Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El todoterreno
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El todoterreno

Tenerife Sur, presente.

Entro en la sede de Arranko como un turista alemán borracho y violento. Matías se sorprende al escuchar el golpe que da la puerta contra la pared.

—¡Coño, Airam! ¿Qué pasa?

—Tenemos que hablar, Matías.

—No me asustes, chacho.

Camino hacia un lado y hacia el otro delante del mostrador. Me fijo en los pósteres de la isla que tenemos colgados: El barranco del infierno, los acantilados de Garachico, el Drago Milenario, y el Teide.

El Teide siempre presente.

Me acerco hasta una vitrina en la que tenemos varios trofeos a la contribución al barranquismo en la isla. Vitrina presidida por una foto antigua en la que posamos Matías, yo y el viejo Lorenzo en el centro.

Lorenzo siempre presente.

—Necesito vender el todoterreno. Hoy mismo.

Matías suelta una carcajada.

—¿Te ha golpeado algo en la cabeza con el terremoto o qué, cabraloca?

Lo miro a los ojos. Y expongo toda la verdad que hay en los míos. Él busca a Mara, como pidiendo una segunda opinión. Ella mueve la cabeza arriba y abajo.

—Ya sé que hablamos de darle un lavadito de cara al local, pero no querrás hacer como Abundio: vender el coche para comprar gasolina. ¿No?

El local necesita dos manos de pintura, y varios muebles nuevos.

Aunque sean de Ikea. Las dos sillas que tenemos están muy sobadas, y en las paredes hay algunos desconchones en las zonas próximas a los zócalos.

Nada que llame demasiado la atención. Sin embargo, una pequeña reformita haría lucir mejor nuestra pequeña empresa.

Por lo de la buena imagen y eso.

—Necesito el dinero.

—Ya, bien. Y cómo hacemos con los clientes. ¿Los llevamos en burro? Nuevo concepto de aventura: burro y barranquismo…

—No estoy bromeando —interrumpo su gracia.

—Ni yo tampoco, chacho. Si el coche tiene nueve meses, con la que me diste hasta comprarlo.

—Podemos ir tirando con tu viejo Suzuki. Yo pago lo que haga falta para ponerlo a punto. Se lo llevamos al taller de José, ya sabes que siempre nos ha hecho precio.

—¿Mi Suzuki? Chacho, que lo tengo en el campo y lo necesito… —comenta—. Además, ahí solo caben cinco guiris, y bien apretados. No me jodas, Airam. ¿Qué coño pasa?

—Necesitamos el dinero, Matías —interviene Mara. Su voz es mucho más convincente que la mía—. Es importante, tienes que confiar en mí.

No dice en nosotros.

Dice en mí.

Y eso me enerva.

Ella ha intuido por donde van los tiros de mi plan a pesar de que todavía no le he contado nada.

—Matías, es solo temporal. Te lo aseguro, en cuanto pueda repondré el moni para comprar un nuevo coche.

—Estás fatal, Airam. Es que siempre igual contigo.

Te crees que eres como el viejo. Que todo lo que se hacía aquí lo decidía él —se detiene para suspirar—.

¿Sabes lo que te digo? —Calla, hace una pausa que podría calificarse como dramática.

No da tiempo a que nadie diga «el qué»—.

Que ni de coña. Airam, ni de coña. No paraste hasta comprar el puto coche que vamos a tardar en amortizarlo al menos cinco años.

No paraste hasta que te saliste con la tuya.

Transigí porque quizá lo necesitabas: un nuevo reto, un nuevo todoterreno para remodelar un poco la empresa.

Necesitabas, perdón, necesitas nuevos desafíos en tu vida.

Y yo lo entiendo, sé lo que has pasado. Pero esta mierda que me propones ahora.

No tío. Ni de coña. Por mucho que te parezcas a él y tú te lo creas, no eres el viejo.

Nos quedamos los tres callados.

Me doy la vuelta y me fijo de nuevo en la foto.

Apenas escucho la bomba que lanza Mara a mi espalda.