Mara, Airam y Rayco
Tenerife Sur, pasado.
Mara caminaba de la mano de Rayco.
Yo observaba la escena desde atrás. Ella llevaba un vestido ajustado y corto. Se había levantado un soleado día de invierno y por ello bajamos hasta la Playa de San Juan, con la intención de dejar atrás el fresco de Guía.
La noche anterior fue la primera vez que ella se había quedado en casa. Durmió en la cama nido de la habitación de Rayco. Era la mejor opción. El vínculo con el niño, de momento, era más fuerte que conmigo.
Pero yo no podía dejar de mirar su culo.
No supe si fue fruto de mi imaginación, mi falta de sexo, o del deseo que sentía por ella que observé ese movimiento de caderas como si fuera el de Jessica Rabbit.
O incluso el de Betty Boop. El caso es que di dos zancadas para aproximarme a ellos y posé mi mano sobre su cintura.
Para ser exactos en la unión de la cintura con la nalga.
Y como ella no dijo nada (tan solo me miró y sonrió) dejé la mano ahí durante todo lo que duró el paseo.
El paseo, y también cuando nos sentamos en la arena. Y a cada segundo que pasaba, mi mano, descendía unos milímetros. Ella no decía nada, hasta que Rayco se fue a meter los pies en el agua.
—¿Me vas a dejar de tocar el culo ya? —preguntó, con una extraña sonrisa.
—¿Yo? —dije, como si fuera un adolescente que ha tenido su primera erección. Retiré la mano en el acto.
Ella rio a carcajadas.
Después del susto inicial, le acompañé en la risa. Y me acerqué mucho más a ella. Tanto que el beso era inevitable. Hasta que Rayco estropeó el momento. Como en las comedias románticas llegó dando voces y quejándose de que el agua estaba muy fría.
Esa noche Mara le dio un baño de agua bien calentita.
Yo le pregunté a ella que si no me podía también restregar a mí la espalda. Ella sonrío.
Sin embargo, cuando el niño se quedó dormido, se acurrucó junto a mí en el sofá. La abracé y su perfume de recién duchada volvió a ponerme en aprietos. Acerqué mi boca mucho a su cuello. Ante su ausencia de movimientos, la besé.
Besé su cuello y mis manos recorrieron su cuerpo: sus brazos, su vientre, sus piernas. Cuando llegué a sus pechos ella se separó y dijo que lo sentía.
Se fue a la cama con Rayco.
Pasaron unos días hasta que volvimos a estar tan cerca. Repetí la operación del cuello. Ella se dejó llevar un poco más. Me dejó tocar sus pechos. Pero cuando llegué a una caricia más profunda, la escena volvió a repetirse.
Al día siguiente me mostré molesto con ella. Como un niño al que le ofrecen unas chupadas de un caramelo y después se lo quitan.
—Airam, yo… —dijo. La miré—. Necesito más tiempo. No he tenido buenas experiencias últimamente.
Me acerqué a ella. Olía a jazmín. Su pelo caoba estaba alborotado, como si hubiera metido los dedos en un enchufe. Y a mí ella me electrificaba.
—¿Al menos puedes besarme?
Puse mis labios cerca de los suyos. Ella no daba el paso. Tampoco se retiraba.
La besé. La besé en los labios y ella, sin abrir demasiado la boca, me correspondió.
En ese juego del ratón y el gato, ella poco a poco, pulgada a pulgada como dirían en una conocida película de Al Pacino, me permitió avanzar en mi tarea amorosa.
Una noche nos tomamos tres cervezas, y cuando Rayco roncaba, la convencí para que durmiera conmigo.
Aceptó a regañadientes.
Cuando la bajé el camisón para besar sus pechos volvió a recular.
Se retrepó en el cabecero metálico de la cama y se tapó el cuerpo con las rodillas dobladas sobre su pecho.
—Lo siento, lo siento, lo siento.
Al día siguiente, nada más verme me plantó un beso en la boca. Con el niño delante, que empezó a cantar algo así como el himno de una boda.
Delante del niño me siguió mostrando muestras de afecto. Y mis pulsiones cada día eran mayores.
La noche en la que creí que íbamos a hacerlo por primera vez todo comenzó genial. Nos duchamos juntos: era la primera vez que la veía completamente desnuda. Nos besamos.
Salimos a toda prisa por la incomodidad —y el riesgo, ya que estuvimos a punto de resbalar un par de veces—, y nos tumbamos en la cama sin secarnos.
Besé sus pechos y esta vez no hubo rechazo.
Cuando quise penetrarla sí que lo hubo.
Volvió a abrazarse las piernas.
Y a pedir perdón.