El escape
Cinco horas antes.
Edgar del valle no es un poli cualquiera.
Ni siquiera es un poli corrupto de los del montón.
Su cerebro funciona como el de un capo de la mafia calabresa: no es un psicópata, pero no tiene remordimientos cuando tiene que pegarle un tiro en la pierna a algún lacayo de uno de los muchos narcos a los que roban,
o moler a palos a un camello que se ha comido toda la farlopa que le han encargado que venda.
Tampoco es que sea un carnicero: ha matado, de momento, a cuatro personas.
A una de ellas cuando estaba en el lado correcto de la ley: un navajero que había amenazado por la espalda a una compañera.
Él le disparó a la pierna, y se dio la mala suerte de que le desgarró la vena cava. La ambulancia no llegó a tiempo.
¿Los otros tres? Un par de camellos de poca monta de esos que se comieron la mercancía, y una mujer que, después de acostarse con él, intentó entrar en su móvil cuando él fingía dormir. La única a la que mató con sus propias manos.
Edgar no fue capaz de superar el curso del GEO.
Llegó a las últimas etapas, pero lo venció el frío en una maniobra.
Lo paralizó y tuvo que abandonar. Lo pasó mal durante un tiempo.
Pero supo recuperarse y, después de estar patrullando más de cinco años las calles, aprobó primero el examen a subinspector y, un año después, ya en la UDYCO, el de inspector.
Siempre había sentido fascinación por el mundo del narcotráfico.
Quizá porque en su adolescencia había coqueteado con la cocaína y con el hachís.
Tuvo la suerte de no tolerarlos demasiado bien y de conocer a su mujer que, a base de hijos, consiguió centrarlo.
Tiene un niño y dos niñas, más bien adolescentes, de doce, catorce y dieciséis años.
Se acuerda de ellos, y también de la hija de la mujer que lo ha derrotado.
Y no puede permitir que ella misma sea quien lo saque de allí.
Tiene que escapar por su propio pie. Y precisamente por los pies es por donde empieza a desatarse.
Se arrastra hasta el cuarto de baño tirando del sofá al que tiene amarradas las manos.
Le cuesta un buen esfuerzo hacerlo. Cuando lo consigue, coloca los pies sobre el reborde de la pared de forma que las bridas apoyen sobre el azulejo que hace esquina.
Y empieza a moverlos arriba y abajo. Cada dos o tres minutos tiene que parar porque, aunque está muy en forma, la postura es incomodísima.
Después de más de media hora, consigue quebrar una de las bridas.
Ya solo le quedan cinco más y, como están dañadas, solo le cuesta otros veinte minutos romperlas todas.
Está sudando, agotado pero, ahora que ha olido la sangre, no puede parar.
Mete el cuerpo en el cuarto de baño y sigue arrastrando el sofá.
Pero se topa con un problema: no da el juego necesario para que los brazos lleguen a la esquina con el azulejo que ha podido cortar las bridas de los pies.
Edgar tira con todas sus fuerzas, pero no hay manera.
Descansa durante unos minutos, y decide buscar otra solución.
Empuja el sofá, y trata de llevarlo hasta la cocina office.
Se topa con alguna mesa que arrastra en el empuje.
El sofá se topa con la barra americana. Edgar desliza sus manos por la barra inferior del sofá a la que está atado, hasta llegar al otro extremo.
Ahí puede llegar a un escurridor de cubiertos que hay en la barra.
Busca la postura para llegar con los pies y los pinza para atraerlos hasta sí.
Los deja caer sobre el sofá. «¡Me cago en su puta madre! No hay ni un cuchillo», Edgar maldice.
Se enfada, golpea con los pies el sofá, lo levanta en peso y lo estampa contra el suelo.
Una vez, dos y, la tercera, el sofá se destroza.
La barra a la que está atado se libera del anclaje que tenía en el brazo lateral.
Y, entonces, queda libre, salvo que tiene las manos atadas.
