Línea de vida
La línea de vida.
Bonito nombre; todo el significado del mundo. Una línea que puede salvar lo más valioso que un ser humano posee.
Además, es algo tan sencillo como unos tornillos anclados en la piedra, con sus correspondientes anillas y un cable de acero de ocho o más milímetros de diámetro. Mejor el acero que la cuerda normal de descenso. Lo prefiere.
—Clavando, clavando —tararea—, clavando en la piedra…
Le gusta tararear cuando coloca las tornillos o clavijas en las paredes de los barrancos.
Le relaja. No importa la situación que esté viviendo.
Puede ser la peor posible, que te secuestren a un hijo, o que un volcán amenace el lugar donde naciste y creciste, por ejemplo.
Pero, allí colgado, en aquella pared en la tierra, tararear mientras asegura la línea de vida le da paz interior.
Es lo único que, al parecer, le proporciona paz.
Construir esta línea de vida le está llevando más tiempo del habitual. Lo del volcán no era una frase hecha. Desde hace unas horas el Teide está rugiendo como no se le recuerda en más de un siglo.
Pero es tenaz, de lo contrario, no habría salido a flote de los múltiples avatares que le ha deparado la vida.
Que han sido muchos.