Silvia
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 34 h. 45 min
El cuerpo de César Puente yace sobre Adrián.
Él lo empuja hacia un lado, y aparece una mancha de sangre enorme en su estómago.
La escasa luz que proporcionan las luces del coche otorga a la sangre un color negruzco.
Adrián le baja los párpados, que han quedado al descubierto después de que su corazón dejó de latir.
Se incorpora. Silvia yace en el camino de tierra; tose, y parece que le ha dado un espasmo.
«¡Silvia, Silvia! —La brigada Donaire lo mira, pero no habla. Él la pellizca en la mejilla con fuerza, pero apenas toma color—. No te puedes quedar dormida, ¿me oyes?».
Quizá no debería cogerla en volandas; no cree que sea bueno zarandearla.
Pero lo que seguro no es bueno es dejarla allí tirada.
No es que él esté en plena forma después del golpe que se ha llevado cuando la propia Silvia los ha arrollado con el coche de sus padres.
La pelea con su mentor también lo ha destrozado.
Pero dicen que, en esos estados de extrema excitación, la dopamina tiene tanta potencia que una persona puede hacer cosas que no podría hacer en otro estado.
Coge a Silvia, que no es precisamente pequeña, de la espalda y de las piernas, y la levanta a peso.
Con mucho cuidado, la transporta hasta el coche.
En el BMW todavía está Greydis, que asoma la cabeza por la ventanilla.
—Abre la puerta —ordena Adrián. La hondureña obedece, y lo ayuda a poner en el asiento de atrás a Silvia, que sigue con los ojos abiertos pero incapaz de hablar—. Me vas a acompañar para llevar a esta mujer al centro de salud de Cañamero.
—Ah, no, yo no me meto en esos jaleos.
Adrián no pierde el tiempo en intentar convencerla; apunta con la pistola a la cabeza de la mujer, y ella suelta otro grito.
—O lo haces, o vais las dos directo al hospital.
Ella asiente, entonces, con las manos en alto.
Adrián va a la parte trasera del coche, y abre el maletero.
Allí busca, y encuentra un maletín, donde hay varios documentos; los consulta, y encuentra lo que está buscando.
Lo abre y descubre la ficha policial de la persona que se llevó a su hija.
Comprueba la foto y concuerda con la que Luzma hizo justo antes de que se la llevaran.
No es una coincidencia perfecta, pero no haría falta recurrir a un fisionomista para verificar que son la misma persona.
Adrián toma el maletín, y cierra el capó y vuelve con la brigada.
«Mira, mi brigada. Esto es gracias a ti —dice enseñándoselo. A Adrián le gustaría que ella le sonriera, pero tiene la mirada perdida; su respiración es tan débil que parece que se le acaba—. No me fastidies, Silvia».
Le toca en el hombro sano; le da un par de suaves bofetadas en la cara.
Silvia está a punto de perder el conocimiento, pero él no la deja.
Pide a Greydis que se siente a su lado y cuide de que no se duerma.
Él se sienta en el asiento del piloto y trata de arrancar el coche.
Pero no lo logra. Después de dos intentos más, se baja y se dirige hacia el Mercedes de sus padres.
Parece estar en mejores condiciones; tiene las llaves puestas y, después de otro par de intentos, consigue hacerlo arrancar.
Pide ayuda a Greydis para trasladar a Silvia.
Con mucha dificultad consiguen moverla de un coche a otro.
Adrián sigue intentando reanimar a la mujer, que respira con menos cadencia por momentos.
No pueden hacer nada más que mantenerla despierta por la naturaleza de la herida.
—¡Que no se duerma! ¡Que no se duerma! —ordena.
—Ay, Diosito, ¿y cómo?
—Háblale, pellízcala, lo que sea, pero que no cierre los ojos. Por tus muertos…
Adrián arranca el coche, al que le cuesta moverse.
Maldice, y se baja. La serie de insultos que profiere se escuchan a kilómetros de distancia.
Saca del maletero la rueda de repuesto y la cambia en no más de cinco minutos, pero a él le parecen cincuenta.
Por fin consiguen salir de la vieja estación y, por el camino de tierra, llegan a la carretera.
Acelera, y pone el coche a 140 km/h en un tramo en el que más de un accidente ha terminado con víctimas mortales.
Está en cuesta, y el firme no es todo lo regular que sería deseable.
Greydis se debate entre el miedo que tiene por la velocidad del coche, el que tiene por el tono amenazador de Adrián y el que siente por la posibilidad de presenciar una muerte en directo.
Se acuerda de sus hijos al otro lado del charco, y pellizca en la cara de Silvia para que no se duerma.
