Discusión
Tenerife Sur, presente.
—¡No puede ser verdad!
Matías, con la boca abierta, se sorprende del anuncio de Mara.
—Ojalá no lo fuera —responde ella.
Mi compañero, mi hermano, mi amigo se sienta en la vieja silla del local. Se mesa la barba. Me mira. Aprieta los puños.
—Tenéis que avisar a la policía —Muevo la cabeza de un lado a otro en horizontal. Él mira a Mara. Ella solo baja los párpados y cruza una mano sobre otra—. Tenéis que hacerlo.
—Nos han amenazado, Matías —respondo—. No me pienso jugar la vida de mi hijo.
—¿Y te vas a jugar la vida de Mara?
Su golpe bajo duele. Duele tanto que siento tentación de devolvérselo; de un modo violento y real. Visualizo su nariz rota con sangre deslizándose por su boca después de haberle dado tres o cuatro puñetazos. De hecho, me acerco hacia él. Mara se interpone. Y eso también es un golpe bajo.
—Airam, Matías, por favor.
—Si no vais a la policía, iré yo.
—Tú no vas a ir a ningún sitio —grito—. Tú vas a firmarme un poder para vender el coche y entregar la pasta al desgraciado que se ha llevado a Rayco. Y si no lo haces, voy a ir a tu casa y voy a hablar con tu mujer…
—¿Y qué mierdas le vas a decir, Airam? ¿Qué?
Matías no se achanta. Se cree que los tiros van por su lado mujeriego. Y ahí no tendría ninguna prueba contra él más allá de la sospecha con Mara. Sin embargo, tengo otro as en la manga.
—Le voy a decir que parte de tu sueldo te lo gastas en la casa de apuestas de aquí al lado en lugar de en las clases de equitación para tu hija. ¿Te parece suficiente?
Matías es ahora el que se levanta de un salto con los puños apretados y la boca desencajada. Su casi metro noventa impone. Aunque yo ya me haya peleado con él todo lo que me tuve que pelear en la adolescencia (bajo la tutela de Lorenzo, que nunca nos separó), siempre me impondrá su físico.
No se esperaba ese golpe bajo de mi parte. Y es que Matías, además de mujeriego, le gusta jugarse los dineros en las tragaperras y en las apuestas deportivas.
—Pues yo me cago en tu puta madre —escupe, a escasos centímetros de Mara que está entre los dos.
En ese momento recibo un mensaje en el móvil. Cuando lo abro y lo leo. Y, sobre todo, cuando veo la imagen que me han mandado me fallan las piernas y, sin poder controlar mi voluntad ni mis músculos, me caigo al suelo.
—¡Airam! —grita Mara.
Se agacha y trata de incorporarme. Aún sostengo el móvil en la mano. Ella lo toma y el gesto de su boca y el diámetro de sus ojos lo dicen todo. Le enseña la foto a Matías que se lleva las manos a la cabeza.
Suplico ayuda con mis ojos a mi compañero. Él asiente.