La estación de tren abandonada
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 33 h 30 min.
Del Valle sonríe a una belleza morena en la puerta del club.
—Hola, bombón, qué pronto has vuelto… —dice Camila.
Greydis Sánchez se acerca al policía y le da un pico en los labios. Él le aprieta la nalga izquierda, y la mujer sonríe. Edgar, además de estar muy bien, consigue hacer que se corra. Es un cerdo y un corrupto, pero los orgasmos que tiene con él son los únicos que recuerda desde que llegó a España.
—Te echaba de menos.
—Claro, bonita, y yo a ti, y yo a ti.
César Puente interrumpe el diálogo. Lo acompaña Adrián. Puente pide ir yendo hacia el lugar de reunión, que se encuentra a medio kilómetro del club. Se trata de una antiquísima estación de tren: la estación de tren de Berzocana, que nunca llegó a estar en funcionamiento.
Se montan en el coche. César conduce y a su lado va Edgar. Detrás, Adrián y Greydis. Adrián no entiende qué hace esa mujer allí e interroga con la mirada por el retrovisor a César. Su mentor, a pesar de entender los gestos que Adrián hace con los ojos, no dice nada.
—Salgo yo primero a hablar con la mujer —dice Edgar.
—Creo que debería ir yo —objeta Adrián—. Cojo al perro y al tipo, te los traigo y Laura se puede ir. Tú me das…
—¡Quieto! —interrumpe Edgar—. Basta. Una cosa es que haya decidido ser respetuoso; otra, que me digas lo que tengo que hacer o no.
Se cruzan las miradas como si de un duelo a muerte bajo el sol se tratase.
Adrián solo puede morderse la lengua y aguantar para no estallar y partirle la cabeza a ese desgraciado.
Se adentran en el camino de tierra que los lleva a la estación abandonada.
Aparcan justo al lado del viejo andén. Puente da las largas iluminando el lugar.
Ya ha caído la noche; el cielo está encapotado, y no hay luna.
Las luces del coche son las únicas que les permiten ver.
En la estación hay varios edificios en ruinas.
Con las paredes grises llenas de grafitis de dudosa calidad.
Los techos ya no existen, y la vegetación ha tomado el cemento sobre el que se construyó.
Los zarzales, que en agosto darán unas moras exquisitas, son los reyes del lugar, y también hay arbustos con margaritas amarillas que la noche tiñe de gris.
—¿Tu mujer es puntual? —pregunta Edgar a Adrián.
Este solo mueve la cabeza arriba y abajo.
—Pero ¿cómo has podido hacerme esto, Laura? —protesta Dionisio casi sollozando.
El hombre tiene su mano izquierda atada con dos bridas al volante del coche. Laura le ha tenido que pegar la descarga con el táser para inmovilizarlo y poder amarrarlo.
—Lo siento, de verdad, Dioni, que lo siento. ¿Estás bien?
—No, no estoy bien, joder. ¿Cómo voy a estar bien si me has atado al volante del coche?
—De la descarga.
—Duele como su puta madre —protesta—, pero ya se me está pasando.
—Escúchame. Toma el bote de spray. —Laura se lo pone en la mano que tiene libre, la derecha—. Si se complica la cosa y viene alguien al coche, se lo chutas a la cara.
—¿Pero tú te crees que esto tiene algo que hacer contra las armas que llevarán esos dos?
—Olvídate de eso.
—Estás loca.
—Lo sé pero, en situaciones desesperadas, medidas desesperadas.
Se miran. Laura no duda en darle un nuevo abrazo. El hombre mira a Magno, y se le saltan las lágrimas.
—Chico, cuida de ella.
—No seas tan dramático. En menos de quince minutos nos vemos de nuevo.
—Ya —dice Dionisio no aceptando la mentira piadosa.
Está convencido de que el plan de Laura, por llamarlo de alguna manera, es más descabellado aún que el de la búsqueda de Luz Marina. Y no tiene nada claro que vaya a salir bien. Sobre todo, para Magno.
—Nos vemos pronto.
Laura le da un beso en la mejilla a Dionisio, que ya no disimula las lágrimas.
Sale del coche y saca a Magno del asiento de atrás.
La mujer y el perro se marchan por el camino de tierra en dirección a la estación de Ferrocarril.
Él la divisa al fondo, demasiado al fondo y tapada en parte por el alcornoque en el que Laura ha decidido aparcar el coche.
Maldice por no tener unos prismáticos en lugar de un spray de gas pimienta.
Laura llega con el perro al punto de encuentro. Vuelve a caer una ligera llovizna. Del Valle, Puente, Adrián y Greydis esperan en el BMW del mentor de su marido. Ella se detiene a unos veinte metros, sobre el andén de la estación.
—¡Adri! —grita.
Es Del Valle, quien sale del coche y se encamina hacia Laura.
—Bienvenida. Me alegro de verte la cara.
Edgar se detiene a menos de dos metros de la mujer. A su lado está el edificio central de la estación. Iluminado por las luces del coche, parece más fantasmagórico que lo que realmente es.
—¿Y mi marido?
—¿Y Dionisio?
—En el coche.
—¿En mi coche?
—Sí.
—Bueno, tu marido también está en el coche.
—¿Y la información del secuestrador?
—En el coche también.
—Muy bien, llévate a Magno.
—Claro.
Edgar estira la mano para tomar la cuerda que tiene Laura y que sujeta al perro.
—Antes, la información. Y mi marido, claro.
El policía sonríe.
—¿Y Dionisio?
—Edgar, la información. Es lo único que me interesa.
—Claro, claro.
