Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Mara
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Mara

Tenerife Sur, pasado.

Mara llegó a Tenerife un sábado por la noche. En el ferri de las 23 h.

Se alojó en una de las peores pensiones que existen en todo Santa Cruz. Me reí mucho cuando me enseñó la reseña que había dejado en internet, que adornó con fotos de cucarachas, moho en el minúsculo plato de ducha y pelos en el colchón. Ella al principio se puso seria, pero luego rio conmigo.

Después del encuentro con Rayco en el parque, la tensión entre un hombre y una mujer, que parece que se atraen, pero que no se deciden a dar el paso, se relajó. Como si el niño sirviera de carabina perfecta para ello.

Nos citamos, los tres, al día siguiente para dar un paseo por la costa de Adeje.

Quedamos en la Playa de San Juan. A Rayco le faltó tiempo para salir corriendo a los brazos de Mara.

Ella lo recibió como si fuera la matriarca del anuncio de El Almendro (vuelve, a casa vuelve, por Navidad): sonrisa, brazos abiertos y abrazo de oso.

El niño en el medio de los dos, con una mano cogida de cada uno de los dos adultos, caminaba, feliz, por el paseo marítimo. Ella y yo charlábamos de lo bien que se está en Tenerife, de su clima, y de otras bondades de la isla. Una charla intrascendente, nerviosa, hasta cierto punto incómoda.

Entonces sucedió.

Rayco vio un kiosco con un cartel de helados bien grande, casi interrumpiendo la acera para llamar bien la atención de los niños o de cualquier persona ávida de azúcar y frescor en la boca.

Nos soltó las manos y salió corriendo en dirección al kiosco.

No sin antes, juntar mi mano derecha con la mano izquierda de Mara, como lo hacen los niños en las comedias románticas de Hollywood.

No sabría decir quién la apartó antes, si ella o yo. Sin embargo esas décimas de segundo que rocé la piel de su dedo meñique, o anular, sirvieron para darme cuenta de que quería coger su mano durante más rato. Sonreímos sin mirarnos. Como dos adolescentes inexpertos.

Rayco, culpable de la situación, también se encargó de solventarla. Dando gritos desde el kiosco solicitando su sobredosis de glucosa. Mara pagó el helado a pesar de mis protestas, y seguimos caminando. Ya sin ninguna mano junta.

Llegamos al pequeño puerto y Mara suspiró.

—De cierta forma esto me recuerda a Barcelona.

—¿En serio? Si esto es muy pequeño.

—Sí. El puerto, el mar, el olor a salitre. Es lo que más me gustaba de mi ciudad. No me gustaba la gran urbe ni las calles repletas de gentes sin nombre. Yo solía escaparme a las afueras, a Garraf, o incluso más lejos: a Sitges.

—¿Es bonito?

—Mucho, pero tu isla lo es más. Me encanta —suspira—, pero me voy a tener que volver a Barcelona.

—¿Y eso? —pregunto.

—Me vine con lo puesto. Y de momento no encuentro trabajo.

—¿Llamaste a los dos sitios que te dije?

—Sí, de momento no necesitan a nadie.

Me fijé en sus labios. Temblaron. Como el que está a punto de arrancarse a llorar. Sus ojos, sin embargo, no tenían rastro de lágrimas. Quizá ya las había derramado todas. Y eso me hizo empatizar con ella. Dos adultos, solos, con las glándulas lagrimales secas.

En el puerto, junto a nosotros, dos barcos viejos, uno con una banda azul, el otro con una banda roja, oscilaban, mecidos por las corrientes, esperando salir a faenar al día siguiente.

El de la banda azul se llamaba Horizonte.

El de la banda roja se llamaba Soledad. Una de las redes colgaba por estribor, por casualidad la del otro barco colgaba por babor, como si quisieran juntarse y enredarse.

La marea los acercaba sin llegar a unirlas.

Como mi mano a centímetros de la mano de Mara.

Rayco se terminó el helado y me pidió el cómic con el que siempre estoy obligado a salir de casa.

Necesitaba esos momentos de lectura, le proporcionaban felicidad.

Y calma. Nos sentamos en una pequeña escalinata del puerto.

Con los pies casi rozando el agua. Rayco se apoyó sobre el regazo de Mara y se puso a leer.

Yo me fijé en los tobillos de ella. No sé por qué tengo un extraño fetiche con los tobillos de las mujeres.

No es que me excitaran ni nada parecido.

Tan solo me gusta observarlos, analizarlos.

Por su tamaño se puede saber si una persona ha estado mucho tiempo de pie, o si trabaja sentada.

O si lleva una vida saludable o no. El tobillo es un punto muy importante a la hora de hacer descenso de barrancos.

Es el apoyo del pie. Su columna vertebral. Lo que nos agarra a la montaña.

Los tobillos de Mara tenían el diámetro perfecto, proporcional a sus delgadas piernas. Unos tobillos que quizá podrían aprender descenso de barrancos. O al menos intentarlo.

—Yo puedo ayudarte —sentencié.

Me miró. Sonrió, y no dijo nada.