Nos siguen
Tenerife Sur, presente.
Un cuchillo sobre la mano de Rayco. Sobre su dedo meñique.
Después, un vídeo. El cuchillo se mueve con rapidez sobre ella.
Como en la película Aliens, el regreso en la que un humanoide clava la punta entre los dedos de un marine.
A toda velocidad. Un mensaje acompaña las imágenes: «Sigue el plan o te mando un trozo por mensajero».
El desgraciado se cree que la mano de mi hijo es un trozo de carne que se pueda trinchar.
Matías está más nervioso, incluso, que yo.
Mara no para de dar vueltas por el local.
Yo me he sentado. Me tapo los ojos con la punta de mis dedos.
Los aprieto. Creo que podría meterme un dedo dentro y llegar hasta mi cerebro. Me hago daño. Y en ese momento sucede.
—¡No me jodas! —grito.
—¿Qué pasa? —pregunta Matías.
Me dirijo hasta el mostrador. Levanto el teléfono fijo, lo examino.
—¿Qué pasa, Airam? —pregunta Mara, desconcertada.
Revuelvo todos los papeles que hay sobre la mesa. Miro en el ordenador, pulso el botón que expulsa los CD’s.
—¿Tú sabes abrir esta mierda? —Señalo la torre del ordenador mirando hacia Mara.
—¿Yo?
No contesto, su encogimiento de hombros es la respuesta. Sigo revolviéndolo todo. Busco debajo de la madera del propio mostrador. En el suelo. En la papelera. Voy hacia las viejas sillas y me agacho toqueteando todo. No lo encuentro.
—¡¿Dónde cojones estará?!
—¿El qué, Airam? ¿Qué cojones buscas?
Me levanto y me quedo mirándolo. A los ojos. A su cara. No quiero ni verlo. Pero la expresión de Mara, entre ausente y asustada, me obliga a hablar.
—Nos están escuchando —Coloco el dedo índice en posición vertical tapando mis labios.
Me acerco hasta Mara y le pido su teléfono por señas.
Ella no entiende. Insisto señalando el mío.
Me lo entrega y le pido, también por señas, que lo desbloquee.
Lo examino. No sé ni qué estoy buscando— ¿Has notado algo raro en tu móvil últimamente?
—¿Algo raro?
—Sí, no sé, quizá te han metido un programa espía que les permita seguirte, o incluso escucharte.
—Airam —incide Matías—. ¿Qué estás diciendo, hermano?
—Ni hermano ni hostias, Matías. Déjame tu móvil.
Le entrego el suyo a Mara y le exijo el teléfono a mi compañero.
—¿En serio?
—Muy en serio. ¿Tú has notado algo raro?
—Pero ¿cómo nos van a hackear el móvil? Si somos unos muertos de hambre.
—¿No es mucha casualidad que hayas dicho lo de ir a la policía y, ¡maravilla!, me llega un mensaje en el que amenazan con cortarle los dedos o la mano entera a mi hijo?
Los dos se quedan callados. Matías coge su móvil y lo examina.
—Yo no he notado nada raro, tío —Se lo pido y no me lo da— ¿Acaso, tú eres experto en hackeos? ¿Has mirado el tuyo?
Tocado y hundido.
Lo reviso. Nada. No tengo ni idea de cómo se hackea un móvil. Y mucho menos sabría detectarlo si me lo infectan. Se supone que quien lo hace sabe cómo hacerse indetectable.
—¿Cómo coño tendrán mi teléfono esta gente? —pienso en voz alta.
—A ver, Airam. Usa la lógica. La lógica dice que siempre, siempre, hay que buscar lo más fácil.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que sabrán donde trabajas y de eso tienen tu número, lo pone en la página web. Lo mismo te han seguido hasta aquí, y alguien nos puede estar espiando desde fuera —replica.
Y consigue que se me encoja, de nuevo, el estómago.
Salgo a la calle. Miro en todas direcciones. Veo turistas con bolsas del supermercado. Madres que llevan a casa a sus hijos después de una tarde de parque. Hombres que deambulan. Me fijo en los coches aparcados.
Y contemplo el nuevo todoterreno de la empresa: blanquísimo recién lavado, con unas preciosas pegatinas de la empresa.
Me tumbo en el suelo. Miro en los bajos por si nos han puesto algún tipo de seguimiento.
Una baliza no es algo tan sofisticado, no pasa solo en las películas de James Bond.
Las usan la Guardia Civil en los seguimientos a narcotraficantes.
Tengo un conocido que me lo contó. Se pueden conseguir por internet.
Paso mi mano por los cuatro huecos de las ruedas. Por el tubo de escape.
No encuentro nada.
Accedo al interior del vehículo y revuelvo la guantera, los bajos de los asientos.
Tampoco hay baliza ni micrófono ni…
—¡La puta que los parió!
Salgo del coche, desesperado.
Le pego varias patadas a una rueda. Oigo, pero no escucho, ruidos a mi espalda. Son Mara y Matías pidiendo que me calme.
Solo lo hago cuando noto el abrazo de ella por detrás. Sus pechos aprietan mi espalda y, lo que en otras ocasiones podría excitarme, me provoca un llanto desconsolado.
Apoyo la cabeza contra el chasis del coche y rompo a llorar.
Lo necesito.
Noto la mano de Matías sobre mi nuca.
La mujer que amo.
El hombre al que considero mi hermano. Le correspondo poniendo mi mano sobre su antebrazo. Él entiende el mensaje.
—Vamos dentro. Y vamos a ver quién nos compra este puto todoterreno. En el fondo nunca me convenció —Lo miro e intenta sonreír— Gasta mucho, hermano.
Yo no río, pero, al menos, dejo de llorar.