El centro de salud
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 23 h.
Vila y Virginia se desplazan hasta el centro de salud. Allí, el guardia Javier Altozano niega saber dónde está su jefa.
—Trovado y yo entramos con la madre; el médico nos dijo que saliéramos, y lo hicimos. La brigada pitó desde la puerta y lo llamó. Él se fue, y supuse que Silvia lo metió en el coche y se fueron para el cuartel.
—No me fastidie, Altozano. ¿No se encargó usted de custodiar al investigado? —protesta Virginia.
—Mi subteniente, la brigada Donaire estaba justo en la puerta, con el coche patrulla…
—Pero si el coche patrulla está ahí fuera aparcado… —pregunta Vila.
—No sé; yo estaba aquí y desde aquí no se ve la calle.
Señala a la puerta, y Vila comprueba cómo, en efecto, no se ve el acceso exterior desde la posición desde donde el guardia indica que perdió de vista a Adrián. Virginia suspira; pasea con los brazos en jarra sobre sus caderas. Toca una vez más la puerta del médico. Y por fin le dicen que pase.
—Buenos días, doctor —dice ella.
El médico, un señor calvo con una barba blanca perfectamente delineada y con unas gafas de pasta negras muy llamativas, se levanta, y le tiende la mano a la subteniente.
—Dígame.
—Quería preguntarle por la paciente que ha atendido hace media hora.
—Sí, ¿qué quiere saber?
En ese momento, Vila entra al despacho del médico.
—¿Qué le ocurre?
—Ahora nada; entró con un cuadro de tensión alta agudo.
—¿Cómo de alta? ¿Suficiente para provocarle un infarto?
—No, tanto no, pero se encontraba mareada. Se ha tomado un relajante y le hemos puesto oxígeno.
—¿Podemos hablar con ella? —interviene Vila.
—Creo que sí.
El médico se levanta, y sale del despacho. Invita a los guardias a seguirlo. Se dirige a un cuarto que hay a la izquierda y entra sin llamar a la puerta. Juanita, la madre de Adrián, está allí con una máscara de oxígeno bajada.
—Hola, ¿se encuentra mejor? —pregunta el doctor.
—Sí, ya estoy mejor, gracias.
Vila entra primero, y observa a la señora. Es una mujer bajita, con algo de sobrepeso y con un tinte rubio demasiado amarillo para sus raíces negras.
—Buenos días, señora Juanita.
—¿Saben algo de mi nieta?
Virginia mira a Vila, que calla.
—Estamos en ello señora —interviene la subteniente—. Ahora queríamos preguntarle por su hijo.
—¿Qué pasa con mi hijo?
—No sabemos dónde está.
—¿Cómo es eso?
—Ha desaparecido. Lo dejamos venir con usted por su estado de salud, bajo la tutela de dos guardias locales, y ahora no sabemos dónde está ni él ni la guardia que lo custodiaba.
Juanita se lleva la mano a la boca.
—¿Y qué le ha podido pasar?
—Eso tratamos de averiguar. ¿Le ha contado algo él?
—¿Algo de qué? Mire, me estoy empezando a poner muy nerviosa de nuevo.
Juanita se lleva la mano al pecho y mira al doctor, que se quita el fonendoscopio del cuello y la ausculta.
—Les tendría que pedir que no alteren a la paciente, por favor. —El médico se dirige a los guardias.
Vila decide marcharse, ante el descontento de la subteniente. Le piden a la señora el número de teléfono, que esté localizable y que se ponga en contacto con el cuartel en el caso de que Adrián la contacte.
—Pero ¿estará bien? Mi nieta y ahora mi hijo…
Juanita se echa a llorar justo cuando los judiciales abandonan la estancia.
—Tú me custodias a la señora y, cuando esté bien, la subes al puesto en el coche patrulla.
—¿Pero qué coche patrulla?
—El que está ahí fuera, sin nadie, que te lo acabo de decir. ¿Tienes las llaves?
—Yo no.
