Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El pijama
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El pijama

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 27 h 45 min.

El cielo se tiñe de un gris color tormenta inminente.

Magno ladra cuando Dionisio sale del coche.

Han llegado a Logrosán. Acceden al pueblo por la variante, desde donde toman la Avenida de la Constitución hasta llegar a la casa de Laura.

Aparcan a unos cincuenta metros. Laura se ha dado un buen chute del succionador labial y lleva puestas las gafas de sol.

Junto con el Range Rover que conduce, sería complicado que la reconocieran pero, aun así, deciden que es mejor que ella no entre en la casa.

Será Dionisio quien tome una prenda de Luzma para que Magno la rastree.

Por fortuna, no hay ningún guardia civil custodiando el acceso al portal.

Sube el corto tramo de escaleras hasta llegar a la casa.

Usa la llave que le ha facilitado Laura y accede al interior de la vivienda.

Está oscura, pero no quiere encender ninguna luz.

Además, le ha indicado de forma milimétrica cómo llegar al cuarto de la niña.

Dionisio camina por el largo pasillo con sigilo felino.

Tiene el teléfono móvil en la mano, pero no usa la linterna: solo el brillo de la pantalla.

Está pendiente de una posible llamada de alerta por parte de Laura.

Llega a la habitación de la niña y empuja la puerta.

Por un momento se le cruza la idea de que Luzma siga allí, tendida en la cama, leyendo alguno de los libros que tiene en su estantería.

Contempla una foto de la niña junto a sus padres sobre una cómoda.

La verdad es que hacen una bonita familia, tan bonita como la que hacían su mujer y sus dos hijos antes de que todo se fuera al carajo.

No hay tiempo para la melancolía; el hombre rebusca en la cama de la niña y coge el pijama.

Guarda, engurruñada, la parte de arriba en un bolsillo de su chaqueta, y la de abajo, más engurruñada, en otro bolsillo del pantalón.

Sale de la casa, y se sobresalta al encontrarse a una vecina bajando la escalera.

—Buenas tardes —dice él.

—¿Quién es usted?

Dionisio se bloquea; quiere decir varias cosas, como que a ella no le importa, o que es un repartidor, o un amigo de la familia. Pero el hecho de que tarde tanto en responder provoca que la mujer pegue un grito.

—¡Policía! Ayuda… el secuestra…

Dionisio le pone una mano en la boca a la mujer.

Tendrá más de setenta años; su sobrepeso y su osteoporosis tienen limitada su movilidad.

El pequeño empujón que le da el hombre al tratar de acallarla hace que pierda el equilibrio y caiga por la escalera.

No son demasiados escalones, pero los suficientes para que su cadera haga crack.

Ella lo nota; ha notado el hueso crujir pero, curiosamente, no siente demasiado dolor.

Eso sí, del susto se ha quedado prácticamente sin respiración.

Dionisio baja, y se arrodilla. No sabe si ayudarla o salir corriendo.

La mujer no se merece que la abandonen allí, así que le da una leve bofetada para que reaccione.

—Señora, ¿se encuentra usted bien? —Ella no responde; solo tiene la boca abierta. Intenta hablar pero, por el miedo o por el susto o por el dolor que está empezando a sentir, no dice nada.

—Yo no soy ningún secuestrador; conozco a Laura, y venía a ver cómo estaban.

—¿Laura?

La mujer consigue realizar la pregunta. Ella no conoce a ninguna Laura; conoce a Marta. Dionisio se da cuenta del error, pero ya es tarde. La mujer no se cree lo que le cuenta, ¡si ni siquiera se sabe el nombre de su vecina! Intenta chillar de nuevo, pero Dionisio vuelve a tapar su boca.

—Cállese por favor, cállese.

Las lágrimas brotan en los ojos de la mujer. Dionisio rebusca en el bolso de ella. Encuentra un teléfono de los de tapa. Lo abre, y marca el 112.

—Ahora va a decir que se ha caído por las escaleras y va a pedir que venga una ambulancia. No va a decir nada más. Yo no he estado aquí. ¿Entiende?

Dionisio decide usar un tono amenazador en lugar de uno comprensivo.

En ese momento es mejor opción. La mujer asiente con los ojos bañados en lágrimas.

Cuando la operadora al otro lado del teléfono contesta, Dionisio levanta la mano de su boca y la mujer pide auxilio.

Apenas susurra que se ha caído por las escaleras.

Da la dirección y suplica que vengan pronto.

La operadora toma nota y promete rapidez.

Pregunta si no hay nadie cerca, y ella niega con la cabeza.

Como la operadora no puede verla, insiste.

Ella susurra un no muy bajito. La operadora pide que se mantenga en línea, pero Dionisio niega con la cabeza.

La mujer dice que no tiene fuerzas, que vengan pronto. Él cuelga.

—Muchas gracias —dice él—. Yo no he estado aquí. Recuerde que sé dónde vive.

La mira fijamente a los ojos y se marcha llevándose el teléfono de la mujer.

