La frontera
Tiempo transcurrido desde el final del secuestro: 24 h.
Laura paga en efectivo el combustible, la bebida energética, y las chocolatinas, todo ello sin quitar la mirada del coche. Confía en Dionisio, pero queda un poso de desconfianza en su interior. Es ese poso que nunca se le va a ir mientras viva.
Dionisio espera en el coche con Luz Marina.
La niña ha dejado de llorar, y está enfrascada en el visionado de una serie recomendada para una edad superior a la que tiene.
Pero la madre tiene que hacer algunas concesiones.
Es solo la primera de todas las que tendrá que hacer por ella.
Porque todo lo hace por el bien de su hija.
Este es un ejemplo del precio que tiene que pagar por mantenerla viva.
Están en la última gasolinera que hay antes de cruzar a Francia por el paso de La Junquera.
¿Por qué están allí? Porque Laura considera que es lo mejor.
No solo para ella y para su hija, sino para todo el mundo.
Se ha metido en el lío de su vida, muy por encima de todos los errores y desgracias que ha tenido que vivir en su convulsa existencia.
Ahora se ha situado en el lado equivocado de la ley.
Muchos la consideran la captora de su propia hija.
Porque, aunque ella se repita a sí misma que eso no es un rapto, en el fondo, sabe que lo es.
Ha tenido que explicar y repetir hasta la saciedad a Luzma que papá está bien, pero que ellas necesitan alejarse un tiempo del pueblo.
Y también le ha dicho que, por supuesto, es su padre, que lo que dijo en el cuarto de calderas a Lourdes fue un truco para poder escapar.
La niña parece haber ido aceptándolo. Laura tiene que seguir valorando la forma de contarle toda la verdad.
No quiere inventarse una mentira que emponzoñe la relación con su hija.
Por ello necesita tiempo de reflexión, ir contando una verdad a medias y que la niña pueda ir asimilándola.
Después de haber metido a Lourdes en el zulo en el que encerró a su hija, salió de aquel cuarto de los horrores y se abrazó a Luma.
Creyó por un instante que estaban a salvo.
Pero, a los pocos segundos, se dio cuenta (o creyó darse cuenta) de que nunca podrían estarlo del todo.
No si seguía relacionándose con gente de su entorno, de su pasado.
Ni siquiera podría relacionarse con su madre y, sobre todo, no puede tener contacto con Adrián.
No puede volver a convivir con él; no pueden volver a ser una familia.
Ella cree que Adrián tiene gran parte de culpa del rapto de la niña.
Su infidelidad con Fernando, en un pueblo tan pequeño, pudo filtrarse y llegar hasta los oídos de Lourdes, lo cual pudo alimentar su paranoia.
Porque Lourdes deseaba a su marido. Laura no estará nunca segura de si Adrián tonteó con ella o no.
Prefiere creer que es verdad para autojustificar, aún más, su huida hacia adelante.
O debería decirse: huida hacia ninguna parte.
A pesar de que sabe que su enfrentamiento con Lola tiene otra gran parte de culpa, ella prefiere obviarlo.
No está segura de nada. Solo quiere vivir con su hija lo más plenamente que puedan.
Y eso tiene que hacerlo lejos. Muy lejos.
Todavía no sabe exactamente dónde, pero sí sabe dónde tiene que hacer una primera parada para pedir ayuda a un viejo amigo.
Y para ofrecer, al mismo tiempo, ayuda a un nuevo amigo. Al amigo que las acompaña.
Dionisio consiguió esquivar a la Guardia Civil.
Delante de la casa de Fernando y de Aurora.
Entretuvo a un agente de la UCO que iba a interrogar al matrimonio por la pira improvisada en la finca de Laura y de Adrián.
Solo se dedicó a hacerle perder el tiempo, haciéndose pasar por amigo de la familia, preguntando cosas sobre la investigación, etc. El teniente Vila le mandó, amablemente, a tomar por culo.
Y él cogió el Range Rover y se fue hasta la casa de Laura.
Allí se agazapó, creyendo que ella volvería en algún momento. Y Laura volvió.
Previamente había cogido a Luzma en brazos, aún algo afectada por los calmantes que le suministraba Lourdes, y la tendió en el asiento de atrás del coche de Pedro, al que le exigió las llaves.
Primero le suplicó; después le suplicó que no dijera nada a nadie de aquello, excepto a su marido.
Debía transmitirle un mensaje en cuanto se recuperara y lo viera.
Ella prometió echar toda la culpa a Lourdes y exculparlo a él en el caso de que su plan se torciera.
Cerraron el acuerdo con la cesión del Volvo XC60 de su amigo, que prometió abandonar en un lugar detectable para la policía si él denunciaba su robo días después.
Se dirigió hacia su casa, con la esperanza de que no hubiera nadie.
Pasó por delante de la puerta con el coche, con las manos temblorosas sobre el volante y con el estómago que le daba vueltas.
