Dinero y rescate
Tenerife Sur, presente.
Conduzco por las calles de Adeje.
—Yo no estoy tan segura de que Héctor vaya a aceptar.
Mara protesta. Me rebate la idea. Me quita la ilusión que horas antes había encontrado en una vieja foto en un insulso marco del mueble de mi salón.
En la imagen aparecíamos Rayco y yo en el viejo Suzuki de Lorenzo, ahora propiedad de Matías, que se quedó con él cuando decidimos comprar el nuevo todoterreno.
En la foto Rayco está sentado sobre mi regazo y mis manos guían las suyas, apoyadas en el volante.
Como si el niño estuviera conduciendo. Una imagen que todos o casi todos los progenitores del mundo han vivido alguna vez.
Esa necesidad de transmitir conocimiento de los padres a los hijos está sellada a fuego en nuestro ADN.
Una necesidad que está ligada a nuestro instinto protector.
Enseñanza, protección, aprovisionamiento.
Tres deberes básicos de todo aquel que se reproduce.
Y yo he fallado en al menos dos de ellos.
Porque no he sido capaz de enseñar a mi hijo a defenderse, a comunicarse por sí mismo.
Porque no he sido capaz de protegerlo de esta carencia.
—El dinero es el dinero, corazón —digo—. Un chulo y posible camello ¿no?, solo entiende de dinero. Sí, la venganza es necesaria —Como diría Jon Doe en Seven—, pero si la venganza se puede sustituir por una suma importante de moni…
—¿Venganza? —pregunta ella
—No sé, dímelo tú. Te fuiste de sus garras. ¿Qué querrá de ti?
Mara agacha la cabeza.
—Vamos a pensar en el tema del moni. El coche se devalúa un diez por ciento al comprarlo—intercede Matías.
Resoplo.
Pienso.
Me gusta pensar mientras conduzco. Miro mis manos sobre el volante. Las mismas manos que sujetaron, hace tiempo, las de mi hijo.
—Este nunca fue de ciencias —Matías parece que me lee los pensamientos—. Nos costó cuarenta y dos mil euros hace nueve meses. Con un poco de suerte nos darán treinta y cinco.
Mi compañero tiene razón: siempre he sido de letras.
Sin saber por qué, se saca de la manga una anécdota de mis tiempos de universitario frustrado.
Frustrado porque solo llegué a completar dos años de lo que entonces se llamaba Filología Inglesa.
Y creo que si ahora soy casi bilingüe fue gracias a que salí de la facultad y me puse a hablar con guiris todo el santo día.
Era muy bonito estudiar a Shakespeare y a Lord Byron, pero práctico, práctico, no lo era mucho.
—Creo que puedo reunir otros treinta mil más —digo
Mara se retrepa en el asiento, y se gira, clavándome todo el turquesa de sus ojos. Matías, con los suyos bien abiertos, es el que pregunta.
—¿De dónde vas a sacar tú tanto dinero en menos de un día?
Callo.
Los dos me interrogan con la mirada. Como si me estuvieran lanzando dardos impregnados en algún veneno amazónico. Algún veneno con los mismos componentes del pentotal sódico.
—Tengo algo ahorrado.
Ella calla, solo por unos instantes.
—Sí, cinco mil quinientos y poco euros —se decide a comentar.
Que Mara administre las cuentas de la empresa es un regalo.
La de dolores de cabeza que nos ha ahorrado a Matías y a mí no se pueden pagar ni con todo el paracetamol almacenado en la isla de Tenerife.
Que administre mis propias finanzas personales pone en evidencia mi nulidad para los números. Y para la gestión del dinero.
Me giro hacia ella y me encuentro, de nuevo, con su mirada. Solo por unos segundos, porque si hay algo que detesto es no prestar atención a las cosas importantes. Lo que pasa es que la carretera, en esta ocasión, es solo un poquito menos importante que la vida de mi hijo.
—Tengo a Aday.
Matías bufa a mi espalda.