Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Angustia
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Angustia

Tenerife Sur, presente.

Quien haya vivido alguna vez ese tipo de angustia, que provoca mareo, falta de aire y ganas de vomitar, sabe de lo que hablo.

Es como si la vida inteligente se acabara en ese instante.

No importa nada más que encontrar lo que has perdido.

Esto ocurre en el momento en el que tu hijo o tu hija se encuentran en paradero desconocido.

Rayco no está en el cole cuando Mara se acerca a buscarlo.

Eso ocurre a las tres y media de la tarde.

Las monitoras del comedor escolar se extrañan al advertir la presencia de mi pareja, de la mujer que lleva recogiendo al niño más de cinco meses.

—¿Qué haces aquí, Mara? —pregunta Toñi, la monitora de comedor de mi hijo—. Rayco no se ha quedado a comer, nos ha dicho la seño que se ha tenido que ir a casa.

Mara se queda callada. A lo mejor yo había recogido al niño, y no le había avisado. Coge su teléfono y marca el primer número que encuentra. Que, por una fatal casualidad, no es el mío.

—Dime, Mara.

—¿Matías?

—Sí, claro.

—Quería llamar a Airam, perdona.

—Te noto rara, ¿pasa algo?

Mara calla. Y el silencio, en muchas ocasiones, es más expresivo que la palabra.

—No te preocupes, Matías. Hablamos pronto.

Mara cuelga dejando a Matías con la palabra en la boca. Justo después selecciona en la lista el número correcto y me llama.

—Dime, amor.

—¿Tú has recogido al niño?

—¿Yo? Estoy en Arranko esperando a los guiris. ¿No puedes ir tú?

—Ay, Dios mío.

—¿Qué pasa con el niño?

—Que la monitora del comedor dice que no ha ido, que lo recogieron antes de que terminara la clase.

Esa sensación de hormigueo ácido que se te aferra al estómago cuando algo te angustia, te preocupa o te estresa. Esa sensación, multiplicada por mil, se me instala en el cuerpo.

—Voy a cancelar con los turistas y voy para allá.

—Llama a Matías que vaya él. Le he llamado por error y ya sabe que algo pasa.

—Joder, Mara.

Apenas escucho cuando se excusa: que si los nervios, que si lo siento.

Durante unos instantes decido qué hacer.

Lo mejor es cancelar la actividad. No quiero involucrar a Matías.

Se lo hago saber y procedo a llamar a los turistas.

Pongo la excusa del temblor y suelto un rollo de recomendaciones. Aceptan porque no les queda otra.

Subo al todoterreno y, por los nervios, no soy capaz de meter la llave de contacto a la primera. Cuando arranco salgo haciendo ruedas, como en las películas de coches. Enfilo una rotonda y suena el teléfono. Es Matías.

Detesto coger el móvil cuando conduzco, eleva las posibilidades de accidente en más de un doscientos por cien.

O por ahí. Y la multa es importante. No pienso cogerlo.

Pego un volantazo porque estoy a punto de estamparme con el camión frigorífico que tengo delante.

Me llevo una buena pitada del coche que viene detrás.

Pero suspendo mi capacidad de escuchar mi entorno.

Mi visión se vuelve tubular y solo pienso en llegar al colegio de mi hijo.

Tardo en llegar dieciocho minutos, un trayecto que en un día de colegio normal haría en algo menos de treinta.

Aparco el coche sobre la acera sin tener en cuenta que por allí pasan muchos niños con sus padres.

Les interrumpiré el paso y protestarán por tener que echarse a la calzada.

Y verán la publicidad de mi empresa y, con toda probabilidad, me pondrán a parir en redes sociales.

O incluso harán una foto y comentarán lo incívico que soy y lo mala que es Arranko.

Aunque nunca se hayan acercado a una montaña.

Abrazo a Mara nada más verla. Tiembla. Tiene la boca abierta, quiere hablar, pero no le salen las palabras. Tomo su mano y me cuenta la conversación que ha tenido con Toñi, la monitora: que Rayco no ha ido a comedor y que le han recogido antes.

Me dirijo hacia el interior del colegio y pregunto a Toñi:

—¿Quién ha sacado al niño del colegio?

—No lo sé. He hablado con la conserje y no sabe. Subir a hablar con ella antes de que cerremos.

El colegio de mi hijo es uno de los muchos centros públicos que hay. Con sus pasillos de paredes de ladrillo visto, su suelo de terrazo y sus puertas de color verde con el círculo en la parte superior para ver lo que sucede dentro del aula, como si fuera un ojo de buey.

Llego hasta la oficina de conserjería, que también es la típica pecera acristalada con una ranura en la base inferior para intercambiar documentos, libros y toda clase de objetos entre el personal del centro, los alumnos, los profesores y los padres. Toco la puerta.

Nadie contesta.

Insisto.

El silencio se apodera del colegio. No escucho nada a mi alrededor. El pasillo que queda a mi derecha parecer contraerse, como en las películas, cuando el protagonista está viviendo un sueño o una situación extrema.

—¡Airam! —La voz de Mara, y su mano sobre mi hombro me sacan del trance.

—¿Qué ocurre? —pregunta una mujer que supongo es la conserje de la tarde.

—¿Usted ha entregado a mi niño a alguien esta mañana?

—Me lo ha comentado la monitoria del comedor, pero yo entro a las dos y media, señor.

—Entonces, es su compañero el que lo ha hecho.

—He mirado en el registro de salida y no hay nada apuntado.

Reviso con ansia el cuaderno de anillas en el que se apuntan los registros de las recogidas anticipadas de los niños. En efecto, no hay nada respecto a Rayco. En el momento en el que voy a contar que no sabemos dónde está mi hijo, suena mi teléfono.

Es un número desconocido.

Mara me aprieta la mano fuerte contra el hombro. La miro y bajo la vista de nuevo al teléfono.

Descuelgo.

En ese momento se produce un nuevo temblor de tierra. No es tan suave como el primero. Se descuelgan dos fluorescentes del techo. Mara me agarra del brazo y tira de mí hasta ponerme debajo de una puerta.

No me deja contestar la llamada.

La llamada que habrá de cambiar mi vida.

Y la de mi hijo Rayco.