El cuarto de calderas #2
—¿Me estás diciendo que te has llevado a mi hija por no firmarte un puto libro? —pregunta.
Lourdes ríe. Ríe de forma sarcástica, como el que ríe cuando no tiene otra cosa mejor que responder.
—La escritora con complejo de Dios que se cree por encima de los demás.
—Yo soy bastante humilde, como deberías saber, ya que has averiguado que firmo mis libros con seudónimo.
—¿Tú sabes que Lola perdió una hija hace once años? —Laura calla y abre la boca—. No pongas esa cara. Antes de tener a Oliver, Lola perdió a su bebé cuando tenía solo un año.
—¿Y qué culpa tengo yo o mi hija de eso?
—Tienes la culpa de acusarla de una barbaridad de la que no es culpable.
—¿Pero qué coño dices? Lola se acostó con mi hija, ¿tú ves eso normal?
—Lola tiene un trastorno por la pérdida de su hija. Pero jamás le pondría la mano encima a Luzma. Solo durmieron juntas, nada más.
—¿Y por qué mi hija no quiso ir nunca más a su casa? ¿Qué le dijo Oliver que la hizo llorar tanto?
—Lola la llamó todo el tiempo como a su hija muerta. La trató como si fuera su hija muerta, y Oliver, como si fuera su hermana. En lugar de acusarla a la ligera, deberías haber llevado a tu hija a un psicólogo.
—Claro que la llevé; te lo conté.
—Sí, una vez, y ya. A saber a qué psicólogo la llevaste.
—Claro, ahora la culpa la tengo yo. No la loca esa, que tendría que estar encerrada si no es capaz de superar su trauma.
Lourdes se acerca, y le pega un bofetón para el que Laura no estaba preparada.
Demasiada información en su cabeza para estar alerta ante un ataque.
Se arrepiente muchísimo de ello, porque podía haber bloqueado la mano de la mujer y contraatacar para robarle el arma.
Tarde. Porque Lourdes se retira y le apunta con la escopeta.
—No se te ocurra volver a llamarla loca, o te reviento la cara.
Laura se lleva la mano a la mejilla y mira a Lourdes.
No concibe el cambio que ha pegado su amiga en menos de cuarenta y ocho horas.
Dos días atrás, habían estado tomando café, como todos los jueves, en la plaza.
Habían arreglado el mundo como solo ellas sabían hacerlo y se habían contado que sus maridos apenas las tocaban desde hacía meses.
Por eso, quizá, Laura busca con la mirada a Pedro, que sigue medio agazapado detrás del sillón.
—¿Tú no tienes nada qué decir? —le pregunta Laura.
Pedro se incorpora, y mira a su mujer.
—Lourdes, basta, por favor —dice.
Lourdes gira su cuerpo y le apunta con la escopeta.
—Tú te callas también.
Pedro levanta las manos.
—Cálmate, por Dios. Solo íbamos a darle un susto.
—¿Un susto? —pregunta Laura.
—Sí, Lourdes solo quería darte un susto con la niña; la íbamos a devolver sana y salva hoy mismo, que es su cumpleaños.
—Calla, joder —insiste Lourdes.
—¿Y por qué nos merecemos este susto?
—Lola es hermana de Lourdes —sentencia Pedro.
—¡Que te calles, gilipollas!
Laura vuelve a entrar en shock. Ata cabos y entiende que el rapto de su niña está motivado no por un despecho de una fan con una autora que no le hace caso, sino por algo mucho más visceral: la sangre.
—¿Hermana?
—Son hermanas de madre —explica Pedro.
—¿Te voy a tener que pegar un tiro para que cierres esa puta bocaza? —Lourdes vuelve a amenazar a su marido.
—¡Basta, Lourdes! —protesta Pedro—. Esto se acaba aquí.
—Esto se acaba cuando yo lo diga.
—¡Lourdes! —grita Laura—. ¿Dónde está Luzma? —La mujer le apunta de nuevo a ella—. Deja que Pedro se la lleve a la Guardia Civil. Ella no tiene culpa de nada.
Por un momento, Lourdes parece dudar. Llega a mirar de reojo a su marido, que asiente con la cabeza mientras mantiene los brazos en alto.
—Ya es demasiado tarde —sentencia—. Luzma no tiene culpa de tener una hija de puta como madre, no, pero ya no podemos quedarnos a medias.
—Tu hermana no querría esto si se enterara —dice Pedro.
—Mi hermana no sabe ni lo que quiere —replica Lourdes—. Siempre he tenido que sacarle las castañas del fuego.
Según le había contado la propia Lourdes, su madre había muerto siendo ella muy pequeña.
Laura conocía a su padre, a la mujer de su padre y a su hermano menor, hijo de este segundo matrimonio.
Nunca confesó que la librera fuera su hermana, su hermana mayor.
