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El zulo

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 37 h 30 min.

Adrián recorre casi el mismo camino que recorre su mujer, ocultándose en las calles y caminos menos transitados, para llegar a la casa de Lourdes y de Pedro.

Llega hasta allí porque, en el informe que le consigue César Puente, indica que Darío Màrques trabajó para ellos tiempo atrás.

Que les robó y que intentó agredir a una de sus hijas, que lo había descubierto robando.

Por fortuna, la niña supo escabullirse encerrándose en el cuarto de calderas, hasta que el tipo se cansó de intentar entrar, según la versión de la niña.

Por lo visto, los padres lo denunciaron, pero poco después, sin saber por qué, quitaron la denuncia.

Adrián llega allí para preguntar a sus amigos si saben algo del paradero del tipo al que denunciaron y también por qué quitaron la denuncia.

Es la primera parte (y la más importante) de su plan para esclarecer lo ocurrido y encontrar a su niña.

Pero, cuando llega a la casa, encuentra un caos para el que no estaba preparado.

La verja principal está abierta, algo poco normal para un sábado ya pasada la medianoche y en un momento en el que no entra ni sale ningún coche de la vivienda.

Cuando accede al jardín, llama a Pedro y a Lourdes, pero no obtiene respuesta.

El lugar donde habitualmente su amigo aparca su Volvo XC60 híbrido, un techado con placas solares que sirve para recargar la parte eléctrica del vehículo, no alberga el coche de su amigo.

Entra en la casa, iluminada, que también tiene la puerta abierta.

Esto enciende las alarmas del expolicía, que echa en falta no tener la pistola que ha dejado en el coche.

Solo puede flexionar ligeramente su cuerpo para tener una postura de ataque y de defensa más propicia.

Le duele toda la pierna a rabiar y el costado casi más, pero la dopamina que su propio cuerpo genera lo está ayudando a sobrellevarlo.

Después de dar una ojeada por las ventanas y no encontrar, aparentemente, ninguna amenaza, entra en la vivienda.

Allí se encuentra con un panorama desolador.

Pedro yace en el suelo, apoyado sobre una pared.

Un poco por detrás de él, hay un perro muerto sobre un lecho de cristales rotos teñidos de sangre.

Adrián se acerca a su amigo, que respira casi sin cadencia.

—Pedro, ¿qué ha pasado aquí?

Pedro intenta sonreír. Levanta su mano, y se la pone en el hombro.

—Marta… —responde—. Laura…

—¿Qué pasa?

—Se ha llevado a Luzma.

—¿A Luzma? Pero…

A Adrián le gustaría preguntar qué hacía Luzma en su casa.

Le gustaría hacerlo, pero elabora una hipótesis que no está preparado para asimilar.

Agarra de la pechera a Pedro, que con un hilito de voz lo cuenta todo.

Darío Màrques robó y acosó a su hija años atrás; ellos lo denunciaron, pero él amenazó con revelar lo que iba a robar (dinero en B procedente de una actividad ilícita del propio Pedro relacionada con toros de lidia, en el que el ganadero que contrataba sus servicios aumentaba el valor del toro,

aludiendo a una mayor pureza de la raza y, consecuentemente, de la bravura del animal).

Llegaron a un acuerdo en el que Darío les debería un favor, favor que aceptó cuando le propusieron que solo tenía que llevarse a una niña de apenas nueve años, meterla en un maletero y dejarla en su casa.

Deuda saldada y quizá otro punto de extorsión para él mismo.

Pedro también cuenta cómo planificaron y Darío ejecutó el rapto de Luzma: infiltrándose en Bodegas La Torreta como un falso trabajador del viñedo; en este relato obvia que drogaron a la niña.

También le cuenta todo el odio que Lourdes ha ido acumulando con el tiempo, cómo descubrió que Roberta Marto era Laura: un día, en casa de ellos, se quedó sola mientras Laura hacía una tarea con Luzma; cotilleó en el armario donde guardan una copia de los libros en papel,

tanto los de prueba como una copia original de cada uno, y sobre todo el primer y único libro viajero que mandaron a varios de sus lectores, lectores entre los que no estaba Lourdes.

Eso la afectó mucho. También que las ventas en la librería de su media hermana bajaran a raíz de la polémica con Laura por el incidente de la fiesta de pijamas y, sobre todo, cómo afectó a la propia Lola toda esa situación.

Una suma de factores que, sin tratar de justificar a su mujer, la han conducido a la aberración que han cometido.

—¿Qué le habéis hecho a mi hija?

—Nada. Lourdes le dio unos azotes porque intentó escaparse, pero nada más.

—¿Seguro?

Adrián aprieta el lugar donde tiene la herida Pedro: su cadera. Este emite un gruñido sin fuerza, de animal moribundo. Y afirma moviendo la cabeza de arriba abajo.

—¿Y cómo sabes que mi mujer se ha llevado a la niña?

Pedro lo mira fijamente. Laura le ha pedido un favor, además del coche.

—Ven, acércate más.

Adrián lo hace, y Pedro susurra en su oído.

