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La casa del profesor

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 28:10h

Laura tiene las manos apoyadas en el volante y la cabeza apoyada sobre las manos. Le cuesta respirar.

—Por favor, muchacha, cuéntame que ocurre —pide Dionisio—, y cálmate. Mira cómo está Magno.

El perro está inquieto en la parte trasera del coche.

Ha soltado un par de ladridos. Dioniso decide tomar la mano derecha de Laura.

Le cuesta despegarla del volante, pero trae a Magno al asiento delantero y pone la mano de la mujer sobre el animal, que se la lame.

Laura no reacciona con asco, como ha hecho durante todo el periplo con él.

Sino que le toca el cuello, le acaricia.

Finalmente se incorpora y mira a los ojos al animal que se acerca a lamer su cara.

Laura le hace una cobra y el perro le lame la oreja y parte del pelo.

Lo abraza y Dioinisio contempla la escena sonriendo.

Laura se estremece al sentir el calor del animal y el calor de la mirada del hombre.

La encrucijada es la más grande de su vida.

Entregar al perro, al que ha cogido un cariño que no se esperaba, y también a Dionisio, al que ha cogido tanto cariño o más que al animal. ¿A cambio? La información sobre el posible paradero del posible secuestrador de su hija.

Rompe a llorar, de nuevo, abrazada al perro.

Dioniso acaricia tanto el lomo del animal como la mano de la mujer.

Todavía no sabe lo que ocurre, pero la escena le tiene enamorado.

No del tipo de amor romántico, sino del tipo de amor paternal, familiar.

Se repite que esa mujer podría ser perfectamente su hija y ese perro podría ser perfectamente suyo.

—Bueno, ¿vamos a ver si este campeón encuentra a la niña o no?

—Hay un problema —dice Laura tras meditarlo unos segundos.

Dionisio esta vez no dice nada. Decide esperar a que Laura se decida a contarlo.

Cuando se lo cuenta, él hace como si no lo hubiera escuchado.

—Bueno, vamos a llamar a la puerta.

Laura abre los ojos desorbitadamente.

—Ya que estamos aquí, no nos vamos a ir sin llamar a esa puerta. Ya después nos reunimos con Del Valle y tu marido.

—¿Pero qué dices?

—Que ya que estamos aquí…

—Te he oído, Dioni. Pero lo dices así tan tranquilo. ¿Tú eres consciente de lo que implica entregarte al psicópata ese de Del Valle?

—Coño que si lo soy. Pero es que tarde o temprano tenía que pasar. ¿O tú te crees que íbamos a salir de rositas después de la paliza que le diste, de amenazarlo con un perro como Athos y de dejarle atado en mi casa?

—¿Cómo se habrá escapado el hijo de su madre…?

El razonamiento de Dionisio es apabullante. Y aunque el conflicto con el policía corrupto estuviera en el aire, la búsqueda de su hija no le había permitido recalar en ello. Ahora se le ha venido encima como la tormenta que ha empezado a caer.

Magno ladra y Laura se sobresalta. Dionisio le manda a la parte de atrás.

—Tenemos que darnos prisa, la lluvia puede dificultar el rastreo.

—¿Pero qué pretendes hacer?

—Te lo repito y déjame terminar: ya que estamos aquí, miramos donde el profesor.

Si se hace el milagro y la niña está ahí, pues mira.

Ya no me necesitas, ni al perro ni nada.

Podemos entregarnos a la Guardia Civil. Bueno no, que tienen a tu marido —duda Dionisio—.

Si la niña está aquí o Magno capta el rastro en el profesor, pues avisas a los picoletos y yo me voy corriendo con el coche al encuentro de esta gentuza.

—¿Y si no está?

—Pasamos al siguiente de la lista. La librera, ¿no?

—Espera, espera. Hay un problema en este plan. Antes tenía asumido que en casa que entráramos, persona que tendríamos que amordazar y atar en caso de que Magno no encontrara nada. Pero el tema es que yo quería hacerlo de noche.

—¿Y por qué hemos venido aquí tan pronto?

—Coño pues para observar si entra o sale alguien de la casa. Y porque no tenemos nada mejor que hacer.

—Pues no nos queda otra, así que nada de hacer de espías. Al grano.

Dionisio se baja del coche, saca a Magno de la parte de atrás. Se cala la cazadora para protegerse de la abundante lluvia que cae. Se dirige al otro lado del coche y abre la puerta de Laura. Le ofrece la mano. Ella duda pero finalmente se decide.

—Espera —dice Dionisio—. Ponte los morros gordos y quítate las gafas de sol.

Laura está a punto de sonreír con el comentario del hombre.

Le ve allí, mojado, dispuesto a darlo todo por ayudarla.

Se le cruza un sentimiento que le parte en dos.

Puede que pierda a su hija. Pero también puede que gane…

algo parecido a un padre. Se le escapa una nueva lágrima.

Obedece con el succionador de labios ignorando la molestia. Se quita el clip de las gafas.

Baja del coche y se dirige a la puerta del profesor.

Dionisio está detrás, pegado a la pared con Magno al lado.

Tiene el pijama de la niña guardado en un bolsillo.

Laura golpea la aldaba de la puerta. Una vieja puerta de madera de color azul.

No responde nadie. Vuelve a golpearla. Esperan unos segundos y nada.

—Déjame a mí.

Acerca el hocico de Magno a los bajos de la puerta. El animal rastrea. Se mueve de izquierda a derecha mientras Dionisio le sujeta del collar.

—Vamos, campeón. Vamos.

Pero el perro no muestra la ansiedad típica que muestran los perros rastreadores cuando encuentran el rastro. No se altera, no quiere entrar por la puerta a toda costa. Dionisio mira a Laura. La decepción es patente en la muchacha. Y también en el hombre.

—Vámonos, es fin de semana. Los profesores de fuera suelen largarse —dice ella.

Se encamina al coche y Dionisio hace un último intento, poniendo el pijama de la niña sobre el hocico del animal. Pero la respuesta es la misma. Vuelve al coche y maldice por la lluvia que le está calando.

—Nos vamos —dice Laura.

—¿Dónde?

—Al punto de encuentro. Ya lo he recibido —dice Laura.

—¿Y la librera?

—Volveremos de noche.

—Pero escucha, si vamos con esa gente…Yo no voy a volver, y Magno tampoco.

Laura le mira. Después mira a Magno, le toca el cuello y el animal lame su mano.

—Eso ya lo veremos —responde.