Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Aurora y Fernando
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Aurora y Fernando

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 36 h.

Laura aporrea la puerta de la casa de Fernando como si fuera a echarla abajo. Dionisio espera detrás de ella con Magno a su lado. Al cabo de unos minutos abren. Es Aurora, que se sorprende al ver a Laura.

—¡Hostia, Marta! —Laura se cuela en su casa sin darle tiempo a protestar—. ¿Qué haces tú aquí?

Dionisio entra detrás de Laura sin pedir permiso. Magno ladra.

—¿Dónde está Fernando?

—¿Y estos quién coño son?

Aurora está sucia, sudando. Tiene la cara manchada de negro y lleva un mono de trabajo azul muy distinto al de la residencia: es el que habitualmente usaba cuando trabajaba en su pequeño huerto.

—Son mis amigos. ¿Y tú qué haces vestida así?

—A ti qué te importa. Sal de mi casa ahora mismo, o llamo a la Guardia Civil.

—Dionisio —dice Laura—, Magno, ya.

El hombre da a oler el pijama al perro y lo azuza para que registre la casa. El animal se acerca a Aurora, pero pasa de ella. Sigue rebuscando por la casa, pero no da señales de encontrar el rastro. Sube por las escaleras, y Aurora se indigna.

—¿Pero estáis locos?

La mujer intenta detenerlos, pero Laura la para.

—Dime ahora mismo por qué llevas puesto el mono de trabajo.

—Que me dejes en paz, loca. —Aurora trata de empujar a Laura, pero esta le agarra del brazo y le hace una llave que la pone de rodillas. La mujer chilla de dolor.

—O me lo dices, o te parto el brazo.

—Vengo de tu campo.

Laura se extraña; no asimila esa noticia.

—¿Dónde está mi hija?

—No lo sé, suéltame. Solo le he prendido fuego a tu contenedor de compost.

Laura sigue sin asimilar bien la información.

—¿Dónde está Luzma? ¿La tiene Fernando?

—¡Laura! —grita Dionisio—. Aquí no hay nada. Hay un tipo en la cama, pero está grogui, y Magno no ha encontrado ningún rastro.

Luzma afloja el agarre sobre el brazo de Aurora. La deja que se levante, pero la sigue agarrando. Le hace una seña a Dionisio para que traiga al perro.

—¡Magno! —grita.

El animal se acerca a Aurora; la olfatea. Ella tiembla. Laura golpea en el pecho de su antigua amiga, y Magno se le sube encima. Su hocico se acerca al de la mujer, que tiene los ojos cerrados y la boca hundida en su barbilla.

—¿Qué más has hecho en mi parcela? —pregunta Laura.

—Nada, lo juro. Solo quería incriminar a tu marido. He metido unos huesos de animales en el contenedor, y le he prendido fuego. Vi en la tele que un loco hizo algo así.

Dionisio toma a Magno del collar y lo baja del pecho de la mujer.

Mira a Laura y le hace un gesto para que se detenga.

Laura, entonces, afloja el agarre y libera a Aurora.

Ella echa a correr escaleras arriba. Laura se agarra de un mueble para no doblar la rodilla.

Tiene la boca abierta y la mano apoyada en el pecho.

Nota una punzada de dolor en el brazo que le mordió el dóberman de Bruno Tévez.

—¿Estás bien? —pregunta Dionisio.

Laura no responde; el hombre se acerca, y le toma el brazo. Levanta la venda.

—Hay que cambiarte eso, y tienes que tomarte otra pastilla de antibiótico.

La mujer oye, pero no escucha. Dionisio sigue insistiendo, pero ella ha dejado de procesar la información acústica que proviene de él. Del mismo modo, la información visual no le llega en las mejores condiciones. Tampoco parece escuchar ni las mismas palabras que ella pronuncia.

—¿Qué voy a hacer ahora?

Lo repite hasta por tres veces. Y Dionisio insiste en su plan de seguir buscando en las casas de los compañeros de su hija.

Pero ella no lo oye. Está ahogándose en su penuria, esa que la ha llevado a un callejón sin salida del que no sabe cómo va a salir.

Primero pensaba que Lola era su última baza.

Después Dionisio le hizo recordar al amante de su marido.

Ahora ya no sabe por dónde seguir buscando.

Por mucho que el hombre pida recorrer todas las casas de los compañeros de la niña.

—Pide ayuda. —Aurora es quien habla desde la escalera—. Si no quieres pedírsela a la Guardia Civil, pídesela a los amigos. Tienes algunos muy buenos en el pueblo. Han estado buscando sin parar ayer y hoy.

Laura parece reaccionar.

—¿Qué dices?

—Que pidas ayuda a tus amigos. Que no dudes de nosotros, como lo estás haciendo. Los que se han llevado a tu hija ya te digo yo a ti que no son tus amigos. Al menos a mí no se me hubiera ocurrido hacer algo así, aunque me hubiera enterado de lo de tu marido y Fernando. Antes se la corto a los dos.

Laura tiene la boca abierta mirando hacia arriba. Su cerebro sigue siendo un torbellino de emociones.

—¿Y a qué me van a ayudar?

—A poner patas arriba el pueblo. A buscar en cada casa con el perro, como dice este hombre.

Dionisio asiente. Laura se agarra de la cabeza; la mueve de un lado a otro. No quiere escuchar lo que dicen. Está en una espiral de negatividad.

—Vamos a la estación de nuevo, Dioni. Los picoletos se tienen que haber marchado; el informe estará allí.

—Ni hablar; aquello tiene que estar infestado de guardias. Habrán dado el aviso de que nos han visto salir de ese camino. Según tú, aquello era como una guerra, ¿no?

Laura duda; no sabe realmente si hay gente muerta o no; no se paró a mirar atrás. Pero es algo muy probable. Se sienta, y hunde su cabeza en las rodillas. En ese momento, las luces de un luminoso policial se cuelan por la ventana. Magno ladra. Varias veces. Dionisio se asoma.

—Los picoletos.

—Lo que faltaba —protesta Aurora—. Salid por detrás, anda.

—No, yo saldré por delante —dice Dionisio.

—¿Cómo? —pregunta Laura.

—Vete, llévate a Magno. Yo me encargo.

El hombre mira a la mujer, quien comprende que no hay nada que ella diga que le haga cambiar de opinión.

Coge a Magno, le da un abrazo como si no fuera a volver a verlo.

Pero esa sensación la tuvo minutos antes cuando estaba amarrado al volante del Range Rover y se equivocó. Así que intenta ser optimista.

—Venga, date prisa —dice él, y le entrega la parte superior del pijama de su hija que Laura se guarda en el bolsillo de su chaqueta—. Cuando te vayas, saldré yo.

Aurora acompaña a Laura a la salida posterior mientras ella no deja de mirar a Dionisio. Laura lo pierde de vista cuando sale por la puerta del patio trasero de Aurora. Ni siquiera repara en que Aurora le desea suerte.

Mientras Laura escapa por las calles traseras de la Gran Vía, Dionisio sale con los brazos en alto y trata de llegar hasta el Range Rover. Allí se encuentra con un guardia civil con un chaleco de la UCO.