El expolicía no da crédito. Tiembla. Aprieta las mandíbulas con fuerza.

Abre los ojos de forma exagerada. Mira a su amigo.

Él asiente. Se levanta. Siente ganas de patearle la cabeza, de apretarle más la herida para que sufra tanto como está sufriendo él.

Y ahora está confuso. ¿Será verdad lo que le acaba de contar?

—¿Dónde está Lourdes?

—No lo sé, supongo que abajo. Tu mujer no me ha querido responder.

—¿Abajo?

—En el cuarto de calderas. Es donde estaba Luzma.

Adrián sabe dónde está el cuarto de calderas, porque su amigo se lo ha enseñado más de una vez.

Se dirige hacia la terraza, y se topa con el cadáver de Magno.

Se gira para interrogar con la mirada a Pedro, y él menciona a su mujer y niega con la cabeza.

Adrián decide salir por la puerta principal y rodear la casa hasta llegar al cuarto de calderas.

Abre la puerta, y solo se encuentra con la luz encendida en un cuarto vacío.

Recostada sobre una pared, hay una escopeta Stinger Tactical Defender que Adrián reconoce por ser un arma común entre los cazadores furtivos y no furtivos de la zona (Fernando lo instruyó acerca de ello).

La toma y, en ese instante, escucha unos ruidos cercanos, unos golpes.

Recorre la estancia hasta llegar a la pared de la que provienen los ruidos.

Pega la oreja y también escucha unos gritos que parecen ser de una mujer.

La falsa puerta no está bien cerrada, y no le es difícil dar con esta y abrirla.

Ahora escucha con claridad a Lourdes pedir que abran la puerta.

—Apártate de la puerta —pide él.

—¿Pedro?

—Apártate.

Ella se calla, y él entiende que le ha obedecido. Descorre el cerrojo y levanta el arma. Lourdes se asoma y, al verlo, se asusta y se mete en el zulo.

—Lourdes, sal —ordena.

Ella se asoma y habla.

—No dispares —pide.

—¿Qué has hecho con mi hija?

Lourdes sonríe. Vuelve a toser y sonríe de nuevo. Adrián se asombra al descubrir la hinchazón en los ojos de la mujer y la sangre en su boca.

—La puta de tu mujer me ha dejado frita con el aparato ese de los cojones…

Adrián entiende que le ha dado una descarga con el táser que él se encargó de comprar.

—¿Hay luz ahí?

—No.

—Entra, y no hagas nada raro.

Lourdes obedece, y se pega a la pared más lejana de la puerta.

Adrián entra, y el olor a orín es lo primero que percibe.

Los ojos se le acostumbran a la oscuridad y, junto con la luz proveniente de la otra estancia, consigue advertir el miserable colchón en el que supuestamente ha estado durmiendo su hija.

Descubre un resto de sangre en este. Y algo incluso peor: encuentra una aguja partida de una jeringuilla.

Sin dejar de apuntar a Lourdes, la coge y la examina.

—¿Qué le has hecho a mi hija?

Ella sonríe.

—Luzma no es tu hija, maricón.

Adrián es ahora quien intenta esbozar una sonrisa.

No sabe si lo consigue. Pero lo que hace es examinar la escopeta.

La abre y mira en su interior. No quedan cartuchos; alguien los ha debido de vaciar.

Pero quizá ese alguien no sepa que hay una recámara.

Adrián la abre y ahora sí está convencido de sonreír cuando comprueba que el cartucho de reserva está en su lugar, intacto, lleno de pólvora hasta arriba, y deseando ser disparado, porque los cartuchos nacieron para eso: para hacer daño a los seres vivos.

Adrián apunta a la mujer.

—¿Qué le has hecho a mi hija?

—No tienes huevos, maricón.

Esto es lo último que pronuncia Lourdes.

Adrián hace un movimiento rápido para cerrar de golpe la puerta del zulo.

El fogonazo de la escopeta le permite ver cómo el cuerpo de la mujer cae fulminado por el cartucho que le impacta de lleno en el pecho.

Adrián se guarda la aguja de la jeringuilla.

Sale del zulo, y echa el cerrojo. Cierra la falsa pared.

Con el rifle en la mano, sale del cuarto de calderas y sube hasta la casa de nuevo. Se agacha para hablar con Pedro.

—Yo no he estado aquí, ¿de acuerdo?

—¿Cómo?

—¿Dónde tienes un teléfono?

Pedro señala con la cabeza el inalámbrico que hay en una mesilla. Adrián lo coge de una mano y tira de este. Lo arrastra sin importarle los quejidos de su, hasta hace unos minutos, amigo. Lo acerca hasta la mesilla del teléfono.

—Ahora vas a llamar a emergencias y, cuando vengan a preguntarte, tú les vas a contar todo lo que yo te diga ahora. ¿Entiendes?

Él sigue sin responder; está demasiado dolorido y demasiado débil. Entonces, Adrián le aprieta la herida, y Pedro grita.

—¿Entiendes ahora?

Pedro afirma. Y escucha atentamente las palabras que le dicta Adrián.