El viejo
Tenerife Sur, pasado.
Lorenzo conducía el Suzuki Vitara con la mano derecha en el volante y la izquierda por fuera de la ventanilla.
Justo en este lado izquierdo había un precipicio con una caída de más de cien metros.
Él aseguraba que podría conducir por ese sendero al borde del coma etílico porque lo había transitado durante más de cuarenta años, todos o casi todos los días de su vida.
En todoterreno, en moto de cross, en bicicleta y andando.
El Barranco del Infierno era su casa. No su segunda casa, la primera.
De copiloto viajaba yo y detrás Matías.
Por lo visto nos tenía algo importante que decir y como siempre que tenía algo importante que contar, nos llevaba a su barranco favorito.
Aparcó al borde de otro precipicio. El último lugar al que el viejo todoterreno podía acceder. De ahí hasta el barranco en el que nos había enseñado su oficio (nuestro oficio) distaban solo cinco kilómetros a pie. Nos ordenó —le gustaba mucho mandar— que cargásemos con sus trastos.
—¿Vas a bajar tú también hoy, viejo? —Matías siempre le llamaba viejo. A pesar de no haber ejercido de padre con él, Matías también lo sentía próximo. Y él llamaba a su padre: viejo.
—Puede, ya veremos —respondió Lorenzo.
Caminamos los cinco kilómetros haciendo más paradas de las habituales. El viejo nos lo pedía. Se asfixiaba, y a pesar de ello en cada parada sacaba de su bolsillo el paquete de tabaco y del otro bolsillo su desgastado zippo.
—Un cigarro sin olor a gasolina no es un cigarro —Siempre que se encendía un pitillo delante de nosotros mencionaba la frase. Daba igual que la hubiéramos escuchado más de mil veces. Lo seguía diciendo.
Y es que al viejo le gustaba hacerse notar. Creo que fue él quien acuñó el dicho de: «que hablen de ti, aunque sea mal».
Cuando encendió el quinto cigarro ya estábamos al borde de la cascada del Barranco del Infierno. Dijo su frasecita y a continuación disparó:
—Me muero.
Matías y yo nos miramos. Fui yo, esa vez, quien resultó más pragmático.
—Lorenzo, con esa dieta de cigarro y chato de vino, lo normal es que estuvieras ya muerto.
El viejo sonrió.
—Airam, Airam… Por mucho nombre canario que tengas no me vaciles, que yo he vivido aquí más tiempo que tú.
—Lorenzo, por favor —protesté.
—Ya sabes que me gusta mucho tocarte la moral, hijo.
Me agarró de la nuca y pegó su despoblada frente a mi cabeza. Era su forma de demostrar cariño. Los besos y abrazos eran para débiles. Según él.
Se separó un poco de mí. Puso la mano en el hombro de Matías mientras exhalaba una nube de humo.
—Matías, tú que has vivido aquí más tiempo que este, ya sabes lo que pienso…
—Que el hábito hace el monje, no el monje al hábito —recitó Matías, con aburrimiento.
El viejo Lorenzo siempre nos vacilaba.
—Claro, querido Matías, claro. Airam tiene más de guanche que tú. Y lo sabes —Lorenzo repitió la maniobra de poner su frente pegada a la de él—. Aunque emigrara, él es más canario que tú.
—Que sí, viejo, que sí, que ya me lo has repetido mil veces.
Reímos los tres.
Lorenzo rompió a toser. Desde que lo conocí con doce años, al poco de que mis padres fallecieran, siempre había sido testigo de su tos. Pero en las últimas semanas había pasado de ser algo ocasional, a ser algo que se producía cada diez minutos. A lo sumo quince. Y cada vez con mayor intensidad.
—Chachos, me muero —dijo cuando se le pasó el arranque de tos—. Pero esta vez es de verdad.
Los pájaros que transitaban con frecuencia por el barranco habían dejado de trinar. El viento dejó de correr. Y el agua de la cascada dejó de caer.
Eso, al menos, fue lo que yo sentí.
Que el viejo se muriera era lo más parecido a que la tierra dejase de girar.
—Airam, muchacho. Alegra esa cara. No va a ser la primera vez que pierdas a un padre. Deberías estar curado de espanto.
El puto viejo.
Siempre con tan poca sutileza. Siempre tan duro y tan distante. Eso es lo que me transmitió y, quizá, por eso, llegué a quererlo. Nunca supe si era un amor de verdad, o una dependencia.
—No me jodas, viejo. ¿Cáncer? —preguntó Matías.
Lorenzo asintió. Y rompió a toser de nuevo.
Yo me puse de cuclillas. No supe si me dolía más el anuncio de su muerte, o lo que me había dicho de mis padres. Después de unos segundos de silencio, hablé:
—Lorenzo. Cuando se te mueren los padres de viejos, como tú, se pasa mal. Pero se entiende. Cuando murieron mis padres, yo con doce años, no se supera. ¿Y ahora me dices que como te vas a morir no debería pasarlo mal?
Mis ojos ya estaban bañados de lágrimas. El puto viejo. Lo quería. O dependía de él. O lo que coño fuera, pero no me venía bien que se muriera.
—Airam, carajo. Ya sabes cómo soy, es sin maldad. Es la primera vez que me voy a morir. Yo sí que no tengo experiencia.
Matías soltó una carcajada.
Yo sentí ganas.
El puto viejo.
—Ven, anda, Airam —dijo Matías. Me abrazó— Y tú también, viejo.
Lorenzo, entre protestas, se acercó y los tres nos fundimos en un abrazo. No lloró, pero, por primera vez en más de veinticinco años sentí que mi padre adoptivo temblaba.
—Matías y tú, sobre todo tú —me dijo Lorenzo al oído—. Vais a seguir con mi legado. Y tú le traspasarás mi legado a Rayco.
—Al final me vais a hacer llorar a mí, cabraslocas —dijo Matías.
Me separé y miré a los ojos al viejo.
—Y ahora tú y yo vamos a hacer una última visita a la cueva —dijo.
Hacía mucho tiempo que no visitábamos la cueva él y yo.
Solo pude asentir.