No vio a nadie, y se bajó. No quería dejar a la niña sola pero, si se la cargaba al hombro, retrasaría mucho su cometido, y no estaba dispuesta a dejarse atrapar.
Entonces, arriesgó, a sabiendas de que podría arrepentirse.
Pero, al fin y al cabo, ¿quién iba a abrir un coche bien cerrado a esa hora de la noche? Un coche ultramoderno con alarma…
Cuando estaba llegando a la puerta de su casa, se dio uno de los sustos de su vida al encontrarse de bruces con Dionisio.
El hombre salió de detrás de un coche como si fuera una sombra, y Laura tuvo que taparse la boca para no gritar y cagarse en la madre de su ayudante, de su amigo.
Lo golpeó en el pecho, pero después se rindió, y le dio un abrazo y le contó que había rescatado a Luzma.
El hombre la abrazó con fuerza y se emocionó tanto o más que ella.
«Lo conseguiste, Laura, lo conseguiste», le dijo.
Lo acompañó al Volvo y le pidió que vigilara desde fuera a su niña.
Estuvo tentada de darle las llaves pero, finalmente, no lo hizo.
Dionisio no puso ninguna pega; entendió que Laura necesitaba más tiempo para confiarle de esa forma a su hija.
Solo le preguntó por Magno. El gesto de Laura lo dijo todo.
«Ni siquiera podremos enterrarlo al pobre», explicó.
Entonces fue él quien la volvió a abrazar.
Prometió vigilar el coche para que nadie se acercara a la niña y estaría dispuesto a luchar a muerte si alguien se atrevía a hacerle daño.
Laura sonrió. Había sido muy afortunada. Lo miró recortado por la tenue luz de una farola vieja, y creyó que aquel hombre podría ser el abuelo materno que Luzma nunca había tenido. Le susurró algo al oído. Dionisio asintió.
Laura subió corriendo hasta su casa; tenía que recoger una última cosa antes de marcharse.
La buscó en los cajones de su habitación, pero allí no lo encontró.
Después, en los cajones de su despacho, y tampoco.
Cayó en la cuenta de que, a lo mejor, su marido se lo podía haber llevado.
Pero hizo la última intentona. Quizá estaría en la baldosa.
Laura movió la nevera con la fuerza que te dan la urgencia y la rabia.
Con un cuchillo, con el que había cortado cientos de veces el único pecado carnívoro que se permitía comer, movió la baldosa hasta levantarla.
Cogió su particular cofre del tesoro, y abrió la caja de seguridad.
Dentro estaba todo lo que necesitaba para sobrevivir, al menos durante un par de meses: tres mil euros en efectivo, el contacto del falsificador de pasaportes y un teléfono móvil prepago.
¿Este cofre era fruto de la paranoia de los dos padres? Sí.
Pero en ese momento era lo que Laura necesitaba para escapar de allí.
Ella no recordaba el número de ese teléfono móvil, y estaba casi segura de que Adrián tampoco, porque ninguno de los dos lo tenía guardado en la agenda.
Lo que sí recordaba era que estaba a nombre de su difunto padre, por lo que su marido no podría acceder a estos datos.
Por eso, si Adrián decidía denunciarla, sería complicado que la rastrearan por ese medio.
Intentó colocar la nevera en su sitio, pero desistió. Estaba segura de que su marido sabría perfectamente lo que ella acababa de hacer cuando se diera cuenta de su ausencia, y prefirió no perder el tiempo.
Cuando recorría el pasillo corriendo, ya habían empezado a brotarle las lágrimas en los ojos, lágrimas que se multiplicaron cuando llegó al mueble de la entrada y observó la foto de los tres.
Sintió ganas de romperla, de llevársela, de darle la vuelta y apoyarla sobre la mesa, como hacen en las películas.
Pero no hizo nada. Se aferró al delgado hilo que tenía en las entrañas en forma de esperanza.
Una esperanza que significaba que algún día podría volver a esa casa, abrir la puerta, mirar la foto de familia y sentir que había vuelto a su hogar.
Un hogar es lo que tiene que buscar ahora.
Cruza la frontera y, a pesar de que ya no hay puesto fronterizo, suspira.
Con la Unión Europea, la Interpol y la Europol, pueden seguir buscándola fácilmente.
Pero Dionisio se encargó de cambiar las placas de la matrícula del coche de Pedro mientras Laura cogía su particular tesoro.
Después, y ya en Madrid, con la nueva identidad para los tres, alquilaron un coche que nunca devolverían y del que perderían la fianza de seiscientos euros en efectivo. Otro precio a pagar por estar vivos…
Luzma come una de las muchas chocolatinas que su madre ha comprado.
Dionisio está en el asiento de atrás con la niña, mirando la misma serie de adolescentes que Luzma, como si ese acto de compartir un visionado de ficción los acercara.
Y Laura, que mira por el retrovisor y contempla la escena, sonríe por primera vez desde que salió del que durante más de cuatro años fue su pueblo.