Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El dibujo
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El dibujo

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 28 h 50 min.

—¿Se puede saber quién ha filtrado esto? —protesta Vila.

—No lo sé, mi teniente —contesta Daniel Durán, brigada encargado del puesto de Trujillo—. Pero yo creo que ha sido el mismo Tévez con su móvil.

—¿Y lo del padre fugitivo? —pregunta Virginia.

—Ahí ya sí que no sé decirle, mi subteniente.

Minutos antes de que los dos agentes de la UCO lleguen al puesto de Trujillo para entrevistar a Bruno Tévez, se han filtrado a la prensa tres bombas informativas.

Bruno, gran dibujante, ha hecho un retrato de Laura.

Es un tipo que no es capaz de hablar mucho pero, dibujando, es un auténtico genio.

La Guardia Civil está convencida de que ha sido él mismo quien lo ha mandado a la redacción de varios medios extremeños.

Pero nunca lo confesará. Vila, cuando ve el dibujo de la mujer que ha hecho Tévez, piensa que podría haber reconducido su vida en el terreno artístico, y no dedicarse a violar niños.

Él solo quiere joder la vida a la tipa que se atrevió a meterse en su casa y reventarle su escondite, escondite del que pudo salir porque su madre acudió a llevarle el cocido que le prepara cada sábado.

Ha tenido que destruir todos los discos duros con gigas y más gigas de pornografía infantil ¿Ahora qué va a hacer?

, ¿violar a otros dos niños? De momento la rabia lo consume, y el retrato de Laura y su posterior difusión es su venganza particular. Tiene que retratar también al viejo.

La segunda bomba informativa es que alguien se ha ido de la lengua respecto de la fuga de Adrián con Donaire.

El problema es que puede ser tanta gente que Vila y Virginia no quieren ni pensar en averiguarlo: cualquier agente implicado en la investigación, los médicos del centro de salud, algún familiar al que la madre le haya contado lo ocurrido…

Mejor centrarse en otras cosas, y no en buscar un culpable inútil.

La tercera es que alguien también haya filtrado que Adrián mantenía una relación con Fernando. Eso puede ser la comidilla del pueblo durante meses, años. La sospecha ahí se centra sobre el propio Fernando: es factible que haya hablado con la prensa para fastidiar a Adrián. O quizá su mujer, Aurora.

La consecuencia es que los medios están elaborando sus teorías inculpatorias, y todas apuntan al padre de la niña. Y quizá también a la madre.

Y esto, a su vez, tiene una grave consecuencia para Vila y para Virginia: ¡Han dejado escapar al supuesto culpable!

—El coronel me va a llamar antes de que acabe el día, Virginia.

—¿Y qué le vas a decir?

—Pues la verdad: se nos ha escapado en las narices.

—¿Y tú te crees que él es el culpable del rapto de su propia hija?

—Tú sabes que yo no funciono con deducciones como si fuera Sherlock Holmes. Yo, tú, mi subteniente nos basamos en indicios. En pruebas. Y aquí no hay pruebas. Ni una sola que la incrimine. Pero…

—Hay comportamientos que se repiten.

—Sí, y a falta de pruebas, esos comportamientos del padre, y de la madre, que vete tú a saber dónde andará, los sitúan como culpables.

—¿Y si jugáramos a Sherlock Holmes, mi teniente?

Vila sonríe.

—Vamos a entrevistar al tipo este.

Durán los conduce a la sala, donde los espera Tévez.

El aspecto del tipo asquea hasta el propio Vila, acostumbrado a cosas/personas mucho peores.

Tiene la cara hinchada de los golpes que le han propinado entre Laura y Dionisio.

Los labios cuarteados de sangre. Y la mirada…

por la mirada, parece que ha sido abducido.

—Buenos días, señor Tévez, soy el teniente Vila, y esta es mi compañera, la subteniente Virginia.

Bruno ni se levanta, ni les estrecha la mano, ni los saluda.

—No lo vamos a molestar mucho; el brigada Durán ya nos ha contado todo un poco por encima. Solo serán un par de preguntas. —Vila le enseña la foto de Adrián en su móvil—. ¿Era este hombre el que asaltó su casa?

Tévez se inclina para ver la imagen. Niega con la cabeza. Virginia, que ha conseguido una foto de la brigada Donaire, también se la muestra

—¿Y esta era la mujer?

Tévez niega.

—Hemos visto su retrato. ¿No puede ser que estuvieran… caracterizados, maquillados? —pregunta Vila.

—Esos de las fotos no son. La cara de esa mujer no se me olvidará nunca.

—¿Ah no? —incide Virginia—. ¿Por qué? Nos han dicho que estuvo con ellos en su buhardilla y que no había mucha luz.

El hombre resopla.

—No he visto tanto odio nunca. Ni siquiera los padres de los niños a los que yo… —Tévez se queda callado—. Había poca luz, pero se distinguía más o menos bien. Estoy acostumbrado a estar así.

—¿Con poca luz? —pregunta Vila.

—Como le digo, mis pupilas están acostumbradas y la mujer tenía algo en los ojos que tampoco se me olvida.

—¿El odio que acaba de decir?

—No, lentillas de colores. Yo las usé hace tiempo y siempre me fijo en ello.

Virginia y Vila se miran el uno al otro. ¿Lentillas de colores?