Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 En casa
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En casa

Tenerife Sur, presente.

Cuando termina el relato llegamos a casa. Empiezo a comprender muchas cosas.

No es que a mí me importe que haya sido prostituta. En el sentido de que eso no cambia ninguno de los sentimientos que tengo hacia ella. Lo que me ocurre es que detesto el sexo por dinero.

Me gustaría preguntarle, o consolarla, o comprender su vida en Barcelona. En ese club de alterne propiedad del que se ha llevado a mi hijo. No es momento, quizá, de hablar de sus vivencias allí. Aunque algo haya cambiado después de esta confesión suya, lo que de verdad importa es encontrar a Rayco.

Entro y deposito las llaves en el mueble de la entrada, junto al lugar en el que Rayco deja la mochila cuando llega del cole. Una mochila con un T-Rex con la boca bien abierta. Apoyada en un sitio en el que ahora solo hay vacío.

Me pongo a dar vueltas por la estancia. Como si preguntara a los muebles y a las paredes una solución.

Esos muebles que ahora echan de menos los golpes que se daba Rayco cuando era más pequeño.

Hasta yo echo de menos el llanto que le provocaban a mi hijo.

«Tú, mesa de caoba con esa esquina maldita, ¿qué hago? ¿Voy a la policía? Tú, silla que se cayó sobre la cabeza de Rayco. ¿Entrego a Mara a cambio de mi hijo?» .

Me siento observado por mi pareja. Percibo sus ojos en mi nuca.

Me fijo en las fotos en las que salgo con mi hijo.

Una de bebé, junto a su madre. Mara nunca me ha preguntado por esa foto.

Y yo nunca he comentado nada al respecto.

Me fijo en sus ojos. En los de los dos. Los tienen casi idénticos.

Son ojos pequeños, achinados, de un marrón tan claro como el trigo.

Ojos llenos de vida. Lo bueno de las fotografías es que captan el instante correcto que quieres captar.

Nadie, o casi nadie, imprime fotos o guarda fotos en formato digital en las que salga feo, o con los ojos cerrados, o con expresión triste.

Me pregunto qué haría Victoria en esta situación.

Si por una suerte de desgracia, una hipótesis imposible, fuera ella la que reclamara un proxeneta de Barcelona.

Se intercambiaría por nuestro hijo, no lo dudaría ni un instante.

Y yo tendría que aceptar su decisión, porque ella lo parió, ella lo amamantó, ella le dio la vida.

En cambio, Mara no hizo ninguna de estas cosas. Mara, en estos meses ha hecho algo que podría calificarse como incluso mejor: criar a Rayco como si lo hubiera parido, como si lo hubiera amamantado, como si le diera la vida con su cariño diario.

Me vuelvo hacia ella. Está acurrucada en el sillón de escay. Se tapa la cara. No sé si llora, no se lo quiero preguntar. Yo sigo investigando por si algo en el salón, o en algún lugar de mi estancada mente me diera una solución.

Cojo el móvil.

Siento la tentación de buscar en Google algo similar a «¿Cómo salir vivo de un secuestro» o «¿Qué hacer si raptan a tu hijo?»

. Creo que todos los padres y todas las madres del mundo han hecho esta búsqueda desde que existe internet.

El ser humano siempre espera lo peor de otro ser humano.

O debería esperarlo. Por eso y porque estamos programados para proteger a nuestra descendencia.

Desbloqueo el móvil con un toque de mi huella dactilar.

Abro el navegador.

Levanto la mirada y me vuelvo a fijar en las fotos que hay en el mueble del salón.

Me centro en la única en la que estamos juntos los tres: Mara, Rayco y yo.

Y no puedo evitar tener un flashazo de ella en un club de alterne.

Aunque no lo haya visto, la imaginación la recrea vestida de lencería roja, bailando en una barra.

Con decenas de babosos toqueteándola. Tocando ese cuerpo que Rayco ha estado usando como almohada, como depósito de su cariño.

Aprieto con fuerza los párpados, me duelen los ojos. Y también recuerdo cuando ella y yo hemos compartido cama.

Y entonces, sin esperarlo, despego los párpados. Ella me mira.

Sonrío. Con timidez. Como si la mirara por primera vez con la intención de seducirla.

Quizá no todo esté perdido.