No vaya a ser que le dé por llamar a la Guardia Civil.

Si decide hacerlo cuando llegue la ambulancia, tendrán un margen de tiempo suficiente para escapar.

Dionisio deja la puerta abierta por si algún vecino pasa y puede atenderla.

Él ni mira al salir; hunde la barbilla en su pecho, se levanta los cuellos de la cazadora y llega al coche.

—Da la vuelta; no pases por delante de tu casa.

—¿Qué ocurre?

—Tú hazlo.

—Pero, por el Cristo, es más rápido. Tendré que dar toda la vuelta por las traseras y veremos si este coche cabe por esas calles.

—Hazlo, por favor.

Laura obedece porque entiende que algo pasa.

Hace la maniobra para dar la media vuelta; el coche es tan grande y ella tiene tan poca práctica con este que le cuesta bastantes maniobras conseguirlo.

Gira a la izquierda y baja por una estrecha calle que los conduce al cementerio.

Allí vuelve a girar a la izquierda, y sube por un empinadísimo camino de asfalto que los lleva a la iglesia del pueblo.

Ha dado el rodeo porque las calles son más amplias que por otro camino.

En medio de la cuesta, y con el cementerio a sus espaldas, detiene el coche y vuelve a interrogar a Dionisio.

—Una mujer me ha visto.

—¿Qué mujer?

—No sé, una mayor. Se ha caído por las escaleras.

—¿Se ha caído? No será doña Eulalia…

—Regordeta, pelo rubio, gafas.

—Sí, es la vecina de arriba. ¿Te ha visto la cara?

—Sí, se ha puesto a gritar diciendo que soy el secuestrador. Le he ido a tapar la boca; se ha tropezado, y adiós.

—No me jodas, Dioni… la pobre mujer.

—No me jodas tú a mí, Laura. No ha sido mi culpa. Ahora vamos a lo que vamos; no tenemos tiempo de discutir por esto.

Laura lo mira. No se esperaba el exabrupto del hombre. En realidad, se apena por la pobre Eulalia. Siempre ha sido amable con ella; incluso a veces le ha preparado migas, que le salen buenísimas. Pero Dionisio tiene razón. Tienen que centrarse.

—Pero ¿le ha pasado algo? ¿Está viva?

—Claro que está viva, joder. Se habrá roto la cadera como mucho. Ha llamado a una ambulancia. Y he dejado el portal abierto; está justo en el último rellano de bajada.

Dionisio le enseña el teléfono de la mujer.

—Tíralo.

—¿Por qué? Puede venirnos bien.

—¿Para qué? Imagina que le da un infarto ahora allí sola. No solo sería un homicidio, sino que el hecho de que te hayas llevado su teléfono conllevaría un agravante.

Dionisio abre la ventanilla, y tira el teléfono lo más lejos que puede a un olivar que hay anexo.

—¡Hala! Ahora vámonos.

Ha comenzado a chispear. Laura arranca, y llegan a la iglesia del pueblo, un templo del siglo XVI muy bien conservado, con aspiraciones de catedral por su tamaño y por su estilo gótico rural.

Se cruzan con dos vecinas que se refugian bajo sendos paraguas negros como sus propias vestiduras.

Se dirigen a la casa del profesor de Luzma con el que Laura tuvo el incidente meses atrás.

Gracias a la lluvia, a que es la hora de la comida y a la tarde desapacible que se ha quedado, hay pocas almas por el pueblo.

Cruzan la avenida principal, y llegan a la casa del profesor.

Dionisio saca la parte superior del pijama y se lo ofrece a Magno, que lo olfatea.

—¡Vamos!, Magno, ¡vamos! Ahora a por ella.

Abre la puerta del coche, pero en ese momento suena el teléfono de Laura.

—Joder, es mi marido —dice ella cuando lo ve en pantalla.

Laura pone su mano derecha en el brazo izquierdo de Dionisio; lo frena en su intento de bajarse del coche.

—Hola, amor. ¿Dónde estás?

Dionisio mira a la mujer. La alegría inicial por escuchar la voz de su marido va virando a diferentes estados de ánimo según escucha las palabras que Adrián tiene para ella.

Laura pronuncia varios pronombres interrogativos de forma seguida y aturullada: cómo, qué, por qué, mezclados con frases hechas: «¿En serio?»

, «¿Estás seguro?», etc. Un abanico de expresiones que denotan, primero, su sorpresa y, después, su abatimiento.

Laura, que ha dejado de mirar a Dionisio para perder su mirada tras la luna del coche, vuelve a mirarlo. Y las lágrimas en los ojos vuelven a correr su rímel y a manchar de sal su maquillaje.

—De acuerdo —pronuncia Laura, y cuelga el teléfono.

La mano que tenía apoyada sobre el brazo de su compañero de fatigas no se ha movido en ningún momento, pero la presión que ejerce le deja marcados los dedos en su piel. Y las lágrimas se han tornado en llanto desesperado. Magno suelta un ladrido, que Dionisio entiende que no augura nada bueno.