Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El cuarto de calderas
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El cuarto de calderas

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 36 h 40 min.

Laura camina por la calle del Consuelo lo más rápido que sus pulmones pueden.

Magno va a su lado con la lengua fuera. Le gustaría ir puerta por puerta para que él olfateara todas y cada una de las casas del pueblo y todas y cada una de las fincas.

Pero a ella sola, sin coche y exhausta, le va a resultar imposible.

Por ello se dirige a casa de los únicos amigos que la podrían ayudar.

¿Se sorprenderían al verla llamar a su puerta?

Seguro. Pero ella espera que la comprendan y empaticen con ella.

Tienen una hija de la misma edad que es amiga de Luzma.

Para no ir por la calle principal del pueblo, en la que, probablemente, un sábado por la noche se cruzaría con alguien conocido, se adentra en el Parque del Alcornocal, por el que camina lo más agachada posible.

Con el perro a su lado, podría ser cualquier persona que saque a pasear al animal, pero no quiere que nadie pueda verla, cosa difícil, porque la oscuridad es abrumadora.

Hay que sumarle, a la ausencia de luna llena, la sombra solemne que provocan los alcornoques.

Llega al final del parque; salta una tapia y se adentra en un olivar.

Tiene que ayudar a Magno porque hay alambrada de espino, alambrada en la que se engancha y se rasga los pantalones.

Discurre a oscuras por el olivar y usa el táser para iluminar levemente el camino.

Pero no puede usarlo demasiado porque Magno se altera al escuchar el chisporroteo.

Llega a otra tapia (esta sin alambrada) y la vuelve a saltar.

Ahora está en el camino que lleva al Helechal.

Delante de sí tiene una espesa vegetación que atraviesa a duras penas hasta llegar a la carretera.

Cuando cree que no pasa nadie, se asoma.

Allí enfrente, tiene la casa de sus amigos Lourdes y Pedro.

Una bonita casa unifamiliar a la entrada del pueblo, con un muro empedrado que hace las veces de fachada, y en el que tres arcos que simulan ventanas están repletos de flores de todos los tipos: rosas, jazmines, claveles … Dan un aspecto señorial a la vivienda.

Laura se acerca a la puerta de entrada. Es una verja metálica que permite el acceso al aparcamiento y jardín interior.

Intenta abrirla, pero está cerrada. Llama entonces al telefonillo.

No obtiene respuesta, pero sabe que están dentro, porque observa luz en el interior de la casa.

Vuelve a intentarlo, y por fin obtiene respuesta.

—Sí, ¿quién es? —pregunta Pedro.

Laura duda. Por un instante duda si salir corriendo de allí. No sabe si sus amigos van a entender la locura que está cometiendo. Pero un coche se aproxima por la carretera de acceso al pueblo y la impulsa a hablar.

—Pedro, soy yo, soy Marta. Ábreme, por favor.

—¿Marta? Pero…

—Te lo explico ahora; ábreme, por favor.

—Eh… dame un momento.

El coche pasa por delante de la casa, y ella no se atreve a mirar. Con un poco de suerte, no la habrá reconocido, ya que no son una familia con perro. El problema es que ya no está transformada. Solo le quedan el tinte en el pelo y las gafas que se acaba de quitar para ver mejor.

Pedro no abre la puerta ni vuelve a asomarse al telefonillo. Pasan un minuto, dos, tres. Cuando va a llamar de nuevo, se abre la puerta de la casa, y Pedro sale a abrir la verja.

—Disculpa, es que no estaba visible —dice—; pasa, pasa.

—Gracias.

En el breve trayecto desde la entrada hasta la casa, no comentan nada, pero Pedro se fija en Magno. En cuanto acceden al interior, pregunta:

—¿Y el perro?

—Es… de un amigo —responde—. ¿Y las niñas?

—Con mis padres.

El salón de la casa es enorme. Está decorado en estilo rústico, con arcos de ladrillo, vigas de madera en el techo, una chimenea en una esquina, que apura las últimas brasas. Hay un minibar en un lado y un gran ventanal que da a una terraza con vistas a la sierra de Los Pollares y de Las Villuercas.

—¡Ah! Pero dime: ¿dónde has estado? Todo el mundo está preguntando por ti, muchos … —Pedro duda—… te echaban la culpa de…

—De llevarme yo a mi hija.

Pedro mira al suelo.

—¿Dónde has estado?, dime… —insiste el hombre.

—Buscándola.

—¿Buscándola? ¿Dónde?

—Por todas partes. Ahora necesito que me ayudéis. ¿Dónde está Lourdes?

—En… en la plaza, supongo, con otras madres. Creo que estarán organizando las batidas de mañana.

—Llámala, y que se venga; necesito que los dos me ayudéis.

Magno ladra. Dos veces. Está inquieto. Laura trata de tranquilizarlo.

—¿Qué le pasa al perro? —pregunta Pedro intranquilo.

—No sé.

El animal vuelve a ladrar; se dirige hasta el hombre, y le ladra de nuevo. Él recula.

—Sujétalo, por favor.

Laura mira extrañada a su amigo. Entonces, hace algo que no tenía previsto, pero las palabras de Dionisio la conducen a ello: «Todas las casas de todos los compañeros y compañeras de Luzma».

Laura saca la parte superior del pijama de Luzma que Dionisio le ha entregado.

Se la da a oler a Magno, que entonces pierde totalmente el control.

Tira con más fuerza de la correa que lo sujeta.

Ladra a Pedro; se pone a olisquear por la zona del ventanal que da a la terraza.

