenas.

Ella me lo contó todo: Aday quería ampliar su negocio porque en el barrio del ensanche de Vallecas había muy pocas gestorías.

En todos los barrios nuevos los negocios a pie de calle fueron creciendo como mosquitos en una piscina abandonada.

Y esas panaderías, carnicerías, cafeterías necesitaban gestores de confianza.

Él era, es un gestor de confianza. Y los dos empleados que contrató cuando ampliaron el negocio.

Pero, claro, ya se sabe que hay que echar billetes a los negocios, y resultó que la competencia fue feroz al albur de la necesidad de gestorías en la zona.

Y las deudas fueron creciendo.

Hasta el punto de tener que despedir a uno de los dos empleados. Y, muchas veces, en los negocios, las deudas se solventan con más deudas. Es así, y con el sistema financiero actual: son lentejas.

—El crédito está aprobado, Aday —dijo Jesús Porta, el director del banco.

—Gracias, de verdad.

—Riesgos ha valorado que es el cuarto crédito que tiene con nosotros —Jesús Porta hizo una pausa dramática—. Nos han comunicado que ya no podrías tener más vías de financiación en este banco.

—Lo entiendo —Aday respiró profundo. Si no salía de esa solo le quedaba suicidarse…

o vender la casa y volver a Tenerife a trabajar de lo que sea.

Faenando en cualquier barco de los antiguos conocidos de nuestros padres, paseando a turistas por los senderos de Tenerife, o descargando fardos de hachís si fuera necesario.

Todo ello ya lo hizo en el pasado, y también trabajó para Lorenzo una temporada.

Como reza el dicho: a él no se le van a caer los anillos.

Aunque sería posible que su mujer le entregara su propia alianza de casada y le abandonara si eso sucediera.

Firmó, en la tableta digital, que había que ahorrar papel, al menos nueve veces. La documentación del crédito era farragosa hasta el aburrimiento. Se despidió del director del banco con otro fuerte apretón de manos, y se fue para casa con sus cuarenta mil euros en la cuenta.

Cuando llegó, su mujer le abrió la puerta y él la besó, casi como Jhon Wayne besó a Maureen O’hara en El hombre tranquilo. Sin bofetada en este caso.

—¿Qué te pasa, Aday?

Aday le contó lo del crédito. Y le explicó, por enésima vez, los planes para reflotar la gestoría que ambos regentaban.

Lucía, su mujer, al principio lo escuchó con aburrimiento.

Ya se conocía todos los cuentos de la lechera de su marido.

Pero su entusiasmo —y los abrazos que los hijos de la pareja dieron al padre en cuanto lo vieron— consiguieron hacerla sonreír y vislumbrar, al menos durante un instante, la salvación de su negocio, de su casa, y de su familia.

Aday llevó a los niños a sus actividades extraescolares: una hora de inglés y otra de piano.

Todo en el mismo centro cultural de la nueva barriada vallecana.

Regresó a casa saltándose dos semáforos en ámbar.

Aparcó en el parking en una plaza que no le correspondía (pero que sabía libre) y subió por las escaleras porque el ascensor tardaba mucho.

Al fin y al cabo, solo eran tres pisos hasta el segundo.

Abrió la puerta y asaltó a Lucía en la cocina.

Apretó su entrepierna contra el culo de ella y, desde atrás, usó sus dos manos como garras para apresar los pechos de su mujer.

La besó en el cuello. Hacía más de un mes que no se acostaban.

La crisis financiera de la gestoría repercutía, no solo en la economía familiar, sino también la vida sexual de la pareja.

Solventaron la crisis sexual en lo alto de la encimera de la cocina, como si fueran veinteañeros recién casados después de haber visto Nueve semanas y media.

Después de la tempestad vino la calma. Se besaron y rieron allí mismo, rodeados de electrodomésticos y utensilios de cocina.

—Vas a tener que pedir más créditos, amor —bromeó ella, y eso demostró su felicidad, porque con el dinero nunca gastaba bromas.

Lucía no me dio detalles, pero supongo que esto fue más o menos lo que pasó.

—Me da a mí que en este banco no.

Volvieron a reír y a sentirse una pareja.

Aday se subió los pantalones y se marchó al baño. Se lavó la cara y se miró al espejo. Había vuelto. Aday García había vuelto desde el infierno de los empresarios en quiebra. Haría todo lo necesario para no volver a caer en él. ¡Vaya que si lo haría!

Se quitó la camiseta antes de meterse en la ducha.

Tenía tiempo de asearse antes de volver a por los niños.

Miró su reflejo en el espejo, se tocó las lorzas.

Había descuidado también su aspecto físico.

Él, que fue subcampeón juvenil de natación en aguas abiertas en Tenerife, ahora tenía barriga cervecera.

Ese sería su siguiente objetivo: ponerse en forma.

Cuando terminó de ducharse, volvió a por los niños. Cenaron, vieron una serie en familia y cuando los pequeños se durmieron, besó a su mujer en el cuello y lo hicieron una vez más (espero).

Pocos días después, regresó a casa del gimnasio, dejó su móvil en el mueble de la entrada, besó a Lucía y se fue directo a la ducha. No le gustaba ducharse en las duchas comunes.

Cuando estaba a punto de quitarse los pantalones, escuchó su teléfono al otro lado de la puerta.

Decidió que primero se daría la ducha y más tarde devolvería la llamada.

El agua templada tonificó su piel y después del ejercicio eso le hizo casi flotar.

Su mujer lo sacó de esa ilusión. De todas las ilusiones que arrastraba desde que firmó el crédito en el banco.

—Aday —gritó ella—. Aday —Mi hermano descorrió la cortina de la ducha y se encontró a su mujer con el teléfono en la mano. Su cara indicó lo inesperado de la llamada. Más que inesperado, indeseado.

Aday se fijó en el nombre que aparecía en el teléfono. Un nombre del que hacía más de dos años que no sabía nada. El conocía mis comunicaciones con Lucía por medio de mensajes o emails. Pero nunca llamaba. Y mucho menos a él.

—No para de llamar —dijo Lucía, y el rostro de la pareja se cubrió de sombras más grandes que la que el Teide ha provocado sobre la isla de Tenerife.