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El chantaje

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 28 h.

—Así que o les entregas al perro y al hombre, o no nos van a dar la información del tipo de la foto —dice Adrián al teléfono.

Al otro lado del aparato solo se escucha la respiración de su mujer. Esa respiración que tantas veces ha sentido cerca, esa respiración que ahora echa de menos casi tanto como la de su hija.

Puente está al volante, y Del Valle detrás, con todos los sentidos puestos en la conversación que mantiene la pareja.

—Laura —ella sigue sin responder—. Joder, Laura, lo que sea necesario, ¿recuerdas?

Adrián mira hacia atrás y se encuentra con los ojos de Edgar. Unos ojos que rebosan suficiencia, serenidad, calma.

—Mira, voy a colgar y te mando la ubicación. Allí a las nueve de la noche… es lo que me han pedido. Te quiero.

—De acuerdo —dice Laura.

Adrián cuelga, y examina a Edgar. Se fija en sus manos, en los cortes que tiene, también en un pequeño derrame en su ojo izquierdo. La típica mancha de sangre que contrasta con el blanco de los ojos.

—Heridas de guerra contra tu mujercita —se anticipa el policía—. Menuda fiera.

Adrián se revuelve en su asiento, y Del Valle se echa hacia atrás con las manos en alto.

—Inspector —dice Adrián—, una cosa es que vayamos a vender nuestra alma al diablo con tal de salvar a nuestra hija, y otra es que me toques los cojones, como estarás acostumbrado a hacerlo con cualquiera.

—Adrián —interviene César—, un poco de calma, que esto no es un duelo de gallos.

—Tú te callas —dice Adrián, faltando el respeto a su mentor sin importarle—. Ahora mismo me la suda que hayas sido mi superior y lo que quieras echarme en cara.

César Puente abre la boca y aparta un momento la mirada de la carretera para fijarse en su pupilo, que vuelve a girarse hacia atrás y dirigirse a Edgar.

—No te voy a amenazar, Del Valle. No soy tan gilipollas para no haber analizado la situación y saber que no serviría de nada. Solo te pido respeto. ¿Me oyes? Respeto.

—Está bien, está bien —dice Del Valle—. Admito que no he estado acertado. Lo cierto es que no he visto a ninguna mujer dar las hostias ni tener el arrojo que tiene tu mujer. Pero ha sido un comentario poco afortunado. Mis disculpas.

Adrián se da la vuelta y no dice nada más.

—Trovador, te me tranquilizas, ¡eh! —dice de nuevo Puente.

Adrián aprieta los puños. Tiene ganas de partirle la nariz a su otrora superior. Pero, en parte porque provocaría un accidente, en parte porque tiene todo que perder, no lo hace.

—¿Cómo quieres que me calme? Nos estáis poniendo entre la espada y la pared. Y esto no es cosa de decidirse entre dejar una prueba falsa para acusar a un delincuente o no hacerlo, César. Me estás pidiendo que te entregue a un hombre.

—A ver si te piensas que lo vamos a tirar por un pozo.

—Pues no sé, pero seguro que a comer una mariscada no os lo vais a llevar.

—Solo necesito que Dionisio y el perro me ayuden con un asunto —interviene Del Valle—; el tipo es de lo mejorcito que hay con perros rastreadores. Y Magno es el mejor que he tenido.

Adrián se da la vuelta. Intenta escrutar en el rostro del inspector; intenta averiguar la parte de verdad que hay en sus palabras.

—¿Y por qué te lo robó? —pregunta Adrián, al que le han contado parte de la historia previamente.

—Pues porque alguien le pagó más de lo que le pagaba yo. Es un viejo avaricioso.

—¿Y ahora tú le vas a pagar más para que ayude?

—Pues claro que no; ahora me va a ayudar gratis —dice Del Valle sonriendo.

—¿Y después?

—Después ya sabe a quién debe arrimarse.

¿Tú te crees que me voy a buscar un problema por un viejo avaro?

Le puedo partir la cara, eso no te lo niego.

Pero, si me hace bien este trabajo, que sé que me lo va a hacer porque ya me ha hecho cosas parecidas, pues volverá a trabajar para mí más adelante. Su habilidad es su seguro de vida.

—Ya —dice Adrián.

—Mira, me la suda que no me creas. O tu mujer nos trae al perro y al viejo, o no te doy la información que César ha conseguido. O el Dioni o tu hija. Tú… bueno, y tu mujer decidís.

Del Valle se recuesta en el asiento de atrás y mira por la ventana.

¿Matar a Dionisio? Es una posibilidad. Pero no miente acerca de que necesita sus habilidades.

Y a Magno, claro. Lo que no tiene claro del todo es si esas habilidades están por encima de la afrenta recibida.

Debe valorar si le puede más el orgullo o la cartera.

Lo decidirá cuando tenga a perro y hombre metidos en su Range Rover, que por supuesto también va a recuperar.

—Dame tu teléfono —exige Del Valle a Adrián que lo mira indignado.

Edgar le hace un gesto con la mano apremiando para que se lo entregue. César lo mira y mueve la cabeza como el que regaña a un niño pequeño. Adrián cede, y se lo entrega.

—Vamos a comer algo —dice César.

—No me lleves a más sitios públicos, por favor —pide Adrián.

—Tranquilo, que vamos a un sitio donde no te verá ningún picoleto. A no ser que le guste irse de putas.

—Yo no me fiaría. Yo me he encontrado con algún picolo en más de un club —comenta Del Valle.

—Y maderos también —replica César.

Los dos hombres ríen.

Adrián se queda mirándolos de forma alternativa, igual que si mirara a dos hienas robando la presa a una leona.