En otro momento le hubiera preguntado por ello, la hubiera apoyado si necesitaba desahogarse de traumas familiares; pero, en ese momento, Laura solo tenía un objetivo: sacar a su hija de allí.
—Pedro, convence a tu mujer de que todavía está a tiempo de no arruinarse la vida.
—No te atrevas a dirigirte a mi marido como si yo no estuviera presente. Eso lo harás en tu casa, con tu maridito el marica. Pero no a mí.
—¿Y se puede saber qué coño te ha hecho también mi marido ahora? —pregunta Laura.
Lourdes vuelve a reír sarcásticamente.
—Ay, querida. Tu marido… ¿No te has enterado?
—Claro, ¿y qué te pasa a ti con él?
—Pues mira, que me alegro de que haya salido del armario. Qué engañadas nos tenía a todas.
—¿Engañadas? —Laura mira a Pedro, quiere comunicarle algo con la mirada, pero no sabe si lo captará.
—Chica, tu marido tiene a medio pueblo con el chocho caliente… y luego resulta que no le gustan las mujeres, que solo nos zorrea.
—A ti qué te va a zorrear mi marido, ilusa… —Laura vuelve a mirar de reojo a Pedro, que esta vez sí se fija en ella.
—¿Ah, no? —responde Lourdes—. ¿Pero tú crees que ese pedazo de tío se va a conformar solo contigo? Si se ha liado con Fernando, qué no se habrá tirado.
—A ti desde luego que no. ¿Verdad, Pedro?
Pedro se aproxima poco a poco.
—Zorra —contesta Lourdes.
—Dime, Lourditas —pregunta Laura —. ¿Quién es el tipo que se llevó a mi hija?
—Nadie, alguien que nos debía un favor. Eso no te importa.
—¿Qué pasa? ¿Que aquí ni el cobarde de Pedro ni tú teníais valor para hacerlo?
—No me toques el coño, bonita. No estás en disposición de hacerlo.
—Pedro, ¿quién es el tío que se llevó a mi hija? ¿Un amante de tu mujer?
—No, un malnacido que nos robó. Pero, como ha dicho mi mujer, eso no te importa.
—Qué puto bocazas —protesta de nuevo Lourdes.
—Lourdes, por favor, esto es una locura.
Laura mira de reojo a su marido. Agria el gesto.
—Qué cobarde eres, Lourditas —dice Laura intentando sonreír. Se palpa el bolsillo. Mira de reojo a Pedro, que está muy cerca de su mujer—. Pedro, ¿dónde está mi hija?
Laura y Lourdes cruzan miradas, Lourdes aparta un poco sus ojos para mirar a su marido, al que tiene prácticamente al lado.
—Abajo, en el cuarto de calderas. La puerta está tapada por una falsa pared.
Lourdes no tiene tiempo de girarse y disparar a su marido, que es más rápido y consigue agarrar el arma y levantarla hacia arriba en el momento en el que ella dispara. Los perdigones se estrellan contra el techo, y la pareja cae al suelo.
Laura aprovecha para salir corriendo por el ventanal.
Salta por encima de Magno, al que solo tiene tiempo de dedicarle una centésima de segundo.
No sabría decir si respira o no. Baja las escaleras que hay en la terraza y que conducen a la parte trasera, donde supuestamente está el cuarto de calderas mencionado por Pedro.
Antes de llegar a la puerta de este, escucha otro disparo que la hace estremecerse.
Llega al cuarto de calderas: la puerta está abierta. Enciende la luz, y llama a su hija. No escucha respuesta. Lo intenta una vez más.
—Luzma, soy mamá. ¿Dónde estás?
Entonces, Laura escucha una serie de golpes metálicos resonar por todo el cuarto.
—Hija, ¿eres tú?
Los golpes se repiten. Laura mira al fondo de la estancia; recuerda las palabras de Pedro: «Una falsa pared».
Pega el oído y escucha nítidamente los golpes metálicos.
Busca en los rebordes de la pared y, por fin, encuentra una esquina que hace un recodo como si fuera una columna.
Palpa la esquina y, tirando, la abre noventa grados.
Detrás hay otra puerta, cerrada por un cerrojo sin llave.
Le cuesta mucho descorrer el cerrojo pero, cuando lo hace, la puerta se abre fácil.
Ante ella tiene una estancia oscura; con las pupilas contraídas, no distingue bien lo que hay dentro.
—¡Luzma!
De inmediato, su hija aparece de la oscuridad y cae a plomo sobre ella, trastabillada por las ataduras de los pies.
A Laura se le encoge el corazón. El aspecto de su hija (ojeras, pelo sucio y desgreñado, olor a orines…)
debería aterrorizarla. Pero está viva, y la alegría se impone al terror.
Laura saca la navaja de Dionisio y corta las ataduras de los pies. Después corta la mordaza de la boca.
—¡Mamá!
La niña se pega a su madre, pero no puede abrazarla porque tiene las manos atadas con una cuerda roja.