Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 César Puente
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César Puente

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 24 h 30 min.

Adrián teclea en el móvil. Sigue mandando mensajes a César Puente.

Hace más de cinco horas que le puso el e-mail con la foto del sospechoso, con los datos que él creía de su edad y de su ubicación geográfica.

Y ya hace más de tres desde que él contestó diciendo que estaba en ello.

Silvia duerme en el asiento trasero del coche.

Necesitaba hacerlo para no colapsar. No ha pegado ojo en toda la noche.

Por ello han conducido por la carretera de Madrigalejo buscando algún lugar con sombra en el que no llamaran mucho la atención.

Podrían pasar por una pareja que está de picnic un sábado cualquiera por la mañana.

Lo malo es que la Guardia Civil tiene la descripción de los dos, y ellos creen que los están buscando.

Pero no tienen mejor opción que esperar. Lanzarse a la búsqueda del sospechoso sería, primero, una labor titánica; segundo, una labor estúpida. Se expondrían y, casi con total seguridad, no obtendrían resultados.

Adrián intenta disfrutar del viento primaveral en su cara.

El paraje podría calificarse de bucólico; están bajo dos grandes encinas en un paraje llamado Las Chamizas.

A un lado de los árboles, hay unas casas abandonadas que en el pasado debieron de haber habitado los pastores del lugar.

Al otro lado hay una charca destinada a que los animales puedan beber.

Es primavera, y el campo extremeño luce un verde solemne que, en esa época del año, no tiene que envidiar nada a latitudes más septentrionales.

El expolicía mira por la ventanilla y contempla los pies de la brigada.

Se ha descalzado para estar más cómoda y aprovechar las pocas horas que pueda descansar.

Silvia es una mujer grande; mide casi tanto como él pero, en cambio, sus pies son pequeños como los de una geisha.

Se ha quitado el uniforme de la Guardia Civil y viste unas mallas que dan forma a sus piernas.

Adrián sigue el perfil de sus extremidades inferiores y, cuando llega al culo de la guardia, se da cuenta de que ella está despierta y mirándolo.

—Pareces un acosador —dice ella.

—Joder… qué susto.

—Susto me has dado tú a mí, espiándome.

Adrián calla porque lo ha pillado de lleno; no serviría de nada decir que no tiene ningún tipo de interés en ella. No es que no la considere atractiva, sino que la situación no se lo permite.

Silvia se incorpora, se lleva las manos a la cara y se frota los ojos.

Se calza y sale del coche. Abre la puerta del maletero, y coge una botella de agua que guardaba en su coche y que ha trasladado al de los padres de Adrián.

No la guardó para un imprevisto del tipo «Me llevo a un investigado por la UCO y tengo que dormir en mi coche, pero dadas las circunstancias, agradece poder lavarse la cara y despabilarse».

—¿Te ha llamado tu amigo?

—Todavía no.

—¿Y cuánto tiempo vamos a esperar a que llame?

—No lo sé; ya hemos quedado en claro que no tenemos una mejor opción, ¿no?

Silvia se calla; quizá piensa que sí, que hay una mejor opción: desandar lo andado y volver al cuartel.

Poner la excusa de que querían hacer una comprobación —ya se inventaría algo—, recibir la reprimenda y pedir perdón.

Con un poco de suerte, todo quedaría en que la apartaran del caso y quizá en una sanción disciplinaria.

Pero baja la puerta del maletero y contempla, otra vez, los ojos de Adrián.

Y no solo ve los del hombre atractivo: también cree ver los de la niña a través de estos.

Y recuerda casos de secuestro que acabaron mal y a los que la UCO llegó a tiempo, pero solo a tiempo de atrapar al responsable del asesinato del menor.

En mitad de ese cruce de miradas, suena una alarma en el móvil de Adrián, que no tarda ni un segundo en comprobar.

—¡De puta madre!

—¿Tu amigo?

Adrián no responde; marca en el teléfono el número de César Puente y, tras un par de tonos, lo cogen. Entonces, Adrián sonríe, y Silvia se fija de nuevo en su dentadura y en sus labios. Pero se pone serio enseguida; afirma, niega y vuelve a afirmar. Da las gracias, y cuelga.

—Vámonos, tenemos que irnos.

—¿A dónde?

—No lo sé; me van a mandar una ubicación ahora mismo.

—¿Una ubicación?

—El inspector Puente… ha venido a la zona. Dice que se está metiendo en un buen lío y que, ya que me ayuda, lo hará hasta el final y bajo su supervisión. Ya sabes, la jerarquía, y todo eso. Tú lo sabes bien.

Silvia tuerce la boca hacia un lado. Sí, ella sabe bien de jerarquías, de tener que cuadrarse ante superiores y que subordinados se cuadren delante de ella.

Pero le extraña que el tal inspector Puente se desplace hasta Extremadura para arropar a un antiguo pupilo en una misión suicida. (Suicida e ilegal).

No le queda otra que aventurarse y meterse en el coche.

Busca, en el navegador de su teléfono, la dirección que le acaba de pasar Adrián.

Tienen que dar un rodeo considerable para no pasar por delante del cuartel de Logrosán.

El que ha sido su puesto durante los últimos veinte años.

¡Manda narices! Escondiéndose de sus propios compañeros.

El lugar de reunión es en Guadalupe. En un bar cerca del monasterio.

Por el camino apenas hablan. Como si ninguno soportara el peso de la catástrofe que han provocado.

Como si el error que, en el fondo, creen que están cometiendo se hubiera instalado en el habitáculo del coche.

Ella, siempre recta, cumpliendo todos los protocolos; ni uno se ha saltado en toda su carrera.

Ahora la conciencia —y la incertidumbre— la devora y, por consiguiente, su capacidad de hablar se reduce al mínimo.

Se cruzan con un patrulla de la Guardia Civil, y el miedo sube un punto más el nivel de silencio del que ya gozan.

Llegar a Guadalupe les lleva casi una hora devorando kilómetros por la estepa verde primaveral cacereña, dejando a un lado regadíos de arroz, de frutas tropicales; después, olivos y, más tarde, cómo no, encinas y alcornoques que dan cobijo a vacas y a cerdos.

Es Silvia la que, a falta de quinientos metros para llegar a la ubicación, se decide a hablar.

—Oye, creo que sería mejor que te bajaras y fueras tú solo.

—Vale.

Silvia no esperaba que él accediera así de fácil. Esperaba que no se quisiera separar de ella. O que, al menos, preguntara por qué.

—Lo digo porque prefiero que no me vea nadie a tu lado. Quizá haya alguna esperanza de salvar mi puesto de trabajo.

—Vaya.

—¿Qué?

—Nada, nada.

Silvia no quiere profundizar; sabe que le ha sentado mal, y así es mejor.

Así no tiene que decirle que no se fía de su antiguo inspector.

No quiere decírselo porque es posible que lo desestabilice más.

Si ella mostrara las dudas que tiene acerca de su mentor, quizá Adrián se pusiera en su contra, y no sabría cómo manejar esa situación.

Por ello prefiere que él piense que solo pretende salvarse el culo a sí misma, en lugar de la verdad: salvárselos a los dos en el caso de que el tal César Puente esconda algo.

Adrián se baja del coche a falta de trescientos metros para llegar al lugar indicado. Lo deja cerca de una curva en la que no hay posibilidad de que nadie que esté en el bar en el que se han citado lo vea bajarse del Mercedes. Él se agacha y mira a través de la ventanilla. Sonríe.

—Estate pendiente del móvil; te aviso de lo que sea. Aunque, si el inspector me confirma que él viene conmigo, quizá puedas simplemente irte y decir que te he quitado la pistola y te he obligado.

Silvia es ahora la que se molesta. Es contradictorio, porque la verdad es que es una buena opción.

Tendría que desandar mucho el camino hacia atrás, no el camino en el sentido literal, sino en el sentido de la estratagema que ha tenido que montar para sacar a Adrián del cuartel.

Sería viable, pero le molesta, le molesta que quiera echarla del operativo clandestino que han montado para encontrar al sospechoso de la foto.

—Bueno, lo que tú me digas. Avísame por el móvil —dice y se calla toda la rabia que siente por sentirse desplazada. No solo la desplazan los compañeros de la UCO, sino que ahora también lo hace Adrián después de haberse jugado ella su carrera por él.

Él toca el techo del coche dos veces, y ella se adelanta.

Circula despacio; tiene al padre de Luz Marina en el retrovisor.

Toma la curva, y lo pierde. Se dirige al punto exacto de la cita.

Un bar en el que ella, de adolescente, tomó sus minis de cerveza en las fiestas de Guadalupe.

Hay varias personas sentadas en la terraza del bar.

Pero solo hay un hombre solitario consultando algo en su teléfono.

Un tipo cercano a la cincuentena, con la cabeza afeitada y con una barba recortada al estilo militar.

Silvia piensa que da mucho el perfil de un inspector de la UDYCO.

Ella tiene que seguir circulando porque le pisa los talones una furgoneta que viene detrás.

Pone el intermitente, y se echa a un lado de forma que la furgoneta pueda pasar, con dificultad, lo que hace que se gane un sonoro bocinazo.

Le dan ganas de bajarse del coche y explicarle cuatro cosas al conductor sobre las normas del uso del claxon.

No lo hace porque está pendiente del retrovisor.

Adrián se aproxima hasta la terraza del bar.

En cuanto ve a César Puente, le suben las pulsaciones.

Hace más de dos años que no lo ve en persona, y sonríe cuando se levanta para abrazarlo.

Los dos hombres se funden en un efusivo abrazo en el que los golpes en las espaldas opuestas podrían provocar moratones a cualquier persona en un bajo estado de forma.

—¡Cuánto me alegro de verte, Trovador! —Puente se dirige a Adrián por el mote que le pusieron en la UDYCO.

—Y yo a ti, inspector. —Él decide respetar la jerarquía.

—Vamos dentro, mejor.

Adrián dice que sí, que mucho mejor, que deberían de haber quedado en algún sitio menos transitado. Entran en el local, y salen del campo visual de Silvia, que se caga en todo.

Dentro, un tipo conversa con la camarera que parece estar muy contenta con la charla, porque sonríe, se mesa el pelo y abre mucho los ojos.

—En menudo lío te has metido —dice César—. ¿Cómo le has dado esquinazo a los picoletos?

Adrián duda si mentir a su superior. Pero toma una sabia decisión: mentirle a medias.

—Pues me ayudó mi madre.

—¿Tu madre? ¿Juanita?

—La misma: hizo teatro. Parecía que le daba un infarto de verdad; me acojoné, y todo —César ríe—. En el centro de salud, les di esquinazo a los dos guardias que me buscaban y me afané un coche.

—Vaya huevos, Trovador. ¿Pero por qué coño no lo has dejado todo en manos de los de la UCO? —César se pone serio—. Son muy buenos… joder.

—¿Recuerdas a Carmina Delor?

—Joooder, Adrián…

—Sí, claro que la recuerdas. No pienso dejar que le pase lo mismo.

—Pero, tío, esa era la hija del segundo traficante más importante de Madrid.

Adrián lo mira serio, tan serio que consigue intimidar al inspector.

Carmina Delor, tal como comenta Puente, era la hija de uno de los traficantes más importantes de la capital.

Tenía catorce años cuando sicarios de una banda rival la secuestraron, la violaron y la torturaron durante días.

La dejaron morir de sed. Augusto Delor nunca supo cuál de sus rivales fue el responsable de la aberración.

Y, como vengarse en Madrid hubiera llamado demasiado la atención, lo que hizo fue volverse a Colombia a matar a las madres, padres, y demás familia de todos susceptibles haberlo hecho.

Una carnicería de la que, al menos, se libraron de tener que presenciar los policías de Madrid.

César Puente se da cuenta del dolor que debe estar sintiendo su antiguo pupilo; levanta las manos a modo de disculpa. Porque es lícito que él sienta el mismo miedo que sintió Delor, y es, si no lícito, entendible que se salte las normas para salvar a su hija.

—Tú harías lo mismo si se llevaran a Eduardo. —A César no le queda más remedio que asentir por la veracidad de la afirmación de las palabras de Adrián sobre un posible secuestro de su hijo—. ¿Me vas a ayudar, entonces? ¿Traes algo del tipo de la foto?

César calla. Y esto hace que las pulsaciones de Adrián vuelvan a aumentar. Su mentor no puede haber viajado más de doscientos kilómetros solo para verse.

—Adrián…

—¿Qué pasa?

En ese momento, el tipo que charla con la camarera se pone delante de la mesa en la que los dos amigos conversan. César se pone de pie, y Adrián mira hacia arriba. A la cara del hombre que se les une.

—Este es el inspector Edgar del Valle, compañero de la Unidad. Tiene algo que contarte.