Epílogo
Una semana después.
Adrián es acompañado a la cárcel provincial de Cáceres por Vila y por Virginia.
Él mismo llamó desde su casa al cuartel del pueblo para decir que estaba allí.
Necesitaba comprobar lo que le rumiaba en la cabeza desde que Pedro le contó: «Marta, bueno, Laura se ha ido y me ha pedido que te diga que no la busques, que ella se pondrá en contacto contigo más adelante».
En efecto, llegó a su casa y se encontró con la nevera movida y con el tesoro vacío.
No pudo controlar la rabia. Se lio a darle patadas al frigorífico hasta que le hizo un bollo en el lateral.
Acababa de matar a una mujer, el segundo ser humano que mataba en menos de dos horas.
Y lo peor era que a los dos los conocía y los apreciaba.
Hasta que decidieron poner en peligro la vida de su hija y separarla de él.
Y Laura, su mujer, su amor, también lo había separado de su hija, así que, cuando Pedro le contó el plan de huida de su mujer, tomó una decisión.
No es que le molestaran las palabras de Lourdes, el insulto, la tontería que dijo acerca de su paternidad.
La mató, primero, por haber torturado a Luzma (cosa que dedujo cuando vio la aguja en el suelo y descubrió las condiciones del zulo donde había estado); y, segundo, para cargárselo a Laura en caso de confirmarse la huida, lo que comprobó al descubrir el «robo del tesoro».
Convenció a Pedro de testificar lo que él había dicho.
Como el hombre estaba muy débil y no era muy consciente de lo que realmente sucedía, se dejó convencer.
Y también de la sugerencia de Adrián acerca de lo que le convenía decir.
Una amenaza por parte de un padre que ha perdido —dos veces— a su hija es algo que hay que tener muy en cuenta.
Cuando Pedro se encontró un poco mejor después de dos días en el hospital, Vila y Virginia lo interrogaron. La Guardia Civil creyó la versión que dio. Al menos esa era la versión oficial de la Guardia Civil. Pero ni Virginia ni Vila creyeron del todo esa versión de los hechos.
Por eso, y con permiso de sus superiores, se han pegado a la sombra de Adrián.
Necesitan aclarar todo lo acaecido. Sobre todo, porque la brigada Donaire tampoco puede aclarar nada al respecto.
Está en coma profundo, del que no saben si se recuperará.
Virginia fue la que se pegó a la ambulancia que la trasladó al hospital de Cáceres y la que trató de sacarle algo a segundos antes de entrar en quirófano, ante los improperios de los sanitarios.
Hay una cosa que sí creen los agentes de la UCO: lo ocurrido con los dos policías muertos.
Asuntos Internos ya tenía una investigación en marcha sobre Del Valle y Puente.
La versión contada por Adrián sobre lo sucedido en la antigua estación de tren de Berzocana es analizada por dos equipos de inspecciones oculares.
Uno de la Guardia Civil, otro de la UDEV de la Policía Nacional.
Adrián lo explica todo, y los analistas confirman su veracidad.
Greydis también testifica, y su versión de los hechos coincide.
A cambio pide ayuda para marcharse a otro lugar. Está pendiente de que le contesten.
Por todo ello, en la UCO han aceptado volver a conceder a Adrián una visita a Alberto De Miguel. Quieren estar pendientes de sus pasos.
—¿Estás seguro de querer hacer esto? —pregunta Vila.
—Más que seguro.
Para su desgracia, los dos agentes especiales no pueden acompañarlo.
Es una visita privada y ambos, recluso y visitante, tienen todo el derecho a mantener la privacidad.
No hasta que un juez ordene la intervención de las comunicaciones de alguno de los dos, o de los dos.
Y, de momento, los superiores de Vila y de Virginia no les han autorizado a pedir, valga la redundancia, la autorización al juez.
De momento se tienen que conformar siguiéndole los pasos para que note su aliento en la espalda.
Adrián está dispuesto a soportar eso, y más.
Se baja y alza la mirada para comprobar si los muros de la cárcel son tan altos como parecen.
Cuando estuvo con la Brigada Donaire la semana pasada, accedió directamente al parking interior, y no tuvo la ocasión de ver los muros desde fuera.
Son altos, y una alambrada de espino los corona.
Pero no los considera inexpugnables. Se encamina hacia la entrada.
Pasa debajo de una torre de vigilancia con una forma que pretende llegar al hexágono sin conseguirlo.
Es como si al que diseñó la torre le hubieran gustado los poliedros irregulares y hubiera plasmado allí su creatividad.
Un Guardia Civil de uniforme preside la torre, pero no mira hacia abajo, sino al horizonte.