Vuelve a hacia el hombre, que se asusta.

Laura lo retiene antes de que se monte sobre él.

—¿Magno? —dice—. ¿Qué pasa?

Como si Magno pudiera entender lo que le acaba de preguntar, se vuelve hacia ella y le lame la mano y olisquea de nuevo el pijama. Laura, entonces, decide soltar al animal.

—Busca, Magno, busca.

El perro se lanza directamente hacia el ventanal.

Está cerrado, y no puede salir, pero intenta montarse sobre este.

Resbala, araña los cristales con sus patas delanteras y vuelve a intentarlo.

Como no lo consigue, se revuelve; se dirige hacia Pedro, que se parapeta detrás de un sofá. El animal vuelve a la ventana.

—¿Ahí está Luzma, Magno? ¿Está ahí?

Pero a Magno no le da tiempo de volver a ladrar o de gesticular. Una ráfaga de perdigones lo alcanza en el lomo y destroza también el cristal. Magno cae malherido sobre los restos de cristales rotos.

Laura, con la boca tan abierta como la ventana que se acaba de destrozar, gira su cuello en la dirección de la que proviene el disparo. Ahí está Lourdes, con una escopeta de caza de la que sale humo.

—¡Pero qué…! —dice Laura, perpleja, convulsa, en estado de shock.

Lourdes le apunta con la escopeta.

—Siéntate ahí, y no te muevas —dice la mujer señalando una silla de mimbre al lado de la chimenea. Laura no comprende lo que ocurre, por lo que no es capaz de obedecer. Esto cabrea a Lourdes, que chilla para que la obedezca—: ¡Que te sientes, he dicho!

La madre de Luzma, ahora sí, por el efecto del chillido de su amiga, consigue mover sus músculos, y se sienta donde le indican.

—Tú, levántate del suelo, cagón —ordena Lourdes a su marido—.

Es solo un animal. —Pedro obedece, y levanta también las manos.

Lourdes baja el arma. Se lleva la mano a la frente, y se gira sobre sí misma para caminar en el sentido opuesto.

Se frota la cara con la mano, y por fin se decide a hablar—.

¿Qué haces aquí? —pregunta por fin—. ¿Y dónde coño te has metido?

Laura no puede hablar. Tiene la mirada fija en Magno; el animal no está muerto todavía. Su costado se mueve arriba y abajo indicando que, de momento, respira.

—Yo venía a pedir ayuda —dice, por fin, Laura.

—¿Ayuda? ¿Y en qué podríamos ayudarte nosotros?

Si tú eres la superwoman que nunca necesita nada.

—Laura no contesta. No entiende las palabras de la que, hasta hace unos momentos, consideraba su mejor amiga en el pueblo—.

Tú, la señorita de ciudad que no se digna a contarle a su mejor amiga su nombre real, ni su profesión real, ni a responder los correos de sus lectoras suplicando una firma, una miserable firma…

—¿Dónde está Luzma? —interrumpe Laura.

—Cállate.

—Me da igual lo que hayas hecho; solo quiero llevármela. Me iré, y no me volverás a ver jamás. La Guardia Civil no sabe que estoy aquí, y no lo sabrá…

—Así que ni siquiera has pedido ayuda a la Guardia Civil. Menuda prepotente estás hecha.

Laura respira. Es un momento que requiere mucho control y mucho análisis.

Ya está, ya lo ha hecho. Ha dado con el paradero de su hija.

Ha tenido mucha suerte, y mucha mala suerte al mismo tiempo.

Suerte porque llegar hasta la casa de sus amigos ha sido fruto de la casualidad y del consejo de otra amiga.

Mala suerte porque estas dos parejas de amigos a los que consideraba ya casi parte de su familia han resultado ser una cuadrilla de mentirosos, perturbados y ¿asesinos?

Está todavía tratando de averiguar los motivos por los que Lourdes y Pedro —o solo Lourdes…

no lo tiene claro— han podido raptar a su hija.

Acaba de darse cuenta de que su ya examiga ha descubierto que no es Marta Rodríguez.

Se pregunta si en la investigación de la Guardia Civil se habrán filtrado más cosas entre la gente del pueblo.

También ha descubierto que publica novelas bajo un seudónimo.

Lourdes rebusca en un aparador. Saca un par de libros con la mano en la que no tiene el arma. Se los enseña a Laura.

—Mira, todos tus malditos libros. Y, por mucho que te haya insistido, ni una miserable firma.

Laura siente la tentación de preguntar cómo coño ha sabido que Roberta Marto son ella y su marido.

Pero no lo hace. Ellos tenían claro desde el principio que no se darían nunca a conocer al gran público, que no harían firmas, ni mandarían libros dedicados.

Su política era la de mantener el anonimato hasta las últimas consecuencias.

Y ahora Laura se acuerda de algunas conversaciones con su amiga, en la que afirmaba que le gustaban mucho los libros de esa autora semidesconocida.

Se la había recomendado precisamente Lola.

En esas conversaciones, Laura sentía orgullo y sufría por igual, por no poder contarle a su amiga su secreto.

Pero ella no parecía una fanática, una hooligan, como ahora está dando a entender.

Laura contesta todos los correos que le envían sus lectores y lectoras, alguno de ellos más obsesivo que otros.

Contesta siempre con educación cuando el requerimiento de la persona es razonable.

Incluso manda dedicatorias digitales. Ahora bucea en sus recuerdos, pero no logra recordar ninguna petición de Lourdes.