Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El cuarto de calderas #3
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El cuarto de calderas #3

Laura la aprieta contra su pecho, incapaz de decir nada; entonces se fija en la sangre que mancha su ropa, proveniente de las muñecas de su hija.

El estómago lo tiene arrebolado contra el esófago, y el esófago le ha subido hasta la garganta.

Ahora se permite llorar y emocionarse. Y las emociones no son buenas en casos de riesgo inminente.

Cuando va a desatarle las manos, escuchan lo que no querían escuchar:

—¿Interrumpo?

Lourdes golpea en la puerta de entrada al cuarto de calderas.

Laura siente la tentación de meter a su hija en el zulo, e incluso meterse ella misma y parapetarse allí.

Alguien tiene que haber oído el disparo y avisado a la Guardia Civil.

Pero es posible que Lourdes, en un ataque de histeria, pueda prenderle fuego a aquello, o liarse a tiros que rompan la puerta y fusilarlas allí mismo.

Por ello pone su mano cerca de su bolsillo lateral del pantalón, sin llegar a hacer un movimiento que alerte a Lourdes.

Están lejos, y ella tiene un arma de largo alcance. Un tipo de arma de la que ella carece.

—Lourdes, piensa en tus hijas. ¿Cómo crees que se sentirán cuando sepan que has secuestrado a su amiga?

—Ellas nunca lo van a saber.

—Lo sabrán; al final siempre se sabe. Aunque nos mates y nos hagas desaparecer, dentro de muchos años lo sabrán.

—Cállate.

—No puedes hacernos esto. Mírala: está muerta de miedo. Ya nos has castigado. Ya tienes la venganza para tu hermana.

—No entiendes nada.

—Pues explícame porque, de verdad, no entiendo cómo en cuatro años has podido ser mi mejor amiga y ahora me haces esto. ¿Cómo has podido fingir tanto tiempo?

—Yo no he fingido; no lo he hecho hasta que me di cuenta de lo falsa que eres y de lo poco que te importa la honestidad entre amigas…

—¿Pero por qué? ¿Por ocultarte mi trabajo, mis libros?

—Por todo, por eso, por hacerle daño a mi hermana, por tener un marido al que no valoras lo suficiente…

—Yo no tengo la culpa de que mi marido vaya por ahí haciendo lo que haga. La culpa la tendrá él.

—Pues claro, querida. Por eso te digo que no seas tan egocéntrica. La hija es de los dos, ¿no?

Laura podría contar muchas cosas de su pasado para desestabilizar a su amiga.

Mentirle incluso. Todo lo necesario para ganar tiempo.

Pero se ha dado cuenta de algo de lo que Lourdes no se ha percatado: está muy cerca de una de las tuberías de cobre que discurren por esa sala de calderas, que posiblemente lleven el calor a la piscina cubierta que el matrimonio tiene.

Entonces, toma la decisión que acaba de valorar, de la que luego podrá desdecirse.

—Roberto no es el padre de Luz Marina —afirma Laura.

La niña mira a su madre extrañada, y Lourdes también.

—No me cuentes historias. Tu marido ni siquiera se llama Roberto.

Laura entiende que sí, que alguien se ha ido de la lengua. Luzma sigue mirando a su madre con muchas preguntas en su mente.

—Me lo ha contado todo Aurora. Vaya dos… Y ahora vas y dices esa barbaridad con tu hija aquí presente.

—Baja el arma, y te lo cuento todo. Por favor.

Lourdes, curiosa por naturaleza, parece darle una oportunidad. Al fin y al cabo, solo tiene que levantar otra vez la escopeta y disparar si Marta/Laura se pasa de lista. Decide bajar el arma y apoyarse en la pared. De lo que no se da cuenta es de que lo ha hecho sobre una de las tuberías de cobre.

—Tuve un desliz un poco antes de un viaje que hice con Roberto a París.

Luzma no entiende la palabra desliz, al menos no en ese contexto.

—¡Venga ya!

Lourdes parece abandonar su papel de sádica psicópata y retomar el de amiga confidente de la hora del café. Laura se acerca a la pared contraria, donde localiza otra de esas tuberías de cobre.

—Te lo juro.

—Entonces estáis empatados a cuernos.

—No, le sigo ganando por dos a uno.

—No me jodas.

Laura mete la mano en su bolsillo, saca el táser y lo enchufa contra la tubería de cobre que tiene al lado.

Lourdes, que apoya el hombro sobre la misma tubería al otro lado de la estancia, recibe el impacto de la descarga eléctrica.

No es un impacto lo suficientemente potente para paralizarla (la cantidad de voltaje que le llega a través de la tubería es sensiblemente inferior), pero sí es la suficiente para que suelte el arma y se le agarroten los músculos y pierda el equilibrio.

Laura se lanza sobre ella con los pies por delante y le pega una patada en el costado, que termina de tirarla al suelo.

Se monta sobre ella; empieza a darle puñetazos en la cara hasta el punto de hacerla sangrar por la nariz y por la boca.

Lourdes pierde el conocimiento, y Laura solo para cuando escucha a su hija gritar.

—¡Para, mamá! La vas a matar.

Laura rompe a llorar. La mujer a la que consideraba su amiga tiene la cara hinchada por sus golpes. Babea y tose.

—¡Vámonos!

La niña corre hacia su madre, y Laura la abraza. Antes de irse, mira hacia Lourdes, en el suelo, hecha un guiñapo. Tiene la escopeta cerca. Siente la tentación. Suelta un momento a su hija.

—Sal, Luzma. Espérame fuera.

—¿Mamá?

—Solo será un segundo.

Laura cierra la puerta del cuarto de calderas y deja a su hija sola en la noche. Quiere creer que será la última vez que lo haga.