Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El director
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El director

Tenerife Sur, presente.

Conduzco el todoterreno nuevo de Arranko.

Hay una calma tensa en la TF-1, la carretera que une Guía de Isora con Adeje.

He visto un par de postes de la electricidad caídos.

Y a unos operarios reparándolos. Los terraplenes que en algunos tramos envuelven, arropan, sitian la carretera se transforman, ahora, en los oráculos de La historia interminable: amenazan con destruir al que se atreva a cruzarlos.

Aunque la verdadera amenaza está un poco más hacia arriba. Hacia el norte.

Suena el teléfono móvil, como lo tengo conectado al coche descuelgo desde una tecla que hay en el volante.

Seguridad ante todo.

—Diga.

—Airam García.

La voz es grave. Pego un ligero volantazo al escucharla.

—¡¿Qué pasa ahora?! Estoy en ello.

—¿Disculpe?

Mara me hace un gesto con el dedo índice moviéndolo de lado a lado. Su boca se abre. Sus ojos también.

—¿Quién es?

—Soy Gonzalo Aguirre, el director del colegio de su hijo.

Se me encoge un poco el pecho, como cuando te llama la policía a casa: no augura nada bueno.

—Sí, perdone. ¿Qué quiere?

—Me han notificado que se ha producido una irregularidad en la recogida de Rayco.

—Sí, pero no se preocupe, está todo arreglado.

—Me preocupo, señor García, me preocupo porque se ha roto un protocolo que es sagrado para nosotros —el director endurece el tono—.

El trabajador que entregó a su hijo ya está sancionado.

Al parecer no comprobó que la autorización que llevaba la persona que lo recogió estuviera respaldada en Séneca, ya sabe, el sistema informático.

Además, la conserje de por la tarde me ha contado que le ha llamado alguien cuando ha ido a recogerlo y usted parecía preocupado.

No sé ni qué decir. Podría preguntarle quién recogió a mi hijo.

Pero al mismo tiempo le he dicho que está todo solucionado.

Y lo del chivatazo de la conserje me descoloca.

Mara no me quita los ojos de encima. Y yo quito los ojos de la carretera un segundo para mirarla a ella y preguntarle con mi gesto qué hacer.

Unos segundos que son suficientes para perder el control del coche en una curva. Un camión que circulando en sentido contrario pega un gran bocinazo y doy el segundo golpe de volante en menos de diez minutos para acabar en una zona de escape de la carretera.

—Señor García, ¿está usted ahí?

Después de pegar unas cuantas respiraciones profundas para intentar calmarme respondo:

—Sí, disculpe. No se preocupe de verdad, el niño ya está con nosotros y todo en orden. No me he coordinado bien con nuestra familia. Pensaba que había autorizado a mi primo en Séneca para que pudiera recogerlo…

—Le repito que es un fallo muy grave del protocolo —me interrumpe—. Tendrían ustedes que pasarse por aquí para firmar un documento. Debemos notificar esta incidencia a la Consejería.

—De acuerdo, nos pasaremos a firmarlo esta semana.

—Es importante que, si pueden, vengan ahora mismo. Me he desplazado al centro educativo para solventar esta incidencia. Deberían venir acompañados del menor.

Cuelgo el teléfono.

—¿Qué hacemos? —pregunto a Mara.

—No lo sé.

Ella está a punto de echarse a llorar. Yo pongo mis manos sobre mi frente y aprieto con fuerza. Llego incluso a tirar del pelo.

—Este tipo se ha tomado muy en serio el problema. Va a volver a llamar en…

No me da tiempo a terminar la frase. El teléfono vuelve a sonar. Dejo que lo haga durante tres tonos y descuelgo.

—Disculpe, Gonzalo, estamos en una zona con poca cobertura. Le decía que nos pasaremos en cuanto podamos, mañana, hoy nos es imposible. Ahora debo colgar.

—Señor García, tienen que venir hoy o me veré obligado a notificar…

—Haga usted lo que considera oportuno, el niño está bien. Saludos y gracias por su preocupación.

Cuelgo y suspiro. Hondo.

Arranco el coche y me incorporo a la carretera cruzando una línea continua que no debería cruzar.

Como el todoterreno va sobrado de potencia, acelero fuerte.

Aunque me gano otra pitada del conductor al que le he hecho una nueva jugarreta, me distancio de él de forma rápida para evitar que su frustración le haga cometer alguna tontería.

—Vamos al local. ¿No? —pregunta Mara.

—Sí.

—¿Qué tienes previsto hacer? —no le contesto. Todavía debo madurar lo que tengo en mente— Podríamos pedir ayuda a Matías.

Matías.

No digo lo que pienso en voz alta. Y lo que pienso es que Mara debería de dejar de pensar tanto en Matías.

Aunque la verdad es que él forma parte del plan. De forma subsidiaria.

Pero está dentro.

Y ello me provoca que incline el cuello hacia el lado izquierdo, apretando bien los músculos que sujetan la cabeza. Y que curve los labios hacia abajo. Con los dientes también apretados. Como mis manos sobre el volante.