Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La pizza
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La pizza

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 28 h 45 min.

César Puente toma un trozo de pizza recién sacada de un minihorno.

Edgar del Valle se ha comido ya dos porciones, y Adrián apenas le ha dado dos mordiscos a la suya.

El hambre en su situación es el menor de sus problemas.

Jonathan Canseco les sirve una nueva ronda de cervezas.

Están en el puticlub que regenta el propio Johnny, bajo la tutela de Del Valle y en el que, por supuesto, se trafica.

No solo se trafica con los gramos que el Johnny repasa a algún cliente habitual, sino que también se trafica información.

En las alcobas de la planta superior, algunos camellos de poca monta se van de la lengua, para fardar, con alguna de las chicas a las que les alquilan su dignidad.

Y esa información, a veces, es muy válida para que Del Valle y Puente planeen sus vuelcos.

Porque eso es lo que hacen: volcar, es decir, robar la droga a narcotraficantes.

No es que Extremadura albergue grandes urbes donde se puedan colocar kilos de farlopa o hachís.

Pero sí es un punto de paso importante entre el tráfico que viaja desde el estrecho de Gibraltar hacia el norte.

Y desde Galicia hacia el sur. No es que no haya policía, pero hay mucha menos que en Madrid, A Coruña o Sevilla.

Y a los narcos no les importa tener que hacer más kilómetros con tal de que la mercancía viaje más segura.

Y, como hay menos policía que en otros lugares, Edgar del Valle y César Puente montan sus «operativos» cuando tienen claro que una furgo con el logotipo de alguna empresa de cerrajería o de cristalería va cargadita hasta los topes de blanca o de marrón.

Los policías que les dan el alto a las mulas requisan toda la mercancía y se la llevan, a veces al Johnny, a veces a otros chulos de putas o intermediarios que Edgar y César tienen repartidos por la meseta.

En ocasiones la han pifiado, y han parado a quien no tenían que parar.

Han abierto maleteros, y no han encontrado nada.

Por eso necesitan a Magno. Porque, desde que Edgar lo compró en un criadero especializado de Madrid, no han fallado en ninguno de esos «operativos».

No solo parando coches en la Autovía de la Plata, sino también rastreando naves en polígonos industriales de Mérida, Badajoz, Cáceres, e incluso Sevilla.

—¿Entiendes ahora por qué el perro es tan importante, Trovador?

César Puente explica todo a Adrián. Lo entiende, claro que lo entiende. Otra cosa es que no se acuerde de la madre de Puente cuando asume que su mentor es otro poli corrupto más.

—El Dioni se viene cuando hacemos registros en polígonos.

Nos llegan chivatazos, tú sabes —dice Del Valle—…

Pero las naves suelen ser muy grandes, y Magno es una puta máquina y, con el Dioni a su cargo, más.

Recuerdo una vez que tardamos un minuto, un puto minuto en encontrar un alijo de doscientos kilos bajo una arqueta.

¡Un minuto! —Del Valle sonríe y muestra su dentadura perfecta de ortodoncia.

Adrián está mascullando algo desde que lo han coaccionado con la entrega del hombre y del perro. No se ha atrevido a decirlo, pero le quema la impaciencia. Siente que está perdiendo un tiempo que no tiene para encontrar a su hija. Y, como no dispone de ese tiempo, se decide a hablar.

—César, ¿tú confías en mí?

—Pues claro. Ya lo sabes.

—Bien, ¿por qué no vamos los tres adonde quiera que esté el tipo de la foto? Porque tú sabes dónde está, ¿no?

César mira a Edgar, que niega con la cabeza.

—No me puedo yo meter en este jardín, Adrián. Debes entenderlo.

—César —Adrián se acerca a su mentor—. Es mi hija, es Luz Marina. Estuviste en mi casa cantándole su primer cumpleaños feliz.

Puente se revuelve en su asiento, y Del Valle no le quita ojo. Sabe que hay un vínculo entre ellos, y no está dispuesto a dejar que se interponga en sus planes.

—Adrián. César ha tenido trabajando a tres compañeros durante tres horas sin parar para localizar al tipo ese de la foto.

El programa de reconocimiento facial que tenemos no hace maravillas, y usarlo ya nos ha comprometido bastante — interviene Edgar—.

Por no hablar de que también hemos tenido que meternos en su ficha de penales y laboral.

—¿Y?

—¿Cómo que «Y»? Hemos invertido muchos recursos en ti. Si hacemos lo que pides y encontramos a tu hija, no vuelvo a ver ni al perro ni al Dioni.

—¿Pero por qué? No les decimos nada a ellos. Te vienes tú conmigo, y César los espera aquí.

—Lo siento pero, hasta que no tenga al Dioni y a Magno, no se mueve de aquí ni Dios.

Adrián golpea en la mesa, y se levanta.

—Eh, eh. Tranquilito, colega —dice el Johnny—. Que las mesas no son de acero.

Adrián le saca como dos cuerpos y media cabeza al chulo, pero no será él con quien pague su rabia. Es una persona débil, y ese no es el estilo del expolicía. Aunque muchas de las chicas que trabajan para él tendrían mucho que decir al respecto sobre la debilidad de Jonathan Canseco.

—Mira, Adrián —dice Del Valle—, cuando esta noche tu mujer traiga lo que necesito, si quieres, César te acompaña a buscar al hijo de puta ese que parece que se ha llevado a tu niña.

—¿Y por qué tenemos que esperar aquí más de cinco horas? ¿No podemos hacer el intercambio ya mismo?

—De noche todos los gatos son pardos, amigo —replica el poli corrupto.

Adrián está al borde de darle una patada a la mesa y estamparla contra Del Valle. Darle una hostia en el oído a su mentor, quitarle la pistola y acribillar a todo dios que se interponga entre él y la información que necesita. Pero solo puede apelar a su desesperación.

—¡En cinco horas mi hija puede estar muerta! —grita desesperado.

Edgar curiosea en su teléfono móvil, uno nuevo que le ha traído César con una de las muchas líneas que tienen contratadas a nombre de marroquíes o de paquistaníes.

En el mercado negro, esas tarjetas SIM con identidad robada suelen costar más de doscientos euros.

Ellos las consiguen gratis o por algo más de veinte euros, dependiendo del locutorio al que amenacen.

A cambio intercambian especie y hacen la vista gorda.

Cuando encuentra lo que está buscando, se lo entrega al padre desesperado.

—César me ha contado tu teoría. La verdad, estás en todo lo cierto y por eso os admiro tanto a ti como a tu mujer. Lee la noticia. No tienes nada que temer con tu chiquilla. La vas a encontrar muy pronto sana y salva. Te lo aseguro.

Adrián no puede creer lo que ve en el móvil. No podrán seguir viviendo en Logrosán. Encuentren o no encuentren viva a Luz Marina.