—Pues llama al puesto para que alguien te traiga una copia.
Altozano asiente, y vuelve a hacer el teatro necesario para mostrar sorpresa. Vila y Virginia salen del ambulatorio, se montan en su coche camuflado y se dirigen al cuartel.
—¿Llamo para que manden un patrulla a la casa de ambos? —pregunta Virginia.
—Diles que se den una vuelta, por descartar más que nada, pero allí no vamos a encontrar nada. No creo que sean tan tontos.
—Ya.
—¿Qué te parece a ti todo este tinglado? —pregunta Vila.
—Pues no me gusta nada de nada.
—¿La mujer puede estar fingiendo?
—No lo sé; el médico la está tratando. No tenemos motivos para poner en duda su criterio.
—Pero, entonces, ¿qué crees que puede estar pasando? ¿Trovado se habrá llevado a Donaire por la fuerza?
—¿Para qué?
—Eso es lo que hay que averiguar. Para qué, y si se la ha raptado, o ella misma ha sido quien lo ha ayudado a escaparse.
Virginia, que conduce, detiene el coche en un lado de la calzada.
—¿Una brigada con más de veinte años de servicio se juega su carrera por ayudar a un supuesto secuestrador?
—Mi subteniente, hemos visto cosas; no te diré que peores, pero sí tan rocambolescas o más.
—Sí, no te digo que no, pero me parece demasiado… no sé, extraño. ¿A qué se supone que lo está ayudando? ¿A buscar a su mujer? ¿O están liados y entre los dos han montado este paripé para fugarse o algo?
—La verdad es que es cierto que es todo demasiado rebuscado, así que, para evitar llegar a conclusiones más propias de un culebrón, vamos a interrogar al entorno de los dos —concluye Vila—. Empezamos por los compañeros de Donaire en el cuartel y seguimos por los amigos y familia de Trovado.
Virginia arranca, y los agentes de la UCO llegan al cuartel. Allí se entrevistan con varios guardias, empezando por el cabo Nicolás, que no da crédito a lo ocurrido y que niega que la brigada tuviera un lío con Adrián.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque jamás los he visto juntos y, por lo que se comenta aquí en el cuartel, la brigada no anda con hombres desde hace tiempo. Se separó de su segundo marido hace poco menos de un año, un policía municipal del pueblo.
—¿Dónde está ese policía?
—Se fue; renunció al puesto, y se marchó.
—¿Silvia te contó por qué?
Nicolás se revuelve en su asiento.
—¿Qué ocurre, cabo?
—Bueno, es complicada la cosa. Les ruego discreción. Pero… tuvo un aborto…
Vila mira a Virginia, que no pierde detalle de la declaración del cabo.
Sigue con su disertación y les explica que, al parecer, el aborto fue lo que acabó con la relación, que no lo superaron y que el policía municipal (Mario se llama) entró en depresión y se marchó del pueblo para dejar atrás el doloroso episodio.
Los judiciales entrevistan a un par de guardias más del cuartel, y todos corroboran la versión de Nicolás. La noticia circuló entre los guardias de toda la comarca y, seguramente, entre mucha gente del pueblo.
Los judiciales han llamado a madre de Laura y a algunos de sus amigos para entrevistarlos.
La madre, la señora García, apenas dice nada.
Solo que creía que su hija era muy feliz con ese muchacho, con Adrián.
Que sabía lo del cambio de identidad y que le parecía bien.
Que el tal ginecólogo era un bicho malo.
—Una vez fui a visitarlo a la cárcel.
—¿Usted fue a la cárcel? —pregunta Vila—. ¿Y cómo es eso, señora?
—Yo vivo en Cáceres, y el médico ese está preso allí.
Los dos agentes de la UCO, a pesar de estar informados del episodio del día anterior entre Adrián y De Miguel, atienden expectantes la declaración de la mujer.
—Solicité una visita, y me la concedieron —dice la señora—.
Cuando llegué a la sala de visitas, y me lo encontré al mochuelo ese, casi me meo encima.