—Te propongo un trato… —dice Laura.
Edgar echa mano a su axila. Magno se pone tenso y ladra.
—Vaya, Magno, que tu amo soy yo… —Saca del bolsillo interior de su chaqueta un paquete de tabaco.
Se cubre para protegerse de la llovizna y se enciende un cigarrillo.
Echa una bocanada de humo que irrita a la mujer—.
Vamos a hacer una cosa. Te voy a mandar a tu marido en buena compañía.
Lo hablas con él y luego ya seguimos, si quieres, tú y yo.
Edgar se da la vuelta, y camina hasta el coche. Hace un gesto con la mano, y César sale primero. Abre la puerta trasera, e invita a salir a Adrián. Greydis sale también. Edgar se apoya en el capó delantero del coche mientras fuma el cigarro.
Adrián camina, acompañado de Greydis a su lado, y dos pasos por detrás, César Puente, que lleva su pistola en la mano. Laura se sorprende al descubrir a la prostituta.
—Hola, amor —dice Adrián.
Ella no responde.
—¿Qué coño haces tú aquí, Greydis?
La mujer suspira.
—Dale lo que pide a Edgar. No te conviene enfrentarte a un tío como él.
Laura mira hacia César, que saluda.
—Laura. Cuánto tiempo…
—Ni menciones mi nombre, hijo de puta.
—Laura, por favor —dice Adrián.
—¿Por favor? ¿Qué favor? Gilipollas...
—No destruyas todo lo que hemos logrado hasta ahora.
—¿Que no lo destruya yo? ¿Pero tú sabes lo que estás diciendo? —Se le aturullan las emociones—. ¿Ese es tu concepto de «lo que sea necesario»? ¿Liarse con … con…? —Laura titubea; no encuentra la palabra.
—Laura, eso no es relevante ahora; eso ya no existe. Hablaremos de ello, pero este no es el momento.
—Es Fernando, ¿verdad?
Él agacha la cabeza, vencido por la perspicacia de la mujer.
—Laura… —Adrián hace un amago de excusarse.
—Hoy es el cumpleaños de Luz Marina. ¡De nuestra hija! —Laura acaba de darse cuenta de la fecha. Se le junta en la cabeza una tormenta perfecta de emociones—. ¡Me cago en tu madre, Adrián!
—Laura —interrumpe Greydis—. Edgar te matará a ti, a tu marido y a tu hija si hace falta, con tal de conseguir lo que quiere. Lo que no sé es cómo no lo ha hecho ya.
—Claro, sobre todo si tiene a una chivata que le cuenta todo, ¿no?
—No tienes ni idea de lo que dices. Te crees que, por pasar unas horas disfrazada de puta, ya sabes lo que tiene que soportar una puta. Mira, vete a la verga.
Greydis se marcha, y se mete en el coche.
—Laura, hazle caso a la chica —dice César —. Piensa en tu hija.
—Lo que sea necesario —dice Adrián con los ojos brillantes.
Laura lo mira, y también le escuecen los ojos a pesar de que ya se ha quitado las lentillas; le lagrimean, tienen ganas de verter lágrimas.
—Lo que sea necesario —responde al fin, y estira su cabeza para mirar por encima de los dos hombres.
Edgar Del Valle tira la colilla al suelo, y se encamina de nuevo hacia Laura.
César hace un gesto a Adrián para que se retiren.
Edgar llega hasta ella—. ¿Qué garantías tengo de que, si te entrego a Dionisio, nos vas a dejar ir y nos vas a dar la información que necesitamos?
—Las mismas garantías que me diste tú a mí cuando me dejaste atado en la cochambrosa casa del Dioni.
Laura sonríe de forma irónica. Mira el suelo; patea un par de piedras.
—Por cierto, ¿cómo te has escapado?
—Digamos que las bridas se pueden cortar con un azulejo desconchado.
—¿Y Athos?
—Al chucho le di lo suyo con una barra de hierro.
La misma que me hizo abrir la puerta —miente.
Antes muerto que reconocer que lo salvó su amigo—.
Por cierto, para la próxima vez que raptes a alguien, no destroces su SIM después de hacer una llamada desde su propio teléfono. Rompe el teléfono y la tarjeta antes.
Laura abre la boca y lleva la lengua a su paladar.
«¡Qué estúpida!», piensa. Puente debe de haber rastreado la llamada o quizá el teléfono tuviera una app de geolocalización.
Se mete la mano izquierda en un bolsillo.
Ahí tiene el táser. Le dan ganas de metérselo en la boca a Del Valle.
La saca y se cambia la correa de mano. Mete la mano derecha en el otro bolsillo.
—Si sueltas a mi marido, voy a por Dionisio.
—No, tú traes a Dionisio y luego os soltamos y os damos la información.
—¿Puedo confiar en ti?
—No tienes nadie mejor en quien confiar —dice sonriendo.
Laura saca la mano de su bolsillo, y se la ofrece. Edgar se la estrecha y, cuando lo hace, tuerce el gesto. No le da tiempo a reaccionar, y Laura le pone la mano en el cuello. «¡Hier!», grita.
Magno salta sobre el cuello de Edgar, impregnado del hígado que Laura lleva en la mano.
Le muerde justo encima de la clavícula, muy cerca de la yugular.
La mordida es fuerte, y no se va a soltar fácilmente.
El policía no tiene tiempo de sacar su pistola de la funda y se cae al suelo con el animal encima.
César se da cuenta de la situación y apunta a la cabeza de Adrián y le ordena: «Que lo suelte, o me cargo a tu marido ahora mismo».