Busca en la cocina. No hay ni un solo cuchillo.
Se los han llevado todos, y Edgar se acuerda de la madre de Dionisio y de Laura.
Va hasta el cuarto de baño; hay un espejo pequeño que arranca de la pared y estampa contra el suelo.
Le lleva casi media hora y varios cortes en las manos y muñecas liberarse de las bridas.
Cuando lo hace, se lava las manos y se seca con una mugrienta toalla.
Ha conseguido la parte más fácil. Ahora queda, primero, salir a la calle y, segundo, enfrentarse al perro.
Se acerca a la puerta y saca una tarjeta de su cartera.
Intenta abrirla, pero está echada la llave. Tiene que haber un puto destornillador.
Edgar revuelve en todos los muebles y encuentra uno viejo y oxidado.
Lo da por bueno. Vuelve a la puerta y desatornilla el embellecedor de la cerradura.
Hace lo mismo con la parte del cerrojo que puede desatornillarse.
Ahora queda lo más difícil, que es acceder al pestillo que echa la llave e impide que se abra la puerta.
Intenta acceder con el destornillador y consigue introducirlo de forma que se queda encajado.
Pero es incapaz de hacer la palanca necesaria para que se abra.
Se está dejando los dedos, y no lo consigue.
Se detiene; busca de nuevo en los cajones.
No encuentra nada con que golpear el destornillador.
Se da la vuelta, y se fija en el sofá destrozado.
Se acerca; le da varias patadas, y termina de destrozarlo.
Busca algún utensilio que le pueda servir de martillo.
Nada lo convence. Finalmente, se decide por el burro grande.
Toma la barra a la que hasta hace unos minutos estaba atado.
Mide al menos un metro y medio. Golpea con esta en la cerradura.
El destornillador sigue encajado. Vuelve a golpear, y el destornillador salta por los aires.
Lo coge y lo vuelve a meter y a encajar.
Da varios golpes más. A veces salta y a veces se introduce más en el pestillo.
Después de muchos intentos, Edgar está exhausto, pero golpea una vez más, y el pestillo del cerrojo salta por los aires.
La puerta se abre ligeramente arrastrada por el empuje del golpe.
Edgar sonríe. Pero la sonrisa le dura cinco segundos, los cinco segundos que Athos tarda en entrar en la vivienda y enseñarle sus fauces.
Por suerte, tiene la barra entre las manos y la usa a modo de defensa.
La pone entre él y el perro. La mueve hacia adelante y hacia atrás. «¡Fuera, fuera!», grita.
Ahora mueve la barra de lado. Quiere apartar al perro de la puerta.
Poco a poco, Athos va moviéndose hacia un lado, y él, con la barra, lo va desplazando hacia atrás.
El perro, al notar el golpeteo del metal, ladra.
Gruñe y sigue mostrando los dientes. Pero recula.
Edgar aprovecha para ir moviéndose poco a poco hacia la puerta.
Cuando consigue estar cerca de la entrada y Athos dentro de la casa sin que se le interponga, sale a correr.
Pero la barra es tan larga que se atora con esta en la puerta.
La deja caer; tropieza y sale corriendo, trastabillando.
El perro ladra detrás de él, y sale en su caza.
Encuentra unas piedras en el camino de tierra de la salida.
Se las tira a Athos; una le da, y el perro se detiene, pero en seguida retoma la carrera.
Edgar se agacha para coger otras dos piedras, pero tropieza, y esta vez se va al suelo.
Se da la vuelta para intentar poner las piernas entre su cuerpo y el perro.
Athos se abalanza sobre él, pero un disparo lo alcanza y lo derriba.
Cae a su lado; el animal no está muerto del todo y cruza miradas con el que era su presa.
Tiene la lengua fuera y va cerrando los ojos.
—Joder, Edgar. ¿Qué coño andas haciendo peleando con un chucho?
César Puente apunta con su pistola al animal. Edgar se levanta y se la pide. Se la entrega, y es él mismo quien lo remata.