—Se toma una pausa—. Cogí el telefonillo ese, y le pregunté por qué había hecho eso a mi nieta, que si no le bastó con lo de mi hija. ¿Y saben que me respondió?
—Dígame, señora.
—Que si lo pasé bien en la boda.
—¿En la boda?
—Sí, cuando se casaron ese desgraciao y mi hija.
—Entiendo —dice Vila.
—Me levanté, escupí en el cristal, y me marché.
—Hay una cosa que no entiendo, señora García.
—¿Qué cosa?
—¿Por qué se vinieron su hija y su marido aquí, a este pueblo tan cerca de esa cárcel de Cáceres que acaba de mencionar?
—Pues porque yo viví aquí con mi marido una temporada; su familia era de aquí. Nos gusta el pueblo. Y también me queda cerca de mi casa: una hora y algo en autobús. Lo de la cárcel, pues no sé, supongo que es casualidad.
—De acuerdo —dice Vila—. Gracias, señora. ¿Se va usted a quedar en el pueblo o se marcha?
—Me quedaré; yo, hasta que no aparezca mi nieta, no me muevo de aquí. ¿Qué hacen ustedes, que no la están buscando?
—No se preocupe, que hay más de quince compañeros buscándola y, aunque le parezca extraño, nosotros también. Gracias.
Virginia acompaña a la mujer hasta la entrada, y allí se encuentra con Pedro y con Lourdes. Los invita a pasar. Se sientan en la salita improvisada de interrogatorios, y Vila se presenta.
—Bien, estamos interrogando a todo el entorno de los padres de Luz Marina. Según nos han contado, ustedes son muy amigos de la pareja —dice Virginia.
—Sí, creo que fuimos los primeros —responde Lourdes—. Yo conocí a Marta en el AMPA del colegio: nuestras hijas comparten clase.
Vila hace una anotación en su cuaderno; la pareja no está al tanto de la identidad real de Laura.
—¿Saben si Roberto pudiera tener un lío con alguna persona del pueblo?
El matrimonio se mira, sin saber qué decir.
—Pues a ver, señor agente —dice Pedro—. Ahora ya se sabe en todos lados lo de Fernando con Roberto.
—Me hago cargo pero, aparte de ese rumor, ¿algún otro? —responde Vila.
—Pero no es un rumor, ¿no? —pregunta Lourdes.
—De momento eso no es relevante. Ruego que nos contesten a pregunta —replica Virginia.
—Que yo sepa, no —dice Pedro—. A ver, él es un tío así muy guapetón; fíjese que gusta hasta a los hombres—. Lourdes mira extrañada a su marido, y él le hace un gesto como diciendo que a él no—. Yo he hablado mil veces con él de mujeres pero, que yo sepa, no tiene ningún lío.
—Bueno, tampoco sabía lo de Fernando —dice Virginia.
Pedro calla.
—Lo que dice mi marido es verdad; tiene mucho éxito con las mujeres —dice Lourdes—. Les voy a ser sincera: hay varias con las que yo he hablado que aseguran que no les importaría tener una aventura con él.
—¿A usted le importaría? —dice Virginia.
—Por favor, agente, ¿cómo me pregunta usted eso? —Lourdes se ofende.
—Es un tío atractivo, y usted es mujer… supongo que heterosexual, ¿no?
—Sí, pero… Es muy atractivo, está claro. Y no le voy a negar que, antes de conocerlo, me fijé en él. Una no es de piedra. Pero de fijarse en un hombre atractivo a liarse con él… Luego nos hicimos amigos, tanto de él como de Marta. Y, bueno, yo no soy de esas…
—No se preocupe, Lourdes, no se preocupe… —dice Vila—. Entonces, se reafirman en que no conocen a nadie que pudiera tener un lío con él.
El matrimonio lo niega.
—¿Y con la mujer? Ella también es atractiva. ¿Conocen si ella tiene alguna aventura? —pregunta Virginia.