Adrián se pregunta qué haría ese Guardia Civil si un preso se escapara bajo su turno de vigilancia. ¿Le dispararía?
Cuando llega a la puerta de entrada, busca en sus bolsillos para sacar móvil y cartera.
No lleva nada más consigo. Ni una libreta para tomar apuntes, como en un principio fue su intención.
Lo deja en la bandeja pertinente que un funcionario de prisiones ha dejado sobre la mesa que está delante del control de acceso.
No tiene que quitarse el cinturón porque lleva un pantalón cómodo informal.
Pasa por el detector de metales, y recoge sus pertenencias.
Saluda a los dos funcionarios y a las dos guardias civiles que flanquean la puerta, y se dirige a la sala de cabinas.
Entra y, como en la anterior visita, tiene la sensación de estar dentro de una película.
El ambiente se parece muchísimo a lo que siempre ha visto en la pantalla: una larga fila con una mampara que separa a los familiares de los reclusos, dos líneas de teléfono, una de cada lado del cristal,
y separaciones de plástico duro que intentan formar cubículos para dar una ligera privacidad personal.
Se sienta en el puesto indicado por el personal de la prisión.
Observa al resto de visitantes y, ¿por qué no?
, al resto de presos. Hay de todo: parejas o matrimonios que se cuentan lo muchísimo que se quieren y se echan de menos; madres que visitan a sus hijos; hijas e hijos que visitan a sus padres…
Es un lugar que nadie querría visitar si al otro lado de la mampara no hubiera un vínculo de sangre o de afecto.
Pero Adrián se reafirma en la idea de que es un lugar necesario, por muy doloroso que sea para las familias de los reclusos.
Él cree que volverá a meter a personas en ese lugar, a personas que se lo merezcan, claro: ha solicitado la readmisión en el cuerpo. En estos días se ha llegado a preguntar si él merecería estar al otro lado de las vitrinas. ¿Merecía realmente Lourdes morir? ¿Y su mentor y amigo?
Quizá por eso, para intentar encontrar una visión más amplia sobre el homicidio, quiere pedir el ingreso en la UDEV, en la Brigada de Delitos contra las Personas. Exactamente en Homicidios y Desapariciones.
Quiere trabajar resolviendo asesinatos o desapariciones para dejar de hacerse esas preguntas que se hace. Para dejar de despertarse por las noches aterrorizado por pesadillas. Para encontrarse a sí mismo. Lo hace por él. Pero sobre todo por su hija, Luz Marina.
Envuelto en esos pensamientos, le cuesta reparar en los golpecitos que De Miguel da en la mampara con el auricular descolgado.
Alberto lo observa con curiosidad a través del cristal.
Adrián le devuelve la mirada. Se la aguantan, como si de una película del oeste se tratara; dejan pasar los segundos, hasta que el expolicía se decide a coger el auricular y llevárselo a oreja y boca. Alberto, entonces, sonríe.
—¿Puedo saber a qué debo el honor de recibir esta segunda visita en tan poco tiempo? ¿No será otra vez por la niña? —Alberto vuelve a sonreír con toda la mala intención en sonrisa y palabras.
Él no puede saber nada. No puede porque la Guardia Civil y la Policía han decretado un secreto de sumario extraordinario.
Solo se han dado pequeños detalles de lo sucedido: la niña y la madre siguen desaparecidas, y Lourdes ha muerto en extrañas circunstancias por investigar.
En el pueblo corren rumores, pero esos rumores, de haber llegado a algunos reclusos de la comarca que están allí encerrados, habrán llegado difusos.
No, no puede saberlo, pero Adrián duda si decirle toda la verdad de golpe.
Lo ha ensayado varias veces en casa. También delante del espejo.
Delante del ordenador con una foto de Alberto como fondo de pantalla.
Delante, incluso, del subteniente Vila, que se mostró solícito ante el extraño requerimiento.
Le hubiera gustado ensayarlo delante de la brigada Donaire, a la que ha intentado visitar, pero no lo han dejado.
Ahí, en ese triste lugar, se da cuenta de lo mucho que la echa de menos y de lo mucho que le gustaría que le acompañara.
Suspira; no va a permitir que sus emociones y, sobre todo, la altivez del exginecólogo lo alteren, y se muerde el labio antes de hablar.
—Tengo una noticia muy importante que darte.
Se produce un silencio en el que el murmullo de las conversaciones de las otras personas se cuela de forma molesta entre los dos hombres.
—¿Estás esperando que te muestre mi ansiedad ante tal noticia, o vas a hablar? Si tienes algo que decir, dilo ya; no pienso pedirte que lo hagas.
—Gracias por hacerlo —replica Adrián sonriendo.
Alberto tuerce el gesto. Se da cuenta de que ha encontrado un contrincante a su altura.
