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El hostal

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 23 h 30 min.

Dionisio conduce por la autovía del suroeste. A su lado, Laura tiene apoyada la cabeza sobre la ventanilla. Como si estuviera inerte.

Magno vigila a los dos desde atrás.

—Para un momento, por favor —pide ella.

—Aquí no puedo parar.

—Para, por lo que más quieras.

Dionisio pone las luces de emergencia y se echa al arcén. Ella abre la puerta del Range Rover y vuelve a vomitar.

—Cierra la puerta —pide Dionisio cuando cree que ya ha terminado—. Un poco más adelante, hay un hotel de carretera. Vamos a parar, a coger una habitación y a pensar un poco qué vamos a hacer. Tengo que mirarte esa herida.

Ella obedece. No es que su estado físico y anímico no sea bueno: es que podría colarse en un hospital y pasar por enferma terminal. Piel casi transparente, como si le hubieran sacado la mitad de la sangre; pelo revuelto (se ha estado tirando de este), maquillaje corrido estilo joker…

A unos diez kilómetros y nada más salir del túnel de Miravete, Dionisio se desvía a la derecha.

Accede a una estación de servicio de las antiguas, de las que solo tienen una pequeña caseta blanca para hacer el cobro, y no gigantescos pasillos repletos de bebidas, chocolatinas, y todo tipo de productos con precios desorbitados.

Es una gasolinera de las de pueblo, con un mesón colindante que cuenta con su propio hostal, humilde, pero funcional, en la segunda planta.

Dionisio se baja, y entra al restaurante, en el que un par de camioneros dan cuenta de generosos bocadillos de lomo o de chorizo.

Allí habla con el camarero, que también se encarga del hostal, y le pide una habitación.

Paga los cuarenta euros que cuesta y le dan las llaves.

El encargado le indica que puede aparcar el coche en la parte trasera, donde está el acceso a las habitaciones.

Dionisio se alegra por ello, ya que la gente en el mesón podría hacerse preguntas sobre el estado de Laura.

Se vuelve a meter en el coche; conduce a la parte trasera, donde aparca junto a otros dos vehículos. Se baja, abre el maletero y coge la mochila. Abre la puerta de Laura. La toma de la mano y, prácticamente, tira de ella para bajarla.

El hostal no ha sido reformado en mucho tiempo; la fachada ya no es lo blanca que sus gestores consiguieron que fuera hace tiempo.

Acceden al hostal por una puerta en la que se encuentran unas escaleras estrechas y oscuras, de suelo de terrazo, del habitual tono gris moteado.

Dionisio tiene que agarrar a Laura del brazo para que ascienda los peldaños.

Llegan a la habitación, y la puerta se abre después de varios intentos.

Una habitación monacal, con dos camas de madera con cabeceros y con colchas de más de treinta años.

Parece que allí no duerme nadie desde hace tiempo.

El hombre empuja a Laura, y la sienta sobre la cama.

Ella se deja caer hacia un lado. Dionisio toma sus piernas, y se las sube.

La descalza. Saca la colcha por el lado opuesto de la cama y la arropa como buenamente puede.

Abre la mochila buscando las vendas y el agua oxigenada que afanó de la casa de Bruno Tévez. Encuentra algo que no esperaba.

—¡Pero si tienes aquí antibióticos!

Laura no responde; tiene los ojos cerrados.

El hombre va al cuarto de baño, enjuaga un vaso con bastante polvo, lo llena de agua y vuelve con la mujer.

Saca una pastilla del blíster, la pone sobre la mesa y la aplasta con su navaja.

Vierte el contenido en el vaso, levanta la cabeza de Laura y le da de beber; ella traga con desgana.

Coge su brazo, quita la venda que le puso en la casa del pederasta y comprueba que la herida no tiene buena pinta.

La limpia con agua oxigenada, y Laura se estremece, e intenta retirar el brazo.

Dionisio no la deja; lava la herida a conciencia y se la venda.

—Con el antibiótico te vas a encontrar mejor; ya verás.

Aguarda unos minutos hasta que cree que Laura duerme, y sale del cuarto.

Laura abre los ojos. Vuelve a estar desorientada. Escucha una respiración profunda a su lado. Se gira y, en la cama de al lado, un hombre está tumbado y parece dormido.

—¡Ey!

—¿Qué pasa?, ¿qué pasa?

Dionisio se sobresalta, y por poco se cae de la cama.

—Hombre, bella durmiente… ¿qué tal?

—¿Dónde estamos?

—Cerca de Deleitosa, en un hotel de carretera.

—¿Y qué coño hacemos aquí?

—Dormir, ¿qué vamos a hacer?

Laura se levanta malhumorada, pero tiene que volver a sentarse porque se marea.

—Yo no tengo tiempo de dormir —dice arrastrando las letras, fruto del cansancio extremo al que está sometida.

—Solo has dormido un par de horas.

—¿Y Magno?

—Está en el coche; no te preocupes. Lo he sacado a pasear un buen rato; yo solo llevo media hora dormido.

Tenía que echar una cabezada, o me iba a explotar la cabeza.

