Héctor
Barcelona, pasado.
Héctor era un chulo de putas de Barcelona.
Yo le conocía de toda la vida. Del barrio. Fuimos juntos al colegio. Incluso nos besuqueamos en una fiesta de fin de curso. Luego él se metió en tema de drogas y nos distanciamos.
Hace unos quince años yo trabajaba en una inmobiliaria. Quebró.
Me fui a la calle en un sector en el que todo se estaba yendo a pique.
Me tuve que volver a casa de mis padres.
Mi hermano se había ido a trabajar a Londres.
Nunca fuimos buenos estudiantes. Es de las cosas de las que más me arrepiento ahora.
Con una carrera quizá podríamos haber encontrado un buen empleo.
O no lo sé, porque viendo la cantidad de personas con titulación universitaria que trabajan en otros sectores, y con condiciones laborales pésimas…
Empecé a trabajar en un bar de copas. Ya se sabe que la noche no es demasiado buena.
Entraba a las diez y salía sobre las cuatro de la madrugada.
Los fines de semana de amanecida. Y solo libraba los lunes.
Empecé a consumir. No es que me volviera una yonqui, pero sí que le cogí el gusto a la coca.
La mayoría de las veces me salía casi gratis, porque en el ambiente de la noche siempre hay espabilados que se creen que por invitarte a una raya te tienes que liar con ellos —o algo peor— en el cuarto de baño.
Yo soy más lista que eso.
Mejor dicho: era.
Porque la primera vez que un tipo que me invitó a unas rayas me ofreció pasta por sexo le dije que ni loca. Que se fuera a la mierda. Que quién se había creído que era.
La segunda vez no me pareció tan mal. Pero también lo rechacé.
No pude a la tercera.
No es que estuviera en la indigencia. Sin embargo, mis padres malvivían con la pensión por invalidez de mi padre, y las cuatro chapuzas que cobraba en negro y sufriendo.
Demasiado mayor para volver a la obra. No podía trabajar en la construcción porque tenía dos vértebras fastidiadas.
Mi madre ayudaba a limpiar en algunas casas dos o tres días por semana, y le pagaban cuatro duros, también en b.
No vivíamos en la indigencia, pero no podía hacer casi de nada. Ni comprarme ropa nueva, ni comer fuera de casa, ni siquiera ir al cine. Íbamos con lo justo porque mis padres tenían unas deudas de una inversión que les salió mal.
El tipo me ofreció cien euros.
Cien euros por sexo oral.
«Una raya y una mamada».
Julián se llamaba. Nunca me olvidaré, como no se olvida nunca el chico que te desvirga. Porque de cierta forma me desvirgó. Desvirgó mi dignidad.
Se hacía llamar Yulian, y era un cerdo que le ponía más el hecho de que una pobre camarera se humillara, al propio orgasmo en sí.
Y, además, no era un tipo que causara rechazo por su aspecto físico, qué va: medía más de metro ochenta, tenía el pelo largo y engominado hacia atrás, y no tenía nada de barriga.
Por eso supe que más que placer sexual, buscaba el placer de dominar. De sentirse superior.
No pude resistirme a la tercera, ni a la cuarta, ni a la quinta, que fue cuando me propuso irnos a su casa.
Lloré mucho.
Lloré en el camino de vuelta a la mía.
Lloré en la bañera, y por más que me froté la piel no me salió la culpa de dentro.
Lloré en la cama.
Y al día siguiente me fui de compras e invité a mis padres a comer en un restaurante del pequeño puerto de Garraf. Les mentí alegando que un grupo de rusos habían dejado una gran propina.
Entonces todo ocurrió como una secuencia de las películas en las que se suceden una serie de imágenes una detrás de otra, que parecen que el tiempo pasa muy rápido: Yulian corrió la voz y me visitó otro tipo. Al que, por supuesto, le dije que no.
La primera vez.
No me negué la segunda ocasión.
Ni tampoco la primera vez que vino un segundo tío más de parte de Yulian.
Y fueron llegando más clientes.
Y yo me seguí comprando más ropa. Y comiendo más veces en restaurantes caros. Y consumiendo más.
Y como la mala gente de la noche se conoce, por muy grande que sea Barcelona, Héctor se presentó un día en el bar de copas donde yo trabajaba.
—Hola, Mara. ¡Cuánto tiempo! Aunque por ti no pasa… —dijo, con una sonrisa en la boca.
No le hizo falta decir mucho más.
Esa misma noche me probó.
Yo había llegado a un punto en el que no era dueña de mis propias decisiones. Solo era dueña de mis vicios.
Me marché del bar de copas, y me uní a su club de alterne de un día para otro.
Sin casi despedirme. Era un club en la carretera del aeropuerto a Castelldefels.
Uno de esos grandes, rectangulares con muchos neones a la vista desde la autovía.
Que prometen mucho lujo por fuera, y cuando llegas dentro son una oda al mal gusto.
Con sillones de escay, una miserable barra de pole dance y diez habitaciones en la planta superior.
Habitaciones que me abstengo de describir porque hay cosas que prefiero enterrar en mis recuerdos.
También me fui de casa. Con otra mentira: «un trabajo mejor, con mejor sueldo. Y encima estoy conociendo a un hombre». Mis padres tenían tantas ganas de verme feliz que se lo creyeron o hicieron que se lo creían.
En parte era verdad: cobraba seis veces más en el club de alterne que en el bar de copas.
Estuve vendiendo mi dignidad por unos cinco mil euros al mes durante medio año.
Lo bueno, o lo malo, no sabría precisar, es que Héctor me convirtió en su preferida.
Me dejaba librar una noche a la semana, los lunes, como en el garito.
Y me procuraba los mejores clientes. Si es que la palabra «mejor» tiene cabida para un putero.
Este trato de favor me granjeó algunas enemistades entre las chicas.
También contribuía a ello que yo era la única española.
Es más, la única barcelonesa. Eso se cotizaba mucho entre la clientela. Y Héctor me sacó un buen rendimiento.
No sé si por esa buena fama, porque le gusté de verdad, o porque quiso poseer a la pieza más cotizada de sus chicas, hicieron que se encariñara de mí. Tanto, que el cariño se transformó en algo más.
Un día casi mata a un cliente del que me escabullí cuando empezó a pegarme con fuerza en el culo. Un sádico. Le cogieron entre dos o tres secuaces y le dieron una paliza en el patio de atrás del club.
A los dos días Héctor me reunió para anunciarme que yo sería la encargada.
La madame.
Me hizo gracia que me lo quisiera vender así. Y me soltó un discurso en el que alabó mi capacidad de liderazgo y mi potencial.
No me lo creí. Obvio, pero me pagaría lo mismo y no tendría que dejarme usar cada noche por cuatro o cinco desgraciados.
Solo él me usaría.
Mi vida no cambió tanto: me dejaba usar por él, y fingí. No los orgasmos como hacía con los clientes, sino el cariño que él me demandaba.
Hasta que no pude más.
El resto, ya lo conoces.