Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Matías
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Matías

Tenerife Sur, pasado.

Presenté a Mara y Matías después de haber hablado con él. Le conté que era una chica con problemas económicos, y que quizá podría ayudarnos con temas administrativos de la empresa.

—Tú te la quieres follar, ¿verdad, chacho? —contestó él.

Matías siempre ha estado obsesionado con el sexo.

Tuvo infinidad de novias o ligues o mujeres durante toda su juventud.

Hasta que encontró una que era la horma de su zapato.

Por lo visto, Luisa era igual de insaciable que él en la cama.

Dato que me contó, por supuesto, él, ya que a mí no me gustaba hablar de mis intimidades.

—Tú siempre golifiando, chacho —protesté por su exceso de cotilleo.

Le negué la mayor, aunque confesé que me resultaba muy atractiva, y que Rayco se había encariñado con ella.

—Pues a ver cuándo se encariña de ti y reestrenas el tolete, que ya es hora —replicó sonriendo.

—Tú sí que eres un tolete.

Desde un año antes de que falleciera mi mujer no mantenía relaciones sexuales con ella.

Y desde que falleció, tampoco había estado con ninguna otra mujer.

A los pocos meses del funeral, Matías me sacó a la fuerza de fiesta una noche, de tenderete como decimos aquí.

Me volví a casa sujetándome a las farolas, coches y paredes para no caerme de la borrachera tan grande que agarré.

Ni que decir tiene que no reestrené el tolete ni la cuca ni la chibichanga, como llamamos por aquí al aparato reproductor masculino. Ni ganas que tenía de sexo, la verdad.

Matías es de los que piensa que, si una mujer puede ser tu amante, no va a ser tu amiga.

Por eso me dio cierto miedo presentársela.

Porque por muy enamorado que estuviera de su querida esposa, Matías siempre tiene el sexo en la cabeza.

Según me ha dicho, nunca le ha sido infiel a la madre de sus dos hijos.

Y aunque confío en él como si fuera un hermano, hay cosas que no se le cuentan ni a un hermano.

—Encantado, Mara —respondió Matías un segundo antes de propinarle dos sonoros besos en las mejillas—. Así que tú eres la que nos va a quitar trabajo de oficina. Bienvenida.

Ella sonrió, le dio las gracias, y se quedó mirándolo sin saber qué decir.

Yo la tomé del brazo y la llevé hasta el interior del local, sede de Arranko.

Un anodino local con un anodino ventanal, una anodina puerta y un trastero lleno de cachivaches para la montaña.

El sueño de todo apasionado por el descenso de barrancos.

Explicamos entre los dos el funcionamiento de la empresa: los turistas llamaban por teléfono en su mayoría para informarse y hacer la reserva.

Nosotros habíamos heredado de Lorenzo su arcaica forma de promocionarse: visitar todos los hoteles del sur de la isla, y dejar folletos de propaganda.

A muchos de estos hoteles se les premiaba si nos mandaban gente.

También recibíamos emails solicitando información.

Teníamos una rudimentaria página web que un sobrino de Matías nos había diseñado y que se había olvidado de ella después de que cobrara una miserable propina de su tío.

—Yo no es que sea una experta, pero podría ayudaros un poco a mejorar la web. Quizá añadir un botoncito para que la gente nos escriba directamente desde sus móviles. Me enseñaron a hacerlo en un despacho de abogados en el que trabajé en Barcelona.

Matías me sonrió cuando ella pronunció esas palabras, como diciendo: buen fichaje.

Mara se hizo con los mandos de la empresa en algo menos de dos semanas. Gestionaba las reservas, atendía al teléfono en español, inglés, e incluso, catalán, y tenía el almacén ordenado como el cuarto de un bebé recién nacido.

Cuando empezamos a ser algo parecido a una pareja, Matías se alegró y se distanció un poco de ella. Me preguntó, cómo no, por las sesiones de cama, y yo, cómo no, evité las respuestas.

Con el paso del tiempo, Matías volvió a acercarse. Como si se le hubiese olvidado el hecho de que ella y yo durmiéramos juntos. En la cabeza de un cazador ese código no existe. Y entonces tuve el primer enfrentamiento con él.

—Mat, chacho, al menos cuando esté yo, córtate un poquito —protesté el día que la cogió en volandas para gastarle una broma.

—¡Qué dices, chacho! Estoy vacilando.

—Todo lo que tú quieras, pero córtate, ¿vale? —repliqué elevando el tono.

—Tranquilo, hermano, tranquilo. Es tu mujer, y yo ya tengo en casa a la mía.

—Ya.

Ese «ya» fue de esos que se pronuncian para dar la razón como a los tontos. De esos que suenan a puyas. Y a él le sentó mal.

—Mira, Airam, no me seas pejiguera. Déjate de paranoias y no me toques los huevos, ¿vale?

No le contesté. Tan solo tiré al suelo unos piolets que llevaba en la mano. Le estaba ayudando a preparar la excursión de la tarde, ya que yo había tenido la de la mañana. Solíamos intercambiar turnos: una semana él de mañana, otra la siguiente de tarde.

Me largué sin decir nada a ninguno de los dos.

Por la noche, Mara vino a casa y se acurrucó a mi lado.

—Matías dice que te pareces mucho a Lorenzo.

—Matías es un bocazas, muchas veces.

No era la primera persona que me decía que me parecía a Lorenzo. Supongo que la personalidad se moldea en la adolescencia, y yo pasé gran parte de la misma con el viejo. Y Lorenzo era un hombre complicado.

Ella se incorporó y me dio un beso en la mejilla.

—¿Tú no estarás celoso?

No dije nada. Ella sonrió y me dio un pico en los labios.

—Venga, vamos a la cama. ¿Rayco ya está dormido?

Afirmé. Y me sonrió. Quizá la mejor manera de quitarme los celos sería hacerlo con ella.

Y ese era el plan.

Hasta que, por enésima vez, se encerró en sí misma cuando me quité el eslip.

Sentí la tentación de preguntar si Matías se la había follado y por eso no quería más.

Por fortuna no lo hice, porque, aparte de injusto, hubiera sido un desastre comentar tal barbaridad.

Matías.

De una forma u otra, siempre en medio de los dos.