Llegan en nueve minutos al centro de salud de Cañamero, la mitad de lo que se tarda en hacer el trayecto. Cuando llegan, Adrián se apresura a llamar al timbre de la puerta; no deja de hacerlo hasta que una sanitaria se asoma para abrir y, sobresaltada, le pide calma.
—Por favor, me tienen que ayudar a sacar a mi amiga del coche.
—¿Qué ocurre?
—Está muy grave. Necesito ayuda para subirla a una camilla. Tiene que ir en ambulancia ya mismo a un hospital.
La mujer se acerca al coche y, al ver el estado de Silvia, se asusta.
—Pero… ¿qué ha pasado?
—Nos han atacado.
—¿Ha llamado a la Guardia Civil?
—No he tenido, tiempo; por favor, vamos a meterla en una ambulancia.
La mujer entra en el centro de salud y sale a los pocos segundos con otros dos sanitarios. Uno lleva un estetoscopio y se acerca a Silvia; pone el aparato en su pecho y tarda demasiado en decir:
—Tiene el pulso muy bajo. José, vamos a por la camilla a la ambulancia.
José, que debe ser el conductor de la ambulancia por el uniforme que lleva, obedece al médico que en primera instancia iba a acompañarlo, pero que es detenido por Adrián, que le pide que se quede con Silvia, que él es policía y ayudará al sanitario a buscar la camilla.
Lo hacen, y llevan la camilla hasta el coche.
—Su otra amiga se ha largado —dice, severa, la primera sanitaria que los ha atendido.
Adrián ignora el comentario y pregunta si necesitan ayuda para subir a Silvia a la camilla.
El médico y José no dicen nada, y entre los dos consiguen trasladar a la mujer mucho más rápido y eficientemente de lo que él lo haría jamás.
Empujan la camilla hacia la ambulancia. Adrián se queda mirando cómo se la llevan.
La sanitaria vuelve a hacer un comentario.
—Llame usted a la Guardia Civil, o lo haré yo misma.
—Sí, no se preocupe, ahora llamo. —Adrián echa mano a su bolsillo, pero su teléfono móvil no está allí.
Recuerda cómo Edgar se lo arrebató, con la promesa de que se lo devolvería en cuanto tuvieran a Dionisio y al perro—.
Llame usted, por favor; he perdido el teléfono.
La mujer gruñe, y entra en el ambulatorio.
El camillero (o conductor) sube la camilla a la ambulancia con un simple mecanismo de empuje que hace que las patas de la camilla se doblen y quede a ras de suelo.
Él no sabe qué hacer, si irse a despedir de Silvia o largarse aprovechando que lo han dejado solo.
«Lo que sea necesario», acude a su mente.
Se mete en el coche y se larga de allí con lágrimas en los ojos.
En cuanto sale de Cañamero, se desvía en el primer cruce para buscar un lugar tranquilo.
Conduce por otro camino de tierra que lo lleva a una nave industrial.
Se gira y mira por la luna trasera. Cuando se cerciora de que no lo sigue nadie, apaga el motor y enciende la luz del techo.
Abre el maletín, y saca el informe. Suspira profundamente.
Vuelve a encontrarse con la foto de la ficha policial y confirma mentalmente que es el mismo al que su hija fotografió con su reloj inteligente.
Acto seguido, lee detenidamente. El sospechoso se llama Darío Màrques, natural de Aveiro, Portugal.
Con padre portugués y madre española. Tiene varias condenas por abusos sexuales, de las que tres lo mandaron a la sombra.
En total, ha cumplido más de tres años en prisión.
Aunque desde hace más de ocho años no la pisa.
Según dicta el informe, parece rehabilitado.
Acumula diversos trabajos desde entonces: ayudante de jardinería y de almacén, recolector de fruta, etc. Las localizaciones de estos trabajos son diversas: Aveiro, Lisboa, Mérida, y la que enciende las alarmas de Adrián: Logrosán.
Por lo visto, estuvo trabajando en la recolección de mangos y de otras frutas tropicales, y se alojó en el pueblo durante una temporada.
Adrián revisa las detenciones y las condenas.
Y es entonces cuando está a punto de romper el informe, la ventanilla, o de vomitar por la impresión.
Robó en una casa e intentó abusar de una menor en el pueblo cinco años atrás; lo denunciaron, pero retiraron la denuncia en el mismo día.
Ahora entiende por qué le sonaba a Silvia, brigada del puesto de Logrosán durante mucho tiempo.
Lo que solivianta a Adrián Trovado es que conoce personalmente a quién puso y quitó la denuncia.