Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La radio
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La radio

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 29 h 45 min.

Laura se frota los ojos. Las lentillas le están empezando a molestar.

Hay demasiado silencio en el coche. Viajan al punto de encuentro indicado por su marido dando un rodeo para no pasar por el centro de Logrosán ni por el cuartel de la Guardia Civil.

El Range Rover les permite ir campo a través.

Alguna que otra roca encuentran, pero a Laura ha dejado de importarle si daña el coche de Edgar del Valle.

Dionisio pone la radio. Allí no hay mucha señal, por lo que no para de mover el dial en busca de alguna emisora.

El silencio lo pone nervioso, y Laura no tiene muchas ganas de hablar.

Sintoniza una de música clásica y la deja.

A falta de nada mejor, al menos es relajante.

El problema es que se mezcla la señal con una emisora en la que están dando las noticias.

Giro de ciento ochenta grados en el caso de Luz Marina Martínez.

Según hemos podido saber, el padre de la niña, Roberto Martínez, ha escapado de la custodia de la Guardia Civil poco antes de que formalizaran su detención.

Al parecer, los agentes de la UCO habrían encontrado indicios que apuntaban en su contra: pornografía infantil en su ordenador, escasa colaboración con la propia Policía Judicial, y otros dos puntos preocupantes.

Su mujer está ausente desde la misma mañana en la que desapareció la niña, y se habría destapado una aventura extramatrimonial del padre con un amigo personal suyo y de la familia.

Se especula que la mujer podría haber descubierto esta aventura.

Laura pega un frenazo que asusta tanto a Dionisio como a Magno, que se altera y ladra.

Frena en medio de un camino de tierra y, por la lluvia reciente, provoca un derrape del coche, que se sale de dicho camino.

La propia Laura se asusta pero, al comprobar que todo está relativamente bien, vuelve a la realidad.

Mira a Dionisio, que no sabe qué decir. Ella se baja del coche sin importarle la lluvia.

Camina por el barro. Se arrodilla. Agarra un puñado de tierra mojada y la tira; con la otra mano repite la operación.

Entonces, Magno llega, y se pone a sus pies, le lame las manos.

Intenta sentarse sobre sus rodillas. Ella lo abraza y rompe a llorar por enésima vez.

—No ha sido él —dice Dionisio—. Es imposible.

Laura quiere decirle que él no puede saberlo, que no lo conoce.

Ella sí. Al menos eso creía. Nunca podría imaginarse que le sería infiel.

Y mucho menos con un hombre. Pero algo golpea su conciencia.

¿¡Y por qué no!? Ella misma tuvo una aventura con una mujer cuando empezó a salir con él.

¿Cuál es el problema de las infidelidades?

¿El género de la persona con la que se es infiel?

Para nada. El problema es la pérdida de confianza.

Esa ya nunca vuelve. Al menos en la misma forma.

Su infidelidad fue al principio de la relación pero, en ese entonces, él ya creía tener un proyecto de vida juntos.

¡Quién coño era ella para andar juzgando!

Si hasta el nombre de su hija en común es el mismo que el de la mujer de la que ella se enamoró.

—No, no ha sido él. —Laura se levanta. Acaricia a Magno —. Vamos.

Se montan de nuevo en el coche, y Dionisio le ofrece unos pañuelos que ella rechaza. Pero el hombre los usa para limpiarle la cara de barro. Laura se lo agradece tímidamente.

Termina el camino de tierra, y salen al Canal de las Dehesas.

Una estrecha carretera asfaltada que discurre junto a un canal fluvial que sirve para el regadío de los cultivos de la zona.

Discurren por el canal durante unos kilómetros en los que Laura es la que busca algo en la radio.

Encuentra otra vez la emisora de música clásica y la deja.

—¿Te gusta la música clásica? —pregunta ella.

—No mucho.

—A ti no era, hombre. Era a Magno. —El animal ladra—. Ya lo sabía, buen chico.

Dionisio sonríe.

Llegan a la EX-116 y giran a la izquierda en dirección a Guadalupe.

—¿Tienes todavía comida para Magno?

—Algo queda.

—Métemela en este bolsillo. —Laura se señala un bolsillo en su pantalón

—¿Qué vas a hacer?

—Coge un bote de gas pimienta, y te lo guardas tú. Y la porra extensible.

—Que me digas qué vas a hacer.

Laura no dice nada, sigue conduciendo.

— Tú te vas a quedar en el coche, y yo voy a salir con Magno. —El perro ladra dos veces; no parecen ladridos de felicidad—. Tranquilo, chico, tranquilo.

—Laura, no… —Dionisio se pone serio.

Ella lo mira de reojo.

—Tenemos más de dos horas para planificarlo bien. No puedo perderos a los dos.

—No pienso quedarme en el coche.

—Y yo te digo que sí.

—Y yo te digo que no.

Laura vuelve a callar. Conduce unos veinte minutos y, cuando llega, se desvía por el camino de tierra que los ha de llevar al punto de encuentro.

Todavía quedan más de dos horas para las nueve, y ella se desvía tomando otro camino distinto.

Deja el coche apartado, a unos trescientos metros del lugar exacto que marca el navegador, debajo de un gran alcornoque.

—Ponte tú en este asiento; déjame a mí ahí donde el copiloto.

Dionisio se limita a abrir la puerta para hacer el cambio, pero ella le pide que pase por dentro, para no mojarse otra vez. Es ella quien sale y da la vuelta.

—Ya no llueve casi. ¿Tú estás seco?

—Sí, casi.

—Bien.

—Escucha, pero no deberíamos haber aparcado aquí debajo del alcornoque.

—¿Por qué?

—¿A ti no te han enseñado que en caso de tormentas es mejor calarse que protegerse debajo de un árbol? Los rayos, hija, los rayos. —Laura no puede evitar sonreír. Le entra hasta una carcajada—. ¿Qué pasa?

—Nada, tonterías mías. Ven, dame un abrazo, anda.

Dionisio no se lo esperaba. Ella se aproxima a él, y lo abraza. Lo aprieta por la espalda. Él se siente azorado; sigue sin saber a qué viene el gesto de afecto.

—Sí que estás seco, sí. —Él se separa y la mira extrañado—. Así que los rayos … Lo siento, Dioni. Lo siento mucho.

Laura le pone el táser en el cuello y le da una descarga. El hombre arquea su espalda. No puede moverse; el dolor y el espasmo muscular se lo impiden. Cierra los ojos; cree que se va a desmayar. Pero no lo hace. Solo siente dolor. Escucha ladrar a Magno y a Laura pedirle perdón desesperadamente.