Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Rayco
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Rayco

Tenerife Sur, pasado.

Rayco no era un niño cualquiera.

Era un niño más especial, si cabe. No porque lo diga yo, su padre, sino porque lo dijeron los profesionales que lo diagnosticaron.

Rayco tenía un cociente intelectual por encima de la media. No es que resolviera enigmas matemáticos imposibles (de hecho, odiaba las matemáticas); tampoco recordaba todos los jugadores de fútbol de la liga uno por uno.

No era eso. No es eso.

Solo contaba con una memoria por encima de la media.

El problema era que no tenía amigos. Le costaba mucho relacionarse con los demás.

Mi tía abuela me dijo que el niño se volvió autista desde que se murió su madre. La mujer contaba con más de ochenta años, y no me apetecía contradecirla. Era la madre de mi tía, y me recordaba mucho a ella. No iba a enemistarme con la tía Concha, por algo que en su tiempo no se conocía apenas.

A Rayco lo empezaron a diagnosticar casi un año antes de que Leonor, su madre, muriera. Tenía por entonces seis años.

Sus comportamientos eran distintos, no conformes a lo que se supone debe ser la mal llamada normalidad.

Se ponía a dar vueltas al patio del colegio hablando solo, recordando diálogos o canciones de alguna película como Frozen, o como Spirit.

Dos de sus favoritas. Más adelante vino la charla insaciable sobre los dinosaurios. Después las peleas.

Más tarde, las peleas entre su madre y yo. Si es complicado criar a un hijo neurotípico, criar a un niño con síndrome de Asperger lo es mucho más.

Cuando murió Leonor, el niño, ya retraído, se encerró más en sí mismo. Su madre nos dejó en agosto, y el curso siguiente fue un desastre para él. Si antes jugaba de forma ocasional con las niñas, ese año lo pasó solo. No quiso ni celebrar su cumpleaños en diciembre.

Mi niño.

Pasamos dos años muy malos.

Yo intentaba no llorar delante de él.

Pero cuando se quedaba dormido, después de acariciar su frente durante al menos diez minutos mirando los pósteres de T-Rex, diplodocus o tricerátops, rompía a llorar.

Todas las noches.

Durante más de un año.

Hasta la excursión de barranquismo en la que Sean y Laia descendieron por una pared de casi cien metros de alto por primera vez en su vida. Esa excursión en la que Mara me preguntó si conocía algún restaurante u hotel en el que buscaran personal. Esa excursión en la que me dio su número de teléfono.

Mara conoció a Rayco a los dos o tres días en el parque de Guía de Isora, donde tenemos una pequeña casita.

Su flechazo fue mayor que el mío.

No paró de decirle lo mucho que le gustaban las pecas de su cara y el color rojizo de su pelo. Y ella le correspondió:

—Tú también tienes unas pocas pecas que son lunares, y tus rizos castaños son la envidia del parque.

Rayco sonrío con su dentadura aún inmadura. Sonrío como no lo había visto en muchísimo tiempo.

Jugaron los dos solos. Yo observé sentado en un banco desvencijado, con las vistas del Atlántico al fondo.

Se enamoraron. Y yo me enamoré de su amor.

Rayco ya había cumplido los nueve años y pesaba más de treinta kilos. No fue un obstáculo para que Mara lo cogiera en brazos después de que él saltara del cochambroso y oxidado columpio a punto de romperse del parque. La advertí sobre los problemas de lumbares. Ella replicó sacando bíceps.

Y con su sonrisa.

Como no se dijo en el final de Casablanca: fue el principio de una hermosa amistad.

Y algo más.

Hasta que algún hijo de puta decidió que Rayco no merecía ir a su terapia de habilidades sociales. Que se merecía no alegrar el día ni a su padre ni a su madre adoptiva.

Que era mejor llevárselo en contra de su voluntad.