No un rival en el plano físico. Ya sabe que ahí estaría perdido ante la pericia y contundencia del expolicía.
En el único enfrentamiento físico que tuvieron, en el pasado, necesitó un táser y un escalpelo para vencer.
Pero aquello fue un momento de locura del que no se siente orgulloso.
Sonríe. Acepta el duelo.
—Venga, dispara, lo estás deseando. Y, ya que me has hecho levantarme para venir hasta aquí, has despertado mi curiosidad.
—Antes de hacerlo, necesito que me contestes a una pregunta.
—Para, para. ¿En base a qué pones tú condiciones? —Alberto se molesta por lo que considera algo intolerable por parte de Adrián.
—Te va a interesar muchísimo lo que te voy a contar.
Alberto vacila. Ha aceptado el duelo, pero no sabe si quiere continuar con aquello. Hace el amago de retirar el teléfono de su cara.
—Es sobre Laura. Lo que te voy a contar es sobre Laura. Pero, antes de hacerlo, necesito que me contestes cómo coño conseguiste dar con nosotros hace cinco años.
Alberto resopla. Aquella afirmación no se la espera, ¡otra vez! Pero ahora no es solo una afirmación en la que lo acusa del primer secuestro de la niña, como cuando Adrián fue la brigada Donaire la semana anterior. Ahora le está preguntando directamente cómo, supuestamente, cometió un delito.
—¿Pero tú te piensas que yo soy tonto? Ya te dije, cuando viniste la semana pasada, que yo no tuve nada que ver con el secuestro de tu hija. Ni con el de hace cinco años, ni con el de ahora. ¿Qué quieres?
—Mira, Alberto. —Es la primera vez que Adrián pronuncia su nombre.
Las veces que se ha referido a él cuando ha hablado con Laura en estos diez años, o en las pasadas semanas con la Guardia Civil, siempre ha usado eufemismos o insultos: el otro, el ex, el ginecólogo, el psicópata, el desgraciao.
Pero pronunciar el nombre de una persona lo coloca en un plano del que no se podrá ir jamás: en el plano de la verdad—.
No soy gilipollas: ya sabes que el tipo confesó…
—Y se retractó cuando se dio cuenta de que se había metido en un buen lío. Solo quería protagonismo, y lo quiso obtener gracias a mí.
—Y a nosotros, Alberto, y a nosotros —pronuncia de nuevo el nombre, y eso parece agradar al exginecólogo. El policía es un tipo listo y está jugando bien sus cartas, según debe pensar el recluso.
—Bueno, te concedo eso —admite—, pero sabes de sobra lo que quiero decir.
Vuelve a producirse una pausa. Adrián reconoce que está en un punto de los llamados cuerda floja. Un momento en el que Alberto podría largarse de allí dándole una buena hostia al teléfono y jodiéndolo más de lo que ya está. No se lo puede permitir.
Se saca del bolsillo del pantalón un papel doblado.
Lo desdobla con esmero, y lo coloca delicadamente sobre la mampara.
Mira a los ojos a Alberto invitándolo a leer.
Al principio, duda. No sabe lo que quiere pero, como le ocurre al gato, la curiosidad acaba ganando.
Arrima su cara al cristal, y comienza a leer.
A los pocos segundos de hacerlo, su gesto experimenta varios registros.
Los analistas del estudio de las expresiones humanas, llamados fisiognomistas, hubieran podido realizar un máster fin de carrera con todas las expresiones que recorren el rostro del exmédico: sorpresa, incredulidad, rabia y finalmente expectación.
—¿Esto no es falso?
—Puedo darte el teléfono del cuartelillo del pueblo y el nombre del guardia que redactó el atestado. Pero, sobre todo —dice mirándole a los ojos—, te lo juro por mi hija Luz Marina.
Alberto lo acepta. Lo que pone en aquel papel, en aquella copia de denuncia que Adrián ha puesto a Laura ante la Guardia Civil es algo que no se hubiera esperado nunca.
Por eso está tan descolocado. Decide creer al expolicía; no tendría sentido que lo intentara engañar de esa forma.
Y el juramento, con Luz Marina de por medio, le otorga un grado mayor de confianza.
—¿Así que tenemos una enemiga en común? —pregunta Alberto.
Adrián duda, pero concede:
—Puedes llamarla así, si quieres.
—Entonces, solicita un vis a vis para lo antes posible. Tenemos mucho de que hablar, sin teléfonos de por medio —sentencia Alberto.
Ambos asienten.
Cuelgan el teléfono y, a pesar de que la expresión no lo convence del todo, Adrián piensa que Alberto, el exmarido de Laura, el mismo que intentó asesinarlos a los dos, tiene razón: tienen una enemiga en común.