Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Airam
21%

Airam

Tenerife Sur, pasado.

Aquel día vinieron un grupo de turistas ingleses. También algunos godos: de Madrid, de Aragón y de Barcelona.

Los guiris no eran mis favoritos, pero tampoco me producen excesivo rechazo. Lo llevaba peor con los yankis. No se les entiende de tanto arrastrar las eses al final y la mayoría se creían que me estaban haciendo un favor por contratarme.

Respecto a los godos, los peninsulares, yo no era el típico nacionalista de por aquí, que reniega de ellos. Todos hablamos la misma lengua y compartimos al mismo presidente del gobierno. Entre otros cientos de miles de costumbres en común.

Además, había una goda que me llamó la atención. Con un pelo teñido de un extraño caoba a juego con sus pequeñas pecas y su sonrisa tímida de labios finos.

Los hice madrugar mucho. A las ocho de la mañana les había citado en la puerta de Arranko, la empresa de turismo de aventuras que regento junto a mi socio.

El nombre no es que sea muy original, pero funcionaba.

El negocio nos lo vendió el que fue nuestro mentor, Lorenzo.

Más bien nos impuso que la heredáramos. Aunque eso es otra historia.

Los primeros en llegar fueron dos jóvenes de Brighton.

Sean y Laia, una pareja de recién casados que recorrían el mundo con una mochila a cuestas.

Creían que eran unos aventureros de raza, pero se alojaban en hoteles de tres estrellas.

Al menos aquí en Tenerife. El resto de los británicos llegaron poco a poco.

Tres alemanes, con cara de no haber dormido mucho, fueron los penúltimos en llegar.

La última fue ella. La goda de la sonrisa, las pecas y medio pelirroja.

Ocho turistas en total. Subieron al 4x4 que acabábamos de comprar para la empresa.

Ciento cincuenta caballos, reductora y nueve plazas.

Nos costó una pasta. Mi socio, Matías, no estaba del todo de acuerdo con la nueva adquisición.

El desembolso fue importante. En el anterior todoterreno de Lorenzo cabían seis personas: cinco clientes más el monitor.

Y además estaba destrozado. Había que hacerle la revisión cada seis meses, y cambiarle los amortiguadores cada tanto.

Mejor sacarle cuatro perras, que tener que pagar porque te lo desguazaran. Lorenzo no quería venderlo ni muerto.

Lo vendimos cuando murió. Mejor dicho, Matías se lo compró a la empresa.

No sé si fue la suerte, o que yo mismo configuré la disposición de los clientes en el todoterreno de forma consciente.

El caso es que Mara, que es como se llamaba la goda de la sonrisa, se puso en el asiento delantero de dos plazas.

Al lado del conductor. La palanca de cambios me quedaba muy cerca de sus rodillas.

Unas rodillas finas, que articulaban unas piernas delgadas y pálidas como un folio en blanco.

Por el camino les expliqué el plan del día, primero en inglés y luego en español:

—Vamos a hacer una parte de la ruta de senderismo. Visitaremos la famosa cascada. Que nadie se me bañe, que está prohibido. Subiremos por una vía ferrata muy corta. Y haremos rápel por la parte norte de la cascada.

Éramos la única empresa de todo Tenerife con licencia para ofrecer esta actividad. Antes de declarar el Barranco del Infierno como zona de interés ecológico, había decenas de empresas de turismo de aventura subiendo y bajando todo el día. Incluso por la misma cascada.

Lo que suele pasar en estos casos es que de tanto esquilar a la oveja, la oveja acaba enferma y no da más lana. Durante un año Arranko se tuvo que buscar la vida en otros barrancos de la Isla, pero este es el que más llamaba al turismo.

Lorenzo nos reunió un día a Matías a mí. Sus dos trabajadores. Sus dos aprendices. Sus dos casi hijos. Solo faltaba mi hermano Aday, que también echaba una mano de vez en cuando.

—Mañana voy a reunirme con un tipo del Cabildo. Si no conseguimos la licencia, cierro o despido a uno o a los dos.

Aday no estuvo en esa reunión, sin embargo, acompañó a Lorenzo a la cita con el tipo del Cabildo. Volvieron sin la licencia. Aday se marchó a los dos días a Madrid. A buscarse la vida.

Al cabo de una semana, Lorenzo volvió a reunirse con el tipo. Esa vez sí lo consiguió.

Desde entonces, y de eso hacía ya más de diez años, Arranko iba viento en popa. Es lo que tiene el monopolio.

Todo esto se lo conté a Mara durante los momentos en los que nos quedamos solos en esa excursión. Lo hice como forma de intimar con ella. Contar algo parecido a un secreto, se supone, te puede acercar a la persona a la que se lo cuentas. En este caso se cumplió.

Subimos por el sendero, rodeado por cardones y tabaibas, una especie de cactus uno, y de arbusto, el otro, típicos de esta zona del sur de Tenerife. Nos daban la bienvenida como si de enanos del bosque se tratase.

Por el camino les insistí a los turistas que tuvieran cuidado con el precipicio, que pisaran seguro, y que disfrutaran de las paredes casi verticales al otro lado del cañón.

Y también, de las vistas del mar. La mayoría de ellos se giraba de vez en cuando para contemplar el desfiladero, que parecía desembocar en el mismo azul del atlántico, en un contraste de colores único.

Cuando llegamos a la cascada, las expresiones de exclamación fueron la tónica.

La semana anterior había sido de lluvias y llevaba bastante agua.

Mara me tocó el hombro. El contacto físico siempre te acerca más a la persona.

Como contar un secreto. Me comentó la belleza de la caída del agua, y yo, por un momento, tuve las ganas de hacer una comparación —ñoña— con su pelo.

Me lo ahorré porque la lírica no es lo mío.

Por fortuna, hubo más contacto durante toda la excursión: que si te ayudo a subir, que si te ayudo a enganchar el mosquetón, que si te sujeto para que estés más segura.

Al terminar la actividad, le pregunté si había venido sola a la isla.

Me dijo que sí.

—Sola, sin billete de vuelta y sin saber qué hacer con mi vida.