Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Lola
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Lola

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 34 h. 30 min

Dionisio se desespera. Ha escuchado disparos, y está intentado romper la brida que lo aferra al volante del coche.

Se está haciendo sangre en la muñeca. Aguza el oído y escucha otro disparo.

Y, poco después, pasos sobre la tierra. Achina los ojos en la oscuridad de la noche y ve una sombra que se acerca corriendo.

Aprieta fuerte el spray pimienta y lo blande apuntando hacia la ventanilla.

No distingue a Laura y a Magno hasta que están tan cerca del coche que se asusta y aprieta el botón del spray.

Por suerte, no alcanza ni al animal ni a la mujer. Ambos se suben al coche.

—Joder, Laura, qué susto, coño —protesta.

—Arranca, nos vamos.

—Quítame la brida; haz el favor.

—Sal de aquí, y un poco más adelante paramos, y te la quito.

—¿Y tu marido?

—No lo sé, arranca.

—¿Y los datos del tipo de la foto?

—Tampoco lo sé; arranca, joder.

—Pero ¿qué ha pasado?

—¡Que arranques, que aquello es una puta guerra!

Magno ladra ante el grito de la mujer. Dionisio obedece, y arranca haciendo ruedas sobre la arena. Circulan por el camino de tierra unos trescientos metros y llegan al cruce entre la EX-116 y la EX-102 Y tienen la mala suerte de encontrarse con un control.

—Puta madre, los picoletos.

—Tira por ahí.

Dionisio toma otro camino a la izquierda que finaliza a escasos veinte metros; desemboca de nuevo en la EX-116 a unos cincuenta metros del control de la Guardia Civil.

—¿Qué hacemos? —pregunta Laura.

—Vamos hacia el canal.

Dionisio gira a la izquierda, y acelera más rápido de lo aconsejable, teniendo en cuenta que los guardias tienen visual del Range Rover. Laura mira por su retrovisor y maldice.

—Dioni, tu madre, los guardias han encendido la sirena.

En efecto, el coche patrulla ha encendido el luminoso y parece seguirlos.

Dionisio lo ve por el retrovisor, y no le queda otro remedio que pisar el acelerador.

En una carretera cuyo límite máximo de velocidad son 90 km/h, el todoterreno de lujo circula a 140 km/h.

Reduce levemente al llegar a una curva pero, al darse cuenta de que el coche se agarra sin problemas al asfalto, no levanta el pie.

Después de tres curvas, parece dar esquinazo a los guardias y llegan al canal en menos de quince minutos.

Giran a la derecha, y Laura pide que pare.

—Espera un momento a que lleguemos a esa curva y no nos puedan ver desde la carretera.

A Laura no le da tiempo a llegar a la curva; baja la ventanilla y vuelve a vomitar por tercera vez en lo que lleva de periplo. Qué disgusto se llevaría Edgar si pudiera ver su coche mancillado de esa forma…

Dionisio conduce con cautela por el canal; un despiste podría acabar con el coche en el agua (no hay barreras quitamiedos), y de allí sería complicado escaparse.

Pasados unos cuatro kilómetros, giran a la derecha y se incorporan a la carretera de los pantanos.

Logrosán está iluminado al fondo, dormido al abrigo de la ladera de la sierra de San Cristóbal.

Laura pregunta si tienen agua, y Dionisio niega.

—¿Qué pasa con tu marido?

—No pasa nada.

—¿Lo vas a abandonar allí?

—¿Abandonar a Adrián? No es la clase de hombre al que suela abandonar nadie.

—¿Y los datos del tipo ese que estamos buscando?

—No podemos volver allí.

—Pues llámalo.

Laura se da cuenta de que no pierde nada en llamarlo. Rebusca el teléfono en su bolsillo derecho: no está; busca en el izquierdo: tampoco. Rebusca en todos los bolsillos de su pantalón y de su chaqueta.

—¡Lo que me faltaba!

—¿Qué?

—He perdido el móvil.

—¿Estás segura?

Laura se vuelve a rebuscar por segunda vez en todos sus bolsillos; mira en el asiento de atrás, pero está tan oscuro que no ve nada.

—Para un momento, que busque atrás.

El hombre detiene el coche en mitad de la presa del río Ruecas.

Es una estructura faraónica, iluminada por una hilera de farolas cuyo tono anaranjado otorga a la noche un aspecto de cuarto de revelado de fotos.

Además, hay una leve niebla que dota al lugar un ambiente de película de terror.

Laura se baja y mira en el asiento de atrás, pidiendo a Magno que se mueva.

Mira en la mochila de supervivencia, por si acaso también hubiera agua. Pero ni móvil ni agua.

—Déjame tu teléfono, Dioni —pide ella, pero Dionisio no dice nada—. ¿Dioni?

—No tiene batería.

—¿En serio?

Laura busca otra vez en la mochila y saca un cargador de teléfonos.

Coge el móvil de Dionisio que reposa al lado de la palanca de cambios y, al ir a conectarlo, le dan ganas de tirarlo al pantano.

No es la misma clavija. Dionisio la mira y parece regañarla con la mirada.

Ella se acuerda del teléfono móvil de su vecina, que yace en el lecho del olivar contiguo al cementerio donde lo tiraron.

La mujer le da una patada a la rueda trasera.

Se lleva las manos a la cabeza, se frota el pelo, maldice.

Magno ladra. Y ella no escucha las palabras del hombre, que reclama que corte la brida para poder salir del coche.

Como no lo escucha, después de unos minutos, se dirige a la puerta del conductor y la abre.

—Bájate.

—Cuando cortes la puta brida, que llevo un buen rato diciéndotelo.

Laura se lleva la mano a la boca. Busca en uno de sus bolsillos la navaja del propio Dionisio, al que se la quitó cuando lo inmovilizó con el táser.

Corta la brida y, cuando el hombre sale del coche, lo retiene.

Lo mira y, antes de decir nada, lo abraza.

Dionisio, falto de cariño, corresponde el abrazo.

Magno da un ladrido; parece contento. Laura se separa y pide al hombre que se monte.

—¿Dónde vamos? —pregunta él.

—A casa de Lola. Conservas el pijama de mi niña, ¿no?

Dionisio asiente. Se montan en el coche y se dirigen hacia el pueblo.

A los pocos minutos se presentan en casa de Lola, la librera. Vive en una zona llamada Las Casillas. Se trata de una calle con casas en cuya parte posterior tienen un jardín que linda con el muro que intenta proteger un olivar colindante. No es mala zona para esconder un cadáver.

Laura le pide a Dionisio que aporree la puerta y diga que es la Guardia Civil.

Él no aprueba el modus operandi, sobre todo por hacerse pasar por picoleto.

Con ellos no guarda una buena relación, pero no tienen muchas más alternativas.

En cuanto la librera abre la puerta, Laura, que se escondía pegada a la fachada, entra arrollando a la mujer, que cae al suelo.

—¿Dónde está?

—Pero ¿qué haces?

Laura hace un gesto a Dionisio para que Magno busque el rastro. El hombre le ha dado a olfatear el pijama de la niña poco antes de llamar a la puerta de la casa, y Dionisio lo azuza para que rastree.

—Mi hijo está en su habitación, ¿qué hacéis?

—O me dices dónde está Luzma ahora mismo, o el perro se come a tu hijo.

Dionisio mira hacia Laura reprobando ese tipo de intimidación. Lola tiene la boca desencajada; no es capaz de procesar lo que está sucediendo. Y Laura está tan alterada que tiene el pensamiento nublado. Enciende el táser y se aproxima a Lola; se agacha, lo enciende y se lo acerca a la cara.

—¿Está en el jardín? Dímelo antes de que te meta esto en los ojos.

—Yo no sé dónde está tu hija; te lo juro.

Oliver, el hijo de Lola, sale gritando de su habitación; llega al salón y se abraza a su madre. Laura apunta al niño con el táser; se lo acerca ante la mirada de pánico de Lola.

—¡Basta! —grita Dionisio—. Aquí no hay nada.

El hombre señala al perro, y Laura lo mira desconcertada.

—Que busque en el jardín de atrás. ¿Está abierto? —pregunta a Lola, que mueve la cabeza arriba y abajo. Laura hace un gesto a Dionisio, que resopla, pero obedece. Menos de un minuto después, regresa y se encoge de hombros. Magno sigue sin encontrar el rastro.

—Marta, aquí no está tu hija. Por favor.

La librera usa el nombre que cree el correcto para la madre de Luz Marina. Le suplica por su hijo que le crea. Laura se levanta, le da una patada a una silla que hay a su lado, y la tira. El ruido del golpe contra el suelo sobresalta aún más a Oliver. Y también a Magno.

La casa es modesta. Están en el salón principal, que tiene la cocina integrada.

Está reformada recientemente; en el techo se han instalado barrotes de madera, que le dan un toque tradicional, antiguo.

A un lado hay un pasillo, y Laura se dirige hacia allí.

Llega a la puerta de la habitación de matrimonio.

La abre. Contempla la cama. Es grande, de uno cincuenta al menos.

Está en el quicio de la puerta, sin atreverse a entrar.

Desde allí puede ver a Lola, en el suelo, abrazando a Oliver.

—¿Aquí fue? —dice señalando a la cama. Lola llora—. Dime, ¿aquí fue?

—Te estás equivocando; te equivocaste en su día y lo sigues haciendo. No tienes ningún derecho…

La mujer no puede seguir porque el llanto la consume. A Laura también se le saltan las lágrimas. ¿Qué está sucediendo? Esa mujer debería confesar. Pero no lo hace. O es una actriz de premio o, realmente, ella es la que está equivocada.

Dionisio se acerca a Laura con Magno.

—Vámonos.

—¿Dónde?

—A por el siguiente.

—No hay siguiente; no sé dónde ir.

Laura también está al borde del llanto.

—Nos recorremos todas las casas de todos los niños compañeros de Luzma, pero tenemos que irnos de aquí.

El hombre le ofrece la mano a Laura. Está derrotada.

No tenía que haberse ido de la estación de tren; tenía que haber esperado a su marido, buscado la información que necesitaba, habérsela sacado a hostias a esos dos desgraciados después de desarmarlos.

Lo podía haber hecho, pero las balas que rozaron su cabeza le hicieron recordar el atentado terrorista que había vivido diez años atrás.

La sobrepasaron. Se maldice por haberse dejado vencer por el miedo.

El hombre la toma del brazo y la conduce a la puerta de salida. Pasan por delante de la madre y del hijo. Dionisio le pide amablemente que no avisen a la Guardia Civil.

—O, si no, mandaré a mi amigo Magno a por ustedes. —Dioni hace un gesto al animal, que ladra hacia Lola y hacia Oliver. Los dos se asustan, y ella niega con la cabeza.

Cuando están a punto de salir de la casa, Lola se dirige a Laura.

—Marta, jamás tocaría un pelo a Luzma. Tienes que creerme. —Laura se da la vuelta y la mira—. Sé cómo te sientes. Yo también perdí a una hija…

Laura oye, pero no escucha lo que le dice Lola, que intenta contar a voces ese triste episodio de su pasado. Dionisio tira de ella, y los dos salen por la puerta.