Posibilidades
Tenerife Sur, presente.
Mara, con los ojos llorosos, me sujeta las manos.
—Esta mañana, cuando estaba camino del local, noté que un coche me seguía.
No sé, una sensación extraña. Me puse a andar rápido y el coche aceleró.
Era así como un todoterreno de estos grandes, de lujo, negro.
Cuando llegué al local me asomé por el ventanal y pasaron muy despacio por delante.
Un tío así con gafas de sol iba en el asiento del copiloto.
Después se largaron haciendo ruedas. Te lo iba a contar, pero al poco rato pasó lo del temblor y no me sentía con ánimos de preocuparte más.
—Voy a llamar a la Guardia Civil.
—No podemos avisar a la policía, Airam.
Separo las manos de Mara. Despacio, como el que se aparta de alguien que huele mal.
—¿Por qué?
—Porque ya has escuchado lo que han dicho. Que lo matan, Airam, que lo matan…
Apoyo la cabeza sobre el volante, como si se me fuera a caer; porque el peso de lo que habita en mi mente es tan grande, que podría rodar como una bola de bolos y destrozar todo a su paso.
—¿Qué quieres hacer?
—Pues obedecer. Acudiremos a la cita y que se me lleven.
—¿Estás loca? —interrumpo—. A saber lo que quieren de ti—. Ella calla. Y es entonces cuando caigo en la cuenta—. Claro, joder. Los conoces…
Me muerdo el labio, aprieto con tanta fuerza el volante del coche que creo que podría arrancarlo de cuajo. He aparcado de forma correcta y nos hemos quedado aquí. Pensando qué hacer.
—Mañana me llevarás al punto que te han dicho y ya está.
Le vuelve a temblar el labio. Conozco ese gesto. Además, tiene la cabeza agachada, mirándose las manos, como si estuviera buscando algo. Algo que no existe.
—Vamos ahora mismo a la policía.
Arranco el coche, meto primera y salgo a la carretera sin mirar por el espejo retrovisor ni dar el intermitente. Escucho un frenazo, seguido de un bocinazo de los que molestan. De los que pulsas el botón del claxon con tanta rabia que podría romperse.
—Haz el favor de aparcar de nuevo y hablemos, Airam.
Muevo el coche y un Volkswagen Golf nos rebasa. Ventanilla bajada, mano en alto y un sonoro «gilipollas» en la boca del tipo que conduce.
Apago el motor. Bajo la ventanilla porque la sensación de ahogo empieza a molestarme demasiado.
Miro al cielo. Hay nubes que manchan el azul, nubes carentes de su blanco habitual, nubes tiznadas de un grisáceo ceniciento.
¿Amenaza de lluvia? Pienso en el Teide y en las imágenes que he visto por la mañana en la televisión. Y escucho las sirenas de fondo.
—¡Airam!
El grito de Mara me hace pegar un brinco. La miro. Sus ojos muy abiertos. Su boca sigue temblando.
—Vamos a casa, y vamos a valorar las posibilidades. Ahora mismo no estoy para decidir nada.
—Está bien.
—Y mientras me vas contando lo que creas que me tienes que contar.
La miro. Ella no. Aunque asiente.
Por el camino rumiaré las posibilidades que tenemos. Y, sobre todo, espero de Mara sus explicaciones: por qué me están pidiendo su cabeza a cambio de la de mi hijo.
Y las sirenas siguen escuchándose de fondo. Con ese sonido tan inconfundible que cuanto más cerca está no solo te taladra el oído, sino también la esperanza.
Vuelvo a mirar hacia arriba. El cielo sigue tiñéndose de gris.