Toma —Dionisio le extiende un bocadillo envuelto en papel de aluminio—.

Todavía está templado; aprovecha —. Le ofrece también un refresco con mucha azúcar—.

Come y, cuando te encuentres mejor, nos vamos.

Laura lo acepta. No es que esté muerta de hambre, pero el vómito la ha dejado sin energías.

Desenvuelve el bocadillo, y se da cuenta de que, dentro del pan, hay algún tipo de filete con demasiada salsa.

Vuelve a saltarse su dieta vegetariana y mastica con lentitud.

Le da un trago a la lata y le dan ganas de eructar. Se tapa la boca para no hacer ruido.

—Bueno, ¿cuál es el plan? —pregunta Dionisio.

Laura calla y sigue comiendo. No sabe si hay plan.

—¿Ha sonado mi teléfono?

—Yo no he escuchado nada.

Ella se mete la mano en el bolsillo y se da cuenta de que su teléfono culebra se ha quedado sin batería.

Maldice, y rebusca en la mochila un cargador.

Cuando lo encuentra, busca desesperadamente un enchufe en la destartalada habitación.

Lo enchufa, y se desespera por la tardanza en encender.

Aprovecha para pegarle dos o tres muerdos al bocadillo y terminar de beber de la lata.

El teléfono se enciende; mira los mensajes, y encuentra lo que estaba esperando:

«He pedido ayuda a César. Le he dado algunos datos que creo importantes, además de la foto y de que acote la búsqueda a Extremadura. Esperando a que me mande info. Te llamo en cuanto sepa algo. Te quiero».

«¿Me va a llamar?», se pregunta ella. Y él le responde con un «¿Dónde estás?».

Se termina el bocadillo, y se sienta en la cama, enfrente de Dionisio.

—¿Cuál es el siguiente de la lista? —pregunta.

Dionisio mira al suelo y resopla.

—Te estás equivocando, Laura.

—No tengo otra alternativa.

—Sí que la tienes.

—Ya no voy a ir a la Guardia Civil.

—Yo no he dicho eso.

—¿Entonces?

—Ahí fuera tenemos uno de los mejores perros rastreadores que he visto en mi vida. Me preguntaste si puede oler a cientos de kilómetros. Claro que no, pero sí puede oler a cientos de metros.

—¿Y? Mi niña puede estar en Estoril o en Irún, como dijiste antes de ir a Navalmoral.

—He estado escuchando las noticias. —Laura se queda mirándolo intrigada—. Expertos comentan que, en la gran mayoría de este tipo de desapariciones, los culpables son del entorno cercano de la víctima.

—Por eso mi marido ha contado a los civiles los problemas que hemos tenido con algunas personas, y ya las han investigado.

—Pero es que a lo mejor no han investigado a las personas correctas.

—¿Qué quieres decir?

—Que a lo mejor hay alguien en el pueblo con el que no habéis tenido problemas, pero que os odia por lo que sea.

—¿Por ejemplo?

—A ver, ¿quién sabía que la niña iba de excursión?

Laura se queda callada.

—Pero la foto que me ha mandado Adrián…

—Vale, no lo conocéis. Pero siempre se lo puede haber encargado alguien, ¿no?

Laura se golpea en la frente. Se levanta. Se encuentra mejor y pasea por la habitación.

—La gente del colegio. Ellos saben que se iban de excursión a las bodegas.

—¿Algún conserje extraño, algún profesor…?

—Sí, joder. Hay un profesor con el que tuve una discusión a principios de año porque me decía que la niña no rendía lo suficiente…

—Yo no digo que haya sido él. Es solo un ejemplo. Magno puede acercarse mucho a las casas de las personas que tú digas; incluso podríamos hacer teatro como en Navalmoral y entrar por las bravas y… con suerte…

Laura se muerde el labio; mueve los pies deprisa, golpeándolos contra el suelo. Abre y cierra los puños.

—Vamos, rápido.

Rebusca en su mochila; se cambia de nuevo el pantalón.

No le importa que Dionisio la vea en bragas, pero el hombre se gira para no hacerlo.

También se quita la blusa, e incluso el sujetador.

Le da la espalda para evitarse el exhibicionismo.

Se pone un sujetador deportivo. Va al lavabo y se lava la cara.

Se aplica el succionador de labios y se cambia las lentillas que, después de haber llorado tanto y dormido con estas, le tienen los ojos destrozados.

Mientras se peina, escucha a Dionisio hablar desde la habitación.

—Hay un problema.

—¿Cuál, Dionisio? No me fastidies ahora.

—Hay que ir a tu casa.

Laura sale del baño con el aspecto renovado.

Dionisio la admira y se da cuenta de que es bastante atractiva.

No puede permitirse pensar en eso. Se ha dicho a sí mismo decenas de veces durante ese día que está allí por la niña.

No por la mujer. Laura da una palmada exigiendo que vuelva en sí, porque él se ha ido por un momento; se ha aislado en sus dudas morales.

—Si queremos hacerlo bien, Magno tiene que olfatear un rastro válido.

Laura baja los hombros hacia el suelo. Suspira.

—¡